Lucia Parro Pantoja / Red Diario

El historiador e investigador Iker Ibarrondo Merino ha dedicado gran parte de su vida a estudiar cómo el deporte —habitualmente presentado como un territorio neutral y apolítico— ha sido, desde sus orígenes modernos, un espacio atravesado por desigualdades de clase, tensiones nacionales, disputas ideológicas y luchas feministas. Sus dos obras recientes, Memorias del deporte obrero castellano. Castilla ante la Olimpiada Popular antifascista de Barcelona 1936 (Cantabria, Castilla y León, Castilla-la Mancha, La Rioja y Madrid) y Del campo a la trinchera. Memorias del deporte obrero vasco, son el resultado de un largo recorrido que arrancó en su tesis doctoral. “Cuando la terminé seguí investigando y quería darle un aspecto divulgativo a esta temática que había estudiado desde un punto de vista más científico; fruto de eso surgen estas obras”

Ambos libros comparten un hilo conductor: el deporte no se entiende sin comprender el desarrollo desigual del capitalismo en cada nación del Estado. Como explica Ibarrondo, “el capitalismo se desarrolla de forma desigual en función de cada nación, porque se apoya en las condiciones sociohistóricas, culturales, lingüísticas, políticas y económicas de cada una. El deporte, como fenómeno eminentemente burgués derivado del proceso de industrialización, también se desarrolla de forma diferente en cada una de esas naciones”.

Esta premisa, que sitúa el deporte como un producto político y no meramente recreativo, es la base desde la que Ibarrondo examina dos realidades históricas: Castilla y Euskal Herria sur. Dos territorios distintos, dos trayectorias económicas y lingüísticas diferentes, dos formas divergentes de entender la burguesía, el trabajo, la nación… y también el deporte.

Capitalismo desigual, modelos deportivos desiguales

La tesis central que recorre sus investigaciones parte de un hecho estructural: el capitalismo no se desarrolla de forma homogénea, y el deporte —un fenómeno “eminentemente burgués derivado del proceso de industrialización”— tampoco. “El deporte se va a desarrollar de forma diferente en cada una de esas naciones”, señala Ibarrondo.

En el territorio castellano, el deporte crece “desde Madrid hacia las provincias”, atravesado por un “desarrollo dual” que evidencia la condición histórica de “colonia interior”. Además, participan en su configuración sectores políticos diversos: “si bien en un principio se liga con una burguesía progresista, pronto empieza a interesarse por el deporte sectores ligados al ámbito castrense y religioso… sectores conservadores”.

En Euskal Herria sur, el modelo deportivo emerge de forma totalmente distinta: “lo hace en un eje costa-interior” y avanza “mucho más rápido entre villas urbanas y entornos rurales”, existiendo pueblos como Irún que adoptan prácticas deportivas desde muy temprano. Aquí intervienen sujetos políticos diferentes: una burguesía media de tendencia vasquista, aristocracias vinculadas al españolismo y un sujeto obrero “de tendencia vasquista” que participa más tardíamente. Además, los herrikirolak —los deportes rurales vascos— cumplen un papel estructural: “se convierten en una base para la expansión del resto de prácticas deportivas modernas, cosa que en otros territorios no pasa”.

Deporte obrero, feminismo y nación

Con la jornada de ocho horas conquistada en 1918, surge un nuevo actor: el deporte obrero. Su forma adopta matices distintos en cada nación.

En Castilla, el deporte obrero nace en 1931-32 vinculado al socialismo y caracterizado por tres elementos:

1.      Criterios feministas.

2.       Una comprensión del deporte como herramienta de transformación social.

3.       Señas de identidad castellanistas.

Ibarrondo subraya que esta federación “promulga campeonatos de cariz castellano que engloban a una totalidad castellana”, evocando el Pacto Federal Castellano de 1869.

En 1935, Madrid acoge incluso un campeonato castellano de balonmano femenino, un hecho “bastante destacado” dada la persistencia de sesgos patriarcales en la época.

En el territorio vasco, el deporte obrero surge en 1936 ligado al comunismo. También incorpora criterios feministas, pero, sobre todo, aplica con claridad las tesis leninistas sobre la autodeterminación: “entienden el campo deportivo como un espacio más en el que luchar por la liberación social y nacional del pueblo vasco”.

La Olimpiada Popular de Barcelona: deporte contra fascismo, patriarcado y Estado-Nación

Todo ello desemboca en el que Iker define como “la mayor expresión del deporte obrero y popular”: la Olimpiada Popular de Barcelona de 1936, concebida como respuesta a los Juegos Olímpicos de Berlín organizados por el régimen nazi.

La Olimpiada Popular rompe con varios pilares del deporte hegemónico:

·        Permite competir a atletas profesionales y populares conjuntamente.

·        Cuestiona la hegemonía del Estado-nación: “iban a participar naciones sin Estado… Euskadi, Galicia y Cataluña; y en lucha grecorromana también Castilla en categoría internacional”

·        Aplica medidas de discriminación positiva hacia las mujeres, que no debían acreditar marcas mínimas: “se parte de la premisa de que la mujer respecto al hombre tiene una situación de discriminación y se implementan medidas para fomentar su participación”.

Ibarrondo recuerda que el movimiento nace en un contexto internacional de frentes populares impulsados desde la Internacional Comunista, donde el deporte se concibe como un espacio para combatir la guerra, el fascismo y el imperialismo.

Del estadio a la trinchera

El golpe de Estado del 18 de julio truncó la celebración de la Olimpiada, pero no el legado político de sus protagonistas. “Los contingentes deportivos pasan a ser contingentes militares”, afirma Iker. En Castilla, deportistas populares y la propia Federación Castellana de Fútbol conforman el Batallón Deportivo, una fuerza que, según Ibarrondo, fue “una fuerza de choque”. Su primera compañía se nombra en honor a Sunyol —presidente del FC Barcelona asesinado por el franquismo— como gesto de solidaridad entre pueblos.

En Euskal Herria, la Federación Cultural Deportiva de Euskadi constituye el Batallón Cultura y Deporte, que llegó a defender Gernika durante los bombardeos de la Legión Cóndor. Sus militantes firmaban documentos “en euskera y castellano” proclamando la lucha “por la liberación social y nacional de Euskadi”.

Ibarrondo concluye que esa continuidad —del deporte como herramienta emancipadora al frente militar antifascista— demuestra que “los sueños de tratar el deporte como herramienta para la liberación social y nacional de los pueblos reverberaron en la defensa de la democracia frente al fascismo entre 1936 y 1939”.

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