Iñaki Egaña / NAIZ

El partido de fútbol de la final de copa del rey hispano en Sevilla ha vuelto a airear viejos fantasmas. La pitada por seguidores vascos a la Marcha Real, en su origen melodía militar y oficializada en Himno Nacional español por la Constitución de 1978, ha removido el histórico patriotismo canoso de la España imperial. Tal y como ha sido un clásico en los últimos años, cuando la final copera ha conocido a equipos vascos o catalanes, donde la pitada ha sido notoria. Para evitar la noticia, y en un ejercicio también habitual, la megafonía en directo fue elevada y el sonido televisivo minimizado, siguiendo la máxima de lo que no se ve o no se oye deja de existir. Viejos tics.

En esta ocasión, sin embargo, azuzados por esa derecha que se ha echado al monte en una guerra de guerrillas mediática, política y jurídica, las críticas a ese acto de desobediencia civil −pacífica por definición− han subido de tono, anunciando medidas contra los equipos a cuyos seguidores no gusta, por múltiples razones, ese himno histórico que bajo su melodía se han conocido todo tipo de tropelías. Una amenaza bien real, valga la redundancia, cuando, entre muchos, Javier Tebas, presidente de la Liga de Futbol española y antiguo militante del franquista Fuerza Nueva, ha anunciado que está estudiando medidas sancionadoras para evitar la reproducción de la desobediencia civil de vascos y catalanes. El PP, asimismo, alumbró una nota en la que señalaba que «pitar al himno español es el desahogo acomplejado de unos pocos que desprecian a su país», concluyendo con el habitual «Viva España», compartido por Vox −su lema principal− y la Guardia Civil: «Viva España, viva el rey, viva el orden y la ley».

Personalmente, el concepto de «acomplejados» no me parece demasiado acertado. En todo caso lo cambiaría de lugar. Aquella Constitución que oficializó un himno militar, monárquico y franquista, recogió los vocablos de «indivisible» e «indisoluble» unidad de España en una sola frase, garantizando la misma a su Ejército. ¿Tan invertebrada estaba esa «nación» constitucional? Me resulta llamativo que equipos de fútbol españoles lleven en su camiseta la bandera española cuando juegan la Liga, como si reivindicasen su españolidad cuando se desplazan a Bilbao o Girona. Me resultó sorprendente entonces que, cuando Griezmann, en su paso por la Real Sociedad, logró un gol en el campo del Getafe e instintivamente besó la ikurriña de su camiseta, fuera abucheado masivamente por el público madrileño y tuviera que dar explicaciones posteriormente por el suceso. Me concita asombro que cuando la selección española de futbol se enfrenta en su Estado a otras selecciones, el himno del equipo contrario sea abucheado sistemáticamente, como ocurrió en el reciente partido contra Egipto, con el agravante de «Musulmán el que no bote». ¿No son esos complejos nostálgicos de esa España imperial, reserva espiritual de Occidente que aireaba el dictador Franco, de una «nación» misógina, católica-romana, y supremacista? ¿Por qué sigue celebrando el Estado aquel Día de la Raza −12 de octubre− como Fiesta Nacional, a la que, por cierto, también enfrenta otros actos de desobediencia civil?

Al margen de las valoraciones políticas, para que ese himno no sea del agrado de quienes reivindican un Estado plurinacional o, en otro caso, son abiertamente separatistas del mismo, hay otra serie apreciaciones emotivas también relevantes. La más notoria nos llega de la cercanía histórica y el uso obligatorio del himno durante la dictadura y las represalias consiguientes. A Juan Prat le mataron los de charol en Cadreita en tiempos de la República por cantar el Himno de Riego. Años más tarde, ya en dictadura, al cocinero Pablo Expósito, preso en Nafarroa Garaia, le condenaron a la pena de muerte por levantar el puño cuando sonaba el himno. Le conmutaron la pena por perpetua. Juan Careaga fue juzgado en Bilbo por no exhibir una actitud activa al toque del himno y José María Lopetegi, alcalde de Abaltzisketa, fue denunciado porque el organista de la parroquia se negaba a tocar el himno en la misa. José María Uhagón, el juez instructor, imputó también a Lopetegi por no izar la enseña rojigualda en el Ayuntamiento. Y sobre el fútbol, decenas de diligencias. En los primeros años del franquismo, los equipos saltaban al campo y debían escuchar el himno español mientras los jugadores saludaban al estilo fascista. Entre cientos de futbolistas, las actitudes de desapego fueron numerosas. Otro escándalo reseñable se produjo en el coliseo Albia de Bilbao cuando, en un homenaje a Resurrección María Azcue, los asistentes cantaron el «Gernikako Arbola». Cuando la banda interpretó los sones del himno nacional español, la mayoría de los espectadores abandonó la sala.

Y más recientemente, ¿qué actitud esperar, cuando a decenas de los 6.000 torturados certificados por los gobiernos de la CAV y de Nafarroa en los últimos periodos les hicieron tararear el citado himno en cuarteles y comisarías. Los informes anuales del TAT (Torturaren Aurkako Taldea) están manchados de testimonios del estilo: «Me hicieron cantar el himno español y gritar «viva España» contra mi voluntad. Ante Baltasar Garzón denuncié las torturas sufridas».

La defensa numantina del himno hispano coincide con la negación de su historia plural. En los prolegómenos de la final de la Copa Davis en Melbourne en 2003 sonó por error el Himno de Riego. Una anécdota que provocó un enfado diplomático mayúsculo y el amago de retirada de los tenistas hispanos. En cambio, en 2015, cuando Carolina Marín se proclamó campeona del mundo de bádminton, oyó los compases del himno con la versión de la letra fascista encargada por el fundador de Falange. Risitas apenas. Y el sempiterno lema de la doble vara de medir.

De igual a igual, los símbolos deben ser respetados. Representan a un colectivo y manifiestan la identidad de pueblos y naciones. La lógica es aplastante, como también para identificar, con el contexto, las anomalías a semejante afirmación.

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