Agustín Guillamón / Kaos en la Red

La cuestión del proletariado como sujeto revolucionario no puede resolverse ni mediante la nostalgia de las formas que el movimiento obrero tuvo en otro tiempo ni mediante la afirmación de que, puesto que aquellas formas han desaparecido, también ha desaparecido la clase cuya existencia expresaban. Ambas posiciones parten de una misma confusión: identifican la existencia de una clase con las formas históricas mediante las cuales, en determinadas condiciones, esa clase llegó a reconocerse, organizarse y actuar políticamente. Pero una forma histórica puede ser destruida sin que desaparezca la relación social que la hizo posible, del mismo modo que una clase puede existir objetivamente sin haber alcanzado todavía la capacidad política de actuar como clase. Entre ambas cosas existe una diferencia que no es secundaria, porque en ella se encuentra precisamente el problema de nuestro tiempo: comprender por qué el proletariado sigue existiendo y, al mismo tiempo, por qué ha dejado de existir, en gran medida, como fuerza capaz de reconocerse a sí misma y enfrentarse conscientemente a las relaciones sociales que determinan su existencia.

Para comprenderlo hay que comenzar por la relación material que constituye a las clases y no por la conciencia que los individuos tienen de ella. El proletariado no existe porque millones de personas reciban un salario, ni porque compartan una determinada condición cultural, ni porque se reconozcan bajo un nombre común. Existe porque una parte de la sociedad se encuentra separada de las condiciones objetivas que le permitirían producir y reproducir autónomamente su vida y, para poder vivir, tiene que vender su fuerza de trabajo a quienes controlan esas condiciones. La relación salarial no es simplemente un intercambio entre individuos jurídicamente libres, sino la forma mediante la cual se reproduce una separación fundamental: de un lado, quienes disponen de los medios de producción y pueden comprar fuerza de trabajo; del otro, quienes, privados de esos medios, necesitan vender su capacidad de trabajar para obtener los medios necesarios para su existencia. La clase no aparece, por tanto, después de que los individuos hayan tomado conciencia de pertenecer a ella; existe antes de esa conciencia, como una relación social que se impone a los individuos independientemente de lo que éstos piensen acerca de ella.

Esto es lo que significa afirmar que el proletariado existe objetivamente. No se trata de atribuirle una esencia eterna ni de sostener que todo aquel que recibe un salario ocupa exactamente la misma posición dentro de la sociedad, sino de reconocer que, bajo el capitalismo, la reproducción de la vida de una parte fundamental de la población depende de la venta de su fuerza de trabajo y que esa fuerza es comprada y utilizada dentro de un proceso cuyo fin no es simplemente satisfacer las necesidades de quienes trabajan, sino producir y reproducir capital. El trabajador entra en ese proceso como propietario de su fuerza de trabajo, pero no de las condiciones en que puede utilizarla; el capitalista dispone de esas condiciones, compra aquella fuerza y la incorpora a un proceso de producción del que obtiene un valor superior al que adelanta bajo la forma del salario. La relación entre ambos no depende de que ninguno de ellos tenga conciencia de pertenecer a una clase: se reproduce cada día mediante la producción, el salario y la necesidad de volver a vender la fuerza de trabajo para poder continuar viviendo.

Por eso la clase no es una identidad que pueda ser adoptada o abandonada a voluntad. Un trabajador puede no considerarse proletario, puede identificarse políticamente con intereses contrarios a los suyos, puede aspirar individualmente a convertirse en propietario, puede rechazar toda idea de lucha de clases y puede incluso defender conscientemente el orden que lo somete; nada de ello modifica por sí mismo la relación material en la que se encuentra. Del mismo modo, quien posee los medios de producción puede no reconocerse como miembro de una clase dominante y considerarse simplemente un empresario, un inversor o un individuo que ha triunfado por su propio esfuerzo; pero su conciencia tampoco modifica la posición que ocupa dentro de las relaciones sociales. Las clases no existen primero en la conciencia para producir después sus relaciones materiales; son esas relaciones materiales las que proporcionan el fundamento sobre el cual puede desarrollarse, o no desarrollarse, una conciencia de clase.

Pero precisamente aquí comienza la dificultad. Que una clase exista objetivamente no significa que exista como sujeto político. La misma relación que une materialmente a los trabajadores puede mantenerlos separados en la experiencia inmediata de su existencia. El capital los reúne dentro de una producción social cada vez más interdependiente y, al mismo tiempo, los enfrenta en la competencia por el empleo, por el salario y por las condiciones necesarias para reproducir su vida. Los trabajadores dependen unos de otros en el proceso general de producción, pero cada uno depende individualmente de encontrar un comprador para su fuerza de trabajo. Lo que desde el punto de vista del capital aparece como una totalidad organizada se presenta desde el punto de vista del trabajador como una sucesión de relaciones particulares: una empresa, un contrato, un alquiler, una deuda, una jornada laboral, una amenaza de despido, una factura que pagar. La totalidad existe materialmente, pero no aparece necesariamente como totalidad en la experiencia de quienes la soportan.

Aquí reside una de las grandes fuerzas del capitalismo: consigue que quienes se encuentran unidos objetivamente por una relación social aparezcan separados subjetivamente por las formas concretas mediante las cuales esa relación se reproduce. El trabajador que pierde su empleo puede interpretar su situación como un fracaso personal; quien no puede pagar el alquiler puede considerarlo un problema privado; quien acepta jornadas cada vez más largas puede creer que se encuentra simplemente ante una exigencia particular de su empresa. La competencia convierte una relación común en una multitud de experiencias separadas y la necesidad inmediata de sobrevivir dificulta precisamente aquella comprensión de conjunto que permitiría reconocer la causa común de esas experiencias.

De ahí que la conciencia de clase no pueda deducirse mecánicamente de la existencia de la clase. La posición proletaria contiene la posibilidad de una conciencia común, pero no la produce automáticamente. El trabajador no se convierte en revolucionario por el mero hecho de ser explotado, del mismo modo que una multitud de individuos sometidos a una misma relación no constituye por ese solo hecho una fuerza colectiva. Para que esa posibilidad se realice tiene que producirse algo que no está contenido de manera inmediata en la posición económica: los individuos tienen que entrar en relación entre sí a través de la lucha, tienen que descubrir que aquello que padecen separadamente puede ser enfrentado colectivamente y tienen que experimentar en la práctica una fuerza que no podían conocer mientras permanecían aislados.

Por eso la lucha de clases no debe entenderse únicamente como el enfrentamiento entre dos sujetos ya constituidos. Es también el proceso mediante el cual una clase puede llegar a constituirse políticamente. Cuando unos trabajadores interrumpen colectivamente el trabajo para impedir una reducción salarial, cuando se niegan a aceptar un despido, cuando ocupan un espacio para impedir un desahucio o cuando quienes viven una misma situación comienzan a organizarse para hacerla frente, no están simplemente expresando una conciencia que ya poseían. Están produciendo una experiencia nueva. Descubren que la relación que cada uno mantenía individualmente con el capitalista puede transformarse cuando interviene una acción colectiva; descubren que el poder que parecía pertenecer exclusivamente al empresario depende también de que los trabajadores continúen produciendo; descubren que una necesidad privada puede convertirse en una reivindicación común y que la solidaridad no es solamente una disposición moral, sino una capacidad material para modificar una relación de fuerzas.

La lucha produce, así, una transformación en la propia relación entre quienes luchan. Allí donde antes había trabajadores separados por la competencia comienza a existir una experiencia común; allí donde había miedo individual aparece una capacidad colectiva de resistencia; allí donde cada cual veía únicamente su propia situación empieza a hacerse visible una relación social que afecta a muchos. La conciencia no llega desde fuera para iluminar una realidad que permanece idéntica: se transforma la propia experiencia de la realidad cuando los individuos empiezan a actuar sobre ella conjuntamente. Por eso una clase puede existir objetivamente antes de reconocerse como tal y, sin embargo, sólo puede constituirse como sujeto político mediante un proceso histórico de luchas en el que esa existencia objetiva comienza a convertirse en conciencia, organización y fuerza.

Esto permite comprender también por qué la derrota del antiguo movimiento obrero tiene un significado tan profundo y por qué, al mismo tiempo, no puede ser confundida con la desaparición del proletariado. El capitalismo no destruyó una clase que hubiera dejado de existir, sino muchas de las condiciones históricas que habían permitido a esa clase reconocerse y organizarse de una determinada manera. La gran concentración industrial, las comunidades obreras, determinadas formas de estabilidad laboral, las organizaciones sindicales y políticas de masas, las tradiciones culturales compartidas y las formas de sociabilidad construidas alrededor del trabajo fueron el resultado de condiciones históricas concretas. Cuando esas condiciones fueron transformadas por la reestructuración capitalista, la deslocalización, la fragmentación productiva, la precarización y la transformación tecnológica, aquellas formas comenzaron a perder la base material que había permitido su reproducción.

No podemos recuperar ese mundo mediante la voluntad.

La nostalgia por las formas desaparecidas no puede devolvernos las condiciones que las hicieron posibles. Pero tampoco podemos aceptar que su destrucción demuestre que el proletariado ha dejado de existir. Lo que ha sido destruido es una determinada forma de constitución política de la clase, no la relación social que continúa produciendo trabajadores separados de los medios de producción y dependientes de la venta de su fuerza de trabajo. El problema que se abre ante nosotros no consiste, por tanto, en reconstruir el antiguo movimiento obrero bajo nuevas denominaciones, sino en comprender qué formas de organización y de lucha pueden surgir de las condiciones actuales y cómo pueden volver a convertir una existencia objetiva fragmentada en una fuerza colectiva.

Éste es el punto en el que la cuestión de la autonomía se vuelve inseparable de la cuestión de clase.

Si la clase sólo puede constituirse políticamente mediante sus propias experiencias de lucha, entonces la actividad mediante la cual se constituye no puede ser sustituida indefinidamente por una organización que actúe en su nombre. Una organización puede ser necesaria para conservar experiencias, coordinar fuerzas, transmitir conocimientos y hacer posible una acción que los individuos aislados no podrían realizar; pero esa necesidad no convierte a la organización en sujeto de la emancipación. Cuando quienes participan en una lucha delegan permanentemente en otros la capacidad de decidir sobre ella, aquellos que reciben esa delegación comienzan a ocupar una posición diferente de quienes los han delegado. Acumulan información, relaciones, recursos y conocimientos; adquieren una capacidad de decisión que los demás dejan de ejercer directamente; y lo que inicialmente era una diferencia funcional puede convertirse progresivamente en una diferencia de poder.

El proceso es conocido. Una organización creada para servir a la lucha desarrolla intereses propios en conservarse; quienes desempeñan funciones temporales se convierten en especialistas permanentes; la representación deja de ser una función revocable y comienza a convertirse en una posición; la necesidad de coordinar exige concentrar información y decisiones; la concentración facilita la eficacia inmediata, pero puede producir una separación creciente entre quienes dirigen y quienes ejecutan. Llegado cierto punto, la organización puede encontrarse defendiendo su propia existencia como institución incluso cuando esa existencia comienza a entrar en contradicción con la capacidad autónoma de quienes originalmente la crearon.

No se trata de un accidente que pueda atribuirse a la corrupción personal de determinados dirigentes. Es una tendencia que nace de la propia separación entre función y poder cuando esa separación se estabiliza. Precisamente por eso la emancipación de los trabajadores no puede consistir simplemente en sustituir una dirección por otra, ni en encontrar dirigentes más honestos que los anteriores. Si la relación fundamental permanece intacta, la capacidad de decidir seguirá concentrándose fuera de aquellos que deben emanciparse. La autonomía no es entonces una cuestión de pureza organizativa, sino una exigencia que se deriva del propio contenido de la emancipación: si los trabajadores han de dejar de estar sometidos a poderes que deciden sobre sus vidas, no pueden conquistar esa emancipación mediante la construcción de un poder separado que decida permanentemente por ellos.

Pero la autonomía contiene una dificultad que no puede resolverse simplemente afirmándola. Una lucha puede ser autónoma y, sin embargo, permanecer encerrada dentro de las condiciones particulares que la originaron. Una asamblea puede decidir colectivamente y no disponer de ninguna capacidad para modificar las relaciones económicas que existen fuera de ella. Una comunidad puede construir formas de cooperación diferentes y seguir dependiendo del mercado para obtener aquello que no puede producir por sí misma. Un colectivo puede conquistar una mejora real y, al mismo tiempo, permanecer sometido a las relaciones generales que permiten que el capital continúe reproduciéndose.

Esto ocurre porque el capital no está organizado como una suma de espacios particulares, sino como una relación social que atraviesa y conecta esos espacios. El trabajador de una empresa depende de procesos que se desarrollan en otras empresas y en otros territorios; la producción depende de redes de transporte, energía, crédito y distribución; la reproducción de la fuerza de trabajo depende de la vivienda, los cuidados, los servicios públicos y una multitud de actividades que no aparecen directamente como producción industrial, pero sin las cuales la producción capitalista no podría mantenerse. Una lucha particular puede alterar una parte de esa red, pero mientras permanezca aislada no puede modificar las relaciones generales de las que depende.

Por eso la autonomía necesita generalización.

No significa esto que todas las luchas deban adquirir la misma forma ni que una organización central deba absorberlas en una estructura única. Significa algo más concreto: que las luchas tienen que poder establecer entre sí relaciones que les permitan aumentar su capacidad de acción sin perder el control sobre sí mismas. Una huelga puede encontrar otra huelga; una lucha por la vivienda puede relacionarse con trabajadores que producen o mantienen los espacios de los que depende esa vivienda; quienes luchan contra la precariedad pueden descubrir que la misma relación que padecen aparece bajo formas diferentes en otros sectores; quienes sostienen tareas de reproducción social pueden reconocer la dependencia que existe entre su actividad y el conjunto de la producción.

La generalización no consiste en borrar las diferencias entre esas experiencias, sino en descubrir la relación material que permite que una pueda convertirse en fuerza para las otras. La solidaridad deja entonces de ser una declaración de principios y se transforma en una capacidad concreta. Una lucha deja de depender exclusivamente de sus propias fuerzas cuando puede apoyarse en otras; una victoria deja de ser un resultado particular cuando puede abrir posibilidades en otros lugares; una derrota deja de ser una pérdida absoluta cuando la experiencia adquirida puede transmitirse a quienes continúan luchando.

Aquí aparece nuevamente la cuestión del proletariado. No porque toda lucha deba ser reducida a una reivindicación salarial ni porque exista una jerarquía moral entre diferentes formas de resistencia, sino porque la posibilidad de generalizar las luchas depende finalmente de las relaciones materiales que las atraviesan. El capitalismo necesita que una multitud de actividades diferentes funcionen conjuntamente y, precisamente por ello, produce una dependencia mutua que puede convertirse en un punto de apoyo para la acción colectiva. Allí donde la producción y la reproducción social dependen del trabajo de millones de personas, existe una posibilidad de fuerza que ninguna lucha particular posee por sí sola.

La centralidad proletaria no significa, por tanto, que la fábrica sea el único lugar de la lucha ni que todos los conflictos deban subordinarse a la lucha salarial. Significa que la transformación de la sociedad tiene que enfrentarse a las relaciones materiales mediante las cuales el capital reproduce su poder y que esas relaciones atraviesan el conjunto de la vida social. El proletariado es central no porque posea una superioridad moral ni porque la historia le haya concedido una misión, sino porque su posición dentro de la reproducción capitalista contiene una capacidad objetiva de interrupción y transformación que ninguna política puede ignorar si pretende superar realmente el capitalismo.

Pero esa capacidad objetiva tampoco se convierte por sí sola en fuerza revolucionaria. El capital puede disponer de millones de trabajadores y, al mismo tiempo, mantenerlos divididos. Puede sustituir unos por otros, trasladar procesos productivos, enfrentar empresas y territorios, utilizar las diferencias salariales, precarizar el empleo y hacer que la dependencia mutua aparezca como competencia. Por eso la cuestión no consiste en descubrir una fuerza ya existente y esperar a que se manifieste, sino en crear mediante las luchas las condiciones en las que esa fuerza pueda reconocerse y actuar.

Es aquí donde las posiciones de Amorós e Ibáñez adquieren todo su interés.

Amorós ha insistido en la profundidad de la destrucción del antiguo mundo obrero y en la imposibilidad de recuperar mediante una simple continuidad ideológica las condiciones que hicieron posible el viejo movimiento proletario. Esta crítica resulta indispensable porque impide confundir la fidelidad a una tradición con la reproducción de las condiciones materiales que la hicieron posible. No podemos reconstruir artificialmente las antiguas comunidades ni devolver a las organizaciones actuales la función que tuvieron cuando existía una estructura social diferente.

Pero reconocer la profundidad de la derrota no permite convertirla en el horizonte definitivo de la historia. Si la desaparición del antiguo mundo obrero se interpreta como desaparición de toda posibilidad de recomposición proletaria, entonces la derrota deja de ser un objeto de análisis y se convierte en una conclusión anticipada sobre el futuro. El capitalismo habría conseguido entonces no sólo destruir una forma histórica de organización, sino imponer a quienes han sufrido esa destrucción la convicción de que ninguna otra forma puede surgir de sus propias contradicciones. La crítica de las condiciones desaparecidas es necesaria; hacer de su desaparición una teoría de la imposibilidad es otra cosa.

Ibáñez parte de una dificultad diferente y también necesaria: la imposibilidad de reducir las luchas contemporáneas a una figura homogénea del proletariado, como si todas las formas de dominación pudieran ser subsumidas sin más bajo la experiencia de un mismo sujeto histórico. La atención a la pluralidad de resistencias permite comprender mejor una realidad social mucho más compleja y evita convertir una categoría histórica en una identidad abstracta.

Pero la pluralidad de las resistencias tampoco resuelve el problema de la fuerza. El capitalismo puede soportar y hasta integrar una multiplicidad de conflictos siempre que éstos permanezcan suficientemente separados, porque puede negociar con ellos, institucionalizar sus demandas, absorber sus formas de expresión y transformar sus resultados en nuevas condiciones de reproducción. La existencia de muchas resistencias demuestra que el orden social produce contradicciones; no demuestra que esas contradicciones hayan encontrado todavía la forma política capaz de enfrentarlas como una fuerza común.

Por eso no podemos elegir entre el proletariado, concebido como sujeto ya constituido y una multiplicidad de luchas condenadas a permanecer dispersas. El primer camino convierte una posibilidad histórica en una identidad preestablecida; el segundo renuncia a explicar cómo las resistencias pueden adquirir una fuerza capaz de transformar las relaciones generales que las producen. El problema real se encuentra entre ambos: una clase existe objetivamente, pero tiene que constituirse políticamente; las luchas son múltiples, pero pueden encontrar relaciones que les permitan generalizarse; la autonomía es indispensable, pero no puede confundirse con el aislamiento; la organización es necesaria, pero no puede convertirse en un poder separado de quienes la necesitan.

De esta manera podemos comprender con mayor precisión qué significa afirmar que la clase se constituye en la lucha. La lucha no crea desde cero la relación de clase, porque esa relación existe antes de que los trabajadores se reconozcan en ella. Lo que la lucha puede crear es la posibilidad de que quienes ocupan objetivamente una posición común comiencen a actuar como una fuerza consciente de esa posición. La lucha convierte una relación objetiva en una experiencia compartida; esa experiencia puede producir conciencia; la conciencia puede producir organización; la organización puede conservar y ampliar la fuerza; y la extensión de esa fuerza puede hacer posible una nueva experiencia de unidad. No se trata de un proceso lineal ni inevitable, sino de un proceso abierto, atravesado por derrotas, recuperaciones, conflictos internos, retrocesos y nuevas posibilidades.

Por eso una política revolucionaria no puede esperar a que ese proceso haya terminado para intervenir en él. No existe un momento en el que la clase aparezca completamente formada y, sólo entonces, comience la tarea política. La constitución de la clase es precisamente el terreno sobre el que esa tarea debe desarrollarse. Allí donde aparece un conflicto existe la posibilidad de que permanezca encerrado en sus límites inmediatos, pero también existe la posibilidad de que produzca nuevas relaciones entre quienes participan en él y entre ellos y otros sectores. Lo que importa es favorecer las condiciones que permiten que esa segunda posibilidad se desarrolle.

Esto exige una práctica militante que no sustituya la iniciativa de quienes luchan, sino que contribuya a hacerla más consciente, más organizada y más capaz de relacionarse con otras. La militancia no consiste en llevar desde fuera una conciencia que los demás no poseen, sino en participar en la elaboración colectiva de una experiencia; no consiste en proporcionar una dirección permanente, sino en contribuir a que las propias luchas puedan encontrar formas de coordinación; no consiste en construir una organización destinada a representar a la clase, sino en desarrollar capacidades que permitan a quienes luchan conservar y ampliar su propia fuerza.

El criterio para juzgar una organización debería ser, por tanto, sencillo aunque sus consecuencias sean exigentes: si aumenta la capacidad autónoma de quienes participan en la lucha, sirve a la emancipación; si sustituye progresivamente esa capacidad por la suya propia, comienza a reproducir la relación que pretendía superar. La organización no debe ser medida por su tamaño, por su permanencia ni por su capacidad para hablar en nombre de muchos, sino por aquello que deja en manos de quienes luchan una vez que la organización ha cumplido su función.

Esto también modifica nuestra relación con la derrota. Si una lucha termina y quienes participaron en ella quedan exactamente dónde estaban, sin haber adquirido una experiencia, una relación, un conocimiento o una capacidad organizativa que pueda ser utilizada en el futuro, la derrota se consume completamente. Pero si la experiencia puede ser transmitida, si quienes participaron conservan vínculos con otros conflictos, si han aprendido a reconocer las formas de separación mediante las cuales el adversario pudo vencerlos y si la siguiente lucha comienza con una fuerza mayor que la anterior, entonces incluso una derrota puede formar parte de un proceso de constitución.

Lo mismo ocurre con la victoria. Una conquista inmediata puede mejorar las condiciones de existencia y, sin embargo, no modificar sustancialmente las relaciones que producen esas condiciones. Una victoria adquiere una dimensión diferente cuando permite ampliar la capacidad de quienes luchan, establecer nuevas relaciones y abrir conflictos que antes parecían imposibles. Lo decisivo no es, por tanto, medir cada lucha según la distancia que la separa de una revolución concebida como acontecimiento final, sino preguntarse qué capacidades produce y si esas capacidades aumentan o disminuyen la posibilidad de una transformación más amplia.

El capital se reproduce acumulando fuerza, conocimiento, recursos y capacidad de reorganización. También las luchas necesitan acumular experiencia. Pero esta acumulación no puede adoptar la misma forma que la acumulación capitalista. No puede consistir en la concentración permanente de poder en una organización separada. Tiene que consistir en la extensión de las capacidades de quienes luchan, en la transmisión de experiencias y en la creación de relaciones que permitan que una lucha no vuelva a comenzar desde cero.

Ésta es quizá la tarea más difícil que tenemos delante: construir una fuerza común sin construir un poder separado.

Si renunciamos a la generalización, cada lucha queda expuesta al aislamiento y el capital puede derrotarlas una a una. Si renunciamos a la autonomía, la generalización puede convertirse en centralización burocrática y la fuerza colectiva puede terminar siendo administrada por una instancia que ya no depende de quienes la producen. La dificultad no puede resolverse eliminando uno de los términos. Hay que sostener la tensión entre ambos y construir formas organizativas capaces de hacer de ella una fuerza.

No existe una fórmula que garantice ese resultado.

No existe una estructura inmune a la burocratización ni una organización que pueda prometer que jamás se separará de quienes la sostienen. La autonomía tampoco puede quedar asegurada por una determinada forma institucional, porque cualquier forma puede convertirse en una relación de poder si quienes participan en ella dejan de controlar sus decisiones. La única garantía posible es una práctica permanente de control, participación, circulación de funciones, revocabilidad y capacidad para transformar las propias estructuras cuando dejan de servir a la lucha.

Esto es insuficiente frente a la magnitud de la tarea.

Pero precisamente ahí reside la seriedad del problema. No tenemos una máquina histórica que conduzca automáticamente a la revolución, ni una organización que pueda sustituir la actividad de millones de personas, ni una forma de vida autónoma capaz de escapar por sí misma de las relaciones generales del capital. Tenemos una clase objetivamente existente pero políticamente fragmentada, unas luchas que aparecen dispersas y una posibilidad de recomposición que sólo puede realizarse mediante la práctica.

No sabemos qué forma adoptará esa recomposición. No sabemos qué conflictos serán capaces de abrirla. No sabemos qué organizaciones sobrevivirán a la prueba de la lucha sin separarse de ella. No sabemos qué derrotas serán necesarias ni qué victorias conseguirán abrir un camino más amplio. Pero la ausencia de esas certezas no modifica la estructura del problema. Mientras exista una sociedad en la que quienes producen no controlan las condiciones de su propia existencia, mientras la vida dependa de la venta de la fuerza de trabajo y mientras la producción social esté subordinada a la valorización del capital, existirán las condiciones materiales de una contradicción que ninguna derrota histórica puede abolir definitivamente. Lo que no está garantizado es que quienes ocupan esa posición sean capaces de reconocerse, organizarse y actuar sobre ella.

Ahí reside nuestra responsabilidad.

No en anunciar que la revolución llegará, porque no tenemos semejante conocimiento; tampoco en declarar que ya no puede llegar, porque ninguna derrota histórica nos concede ese derecho, y tampoco se les concede a Amorós ni a Ibáñez. Nuestra responsabilidad consiste en trabajar sobre las condiciones presentes de su posibilidad, allí donde las relaciones sociales producen conflicto, allí donde los individuos descubren que sus problemas no son únicamente suyos, allí donde una lucha comienza a transformar las relaciones entre quienes participan en ella y allí donde una experiencia puede encontrar otra experiencia semejante.

La cuestión no es esperar. La cuestión es intervenir en ese proceso.

Intervenir significa contribuir a que una lucha pueda comprender las relaciones que la determinan sin imponerle desde fuera una conciencia prefabricada; significa ayudar a que quienes participan puedan conservar el control de sus propias decisiones; significa establecer vínculos entre conflictos que el capital mantiene separados; significa hacer circular experiencias y conocimientos; significa impedir que la coordinación se convierta en representación permanente y que la representación se transforme en poder; significa, en definitiva, trabajar para que cada lucha pueda dejar tras de sí algo más que el resultado inmediato de su conflicto.

Porque si el proletariado existe objetivamente como una clase producida por las relaciones capitalistas, sólo podrá convertirse en sujeto revolucionario mediante una práctica en la que esa existencia común se transforme en conciencia, organización y fuerza; y si esa fuerza ha de ser realmente emancipadora, tendrá que conservar en manos de quienes la producen la capacidad de decidir sobre ella y, al mismo tiempo, encontrar los medios para superar el aislamiento en el que el capital mantiene divididas sus experiencias.

Ésta es la relación que debemos establecer entre clase y autonomía: no dos principios que puedan sumarse desde fuera, sino dos dimensiones de un mismo proceso. La clase necesita autonomía porque sólo puede emanciparse si desarrolla su propia capacidad de acción y de decisión; la autonomía necesita generalización porque ninguna experiencia particular puede abolir por sí sola las relaciones sociales que la rodean; la generalización necesita organización porque las fuerzas dispersas no se convierten espontáneamente en una fuerza común; y la organización necesita permanecer bajo el control de quienes luchan porque, cuando adquiere una existencia separada, corre el riesgo de convertirse en el poder que sustituye precisamente a la fuerza que debía organizar.

La revolución no comienza cuando una clase ya constituida se presenta ante la historia como un sujeto acabado. Comienza mucho antes, en el momento en que quienes viven separados por las formas de la sociedad capitalista empiezan a descubrir, a través de la lucha, que su separación no es su destino; en el momento en que una reivindicación particular revela una relación general; en el momento en que una derrota deja una experiencia que puede ser utilizada en otra parte; en el momento en que una organización deja de ser simplemente un instrumento para convertirse en una capacidad colectiva que permanece en manos de quienes la han creado.

No podemos saber hasta dónde llegará ese proceso. Pero sí podemos decidir si contribuimos a cerrarlo o a abrirlo.

La derrota del viejo movimiento obrero no nos obliga a reconstruirlo ni nos autoriza a enterrarlo todo con él. Nos obliga a comprender qué condiciones hicieron posible su existencia, qué fuerzas lo destruyeron, qué contradicciones permanecen y qué formas nuevas pueden surgir de ellas. La clase no ha desaparecido porque haya perdido las formas históricas mediante las cuales se reconocía; tampoco se ha convertido automáticamente en sujeto por el simple hecho de seguir existiendo objetivamente.

Entre ambas cosas se encuentra todo el terreno de la lucha. Y es en ese terreno donde debemos situarnos.

No sabemos qué forma tendrá la fuerza capaz de transformar las relaciones sociales que hoy parecen imponerse como una segunda naturaleza. Sabemos, sin embargo, que no podrá ser construida desde fuera de la clase, que no podrá surgir de la separación entre quienes deciden y quienes obedecen y que tampoco podrá nacer de la suma indefinida de luchas incapaces de encontrarse. Tendrá que surgir de la experiencia concreta mediante la cual los trabajadores, en sus diferentes condiciones de existencia, descubran las relaciones que los unen, construyan formas de organización que permanezcan bajo su control y encuentren los medios para extender cada conflicto más allá de los límites que inicialmente lo contienen.

No se trata, por tanto, de esperar a que aparezca el sujeto revolucionario ni de inventarlo mediante una teoría que pretenda hablar en su nombre; se trata de participar en las luchas mediante las cuales una clase que existe objetivamente puede comenzar a reconocerse en su propia fuerza, transformar esa fuerza en organización sin entregarla a un poder separado y extenderla hasta el punto en que aquello que hoy aparece como una multitud de vidas sometidas, dispersas y obligadas a luchar por separado pueda convertirse en una fuerza consciente de que las relaciones que la producen como clase son también las relaciones que puede llegar a abolir.

El proletariado existe; pero sólo luchando, organizándose y extendiendo su lucha podrá dejar de ser una clase sometida para convertirse en la fuerza capaz de abolir todas las clases. Su victoria no es perpetuarse como clase, sino autodestruirse en el mismo momento de conquistar la libertad para toda la humanidad.

El capital nos enfrenta, nos fragmenta y nos obliga a combatir por separado. Nuestra tarea es hacer de esa separación un problema, de cada conflicto una experiencia y de cada experiencia una fuerza común. No sabemos de antemano qué forma tendrá esa fuerza. Pero sabemos que no aparecerá por sí sola. Se construirá en la lucha, en la organización autónoma y en la capacidad de extender cada combate más allá de sus límites inmediatos.

¿Bandera blanca o bandera negra? Ésa es la cuestión: aceptar la derrota como definitiva o hacer de la lucha de clases el camino hacia la abolición de las clases.

Barcelona, septiembre de 2026

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