Paul Seijo / GEDAR Langile kazeta
El fascismo tiene a la fuerza y la imposición, junto con el sentimentalismo y el identitarismo, como medios imprescindibles para difundir sus ideas. Es por ello que tiembla cuando se le hace frente. En cierta medida así lo está demostrando el contexto actual: la respuesta militar, económica y comunicativa de Irán y el Eje de la Resistencia ante el ataque imperialista ha dejado desnortados a los partidos seguidistas del sionismo y del movimiento MAGA.
Aparentemente, el ataque imperialista en Irán ha sido una decisión no suficientemente calculada por Estados Unidos, tomada por la presión del sionismo, y que le está saliendo el tiro por la culata. Parece que todo eso ha hecho que Trump, como líder del fascismo occidental, haya perdido su posición: a medida que se prolonga la guerra en Irán, pierde apoyo electoral; cada afirmación contradictoria y mentira le resta credibilidad; y la fuerza se convierte en su único recurso para mantenerse en su puesto.
En los partidos fascistas europeos y estadounidenses, profundamente sionistas y trumpistas, esta nueva situación ha generado muchas contradicciones, y está provocando cierto cambio de guion. Parece que la decadencia de Trump es irreversible, tanto como la de Orban. Pero la decadencia de Orban ha abierto las puertas a otro gobierno muy alejado del antifascismo; Meloni, una de las socias más fieles de Trump en Europa, está planteando una ruptura con todo esto de cara a mantener la fidelidad de sus bases; RN, AdF y similares han aprovechado la situación para reforzar un discurso nacionalista contra el capital transnacional; Vox, buscando detener las previsiones de pérdida de votos, ha enfriado su apoyo a Trump y probablemente tendrá que aumentar esa distancia a partir de ahora; y partidos más tradicionales de la derecha como el PNV, el PP y otros, esta vez, se han manifestado en contra del intervencionismo yanqui, cuando hasta ahora aplaudían con las orejas. Esta tipo de mutaciones no tienen por qué ser una muestra de debilidad de la derecha política y del fascismo. Al contrario, definen su naturaleza: es profundamente oportunista, carece de una doctrina coherente, y su única misión histórica es aumentar las cuotas de poder para defender las políticas autoritarias e imperialistas con más firmeza que nadie.
Sin embargo, parece que la izquierda, y en particular la izquierda institucional, ha llegado rápido a una conclusión: el aventurerismo, la insensatez y la dependencia hacia los líderes irracionales, han hecho que el fascismo entre en decadencia. ¡Vuelve el momento de la moderación, la razón y de la progresía! En esas anda PSOE, intentando liderar un fingido antiimperialismo internacional, mientras se salva a sí mismo. Pero todos sabemos en qué consiste el antiimperialismo del PSOE: en impulsar el autoritarismo, el intervencionismo y el rearme con la boca pequeña.
De todas formas, siempre es de celebrar el debilitamiento del fascismo, pero debemos tener cuidado con confundir nuestros deseos con la realidad. Debemos tener una mirada desconfiada hacia el contexto actual. El conflicto del Oriente Próximo, y sus efectos, las tendremos que analizar con pausa en los próximos meses. Por un lado, porque es demasiado pronto para valorar las consecuencias globales de la intervención imperialista. Cada intervención tiene sus riesgos, y van a tener que tragar algunos errores, pero resulta difícil pensar que el trumpismo-sionismo haya metido la pata en un agujero que no lo habían previsto. Es más, tenemos demasiadas preguntas sin respuestas contundentes para caer en triunfalismos: ¿quién sufrirá los efectos de la guerra tanto en Occidente como en cualquier otro punto del mundo? ¿Hay algún empresario de la MAGA y de su entorno que se está lucrando con todo esto? ¿Hará que EEUU pierda posiciones de fuerza, recursos energéticos, rutas comerciales y nuevos mercados respecto a su principal competidor (China), o hará que las gane? ¿Perderá realmente el poder el fascismo americano?
Por otra parte, el fascismo europeo también parece haber entrado en una especie de fase de mutación, pero sería demasiado ingenuo pensar que se debilitará por sí mismo. Pueden apostar por territorializarse aún más, adaptarse a las condiciones de cala lugar e impregnar aún más la ideología fascista en la sociedad. Así como crear nuevos liderazgos que conecten más con la clase media que se está empobreciendo. Por lo tanto, existe el riesgo de que la ideología fascista se extienda más que nunca, y eso va mucho más allá de los partidos parlamentarios: va de la difusión de la ideología racista, ultranacionalista, securitaria y demás; de la consolidación del escuadrismo y del activismo contra los movimientos de izquierda; de la reconfiguración de las alianzas internacionales fascistas, etc.
El fascismo sigue en ofensiva, y no hay ninguna solución mágica y fácil. Es una misión de todos y no vale quedarse a esperas. Con esto me refiero a que la capacidad de respuesta del llamado Eje de la Resistencia es, por supuesto, ejemplar, y esperamos que las garras imperialistas no consigan aplastarlo. Pero poner toda la esperanza en dicha victoria y esperar así el fin del fascismo occidental o del autoritarismo e imperialismo es una posición política que puede tener consecuencias negativas. Desde aquí nos toca seguir trabajando contra el fascismo y el sionismo, así como sumar fuerzas a favor de la única garantía posible contra el imperialismo y el autoritarismo: el socialismo.




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