Ollarra / Diablo de Navarra
No es un periódico. Nunca lo fue. Desde que el 25 de febrero de 1903 un grupo de 56 empresarios accionistas pusiera los cimientos de La Información S.A., Diario de Navarra (DN) ha funcionado como el brazo ejecutor, el centro de inteligencia y el cordón umbilical de la derecha más reaccionaria de nuestra tierra. Mientras su narrativa oficial se envuelve en el foralismo y el «sentido común», las tripas de su historia —documentadas por investigadores como Mikelarena y Fernández Viguera— revelan una realidad mucho más oscura: la de una empresa diseñada para que el poder en Navarra nunca salga de las mismas manos.
El pecado original: Un arma contra la clase obrera
A principios del siglo XX, Pamplona vivía una efervescencia republicana y socialista que amenazaba los privilegios de la burguesía rentista. DN no nació para informar, sino para frenar en seco el avance de la izquierda. Sus fundadores eran la élite económica (familias como los Arraiza o los Irujo monárquicos) y financiera (vinculados a la Banca Vasconia).
Como señala Silvia Fernández Viguera, el diario se presentó como el «ramo de oliva», pero su verdadera función fue la de un garrote mediático. Exigieron gobiernos fuertes, defendieron la censura de prensa cuando les convenía y criminalizaron cada huelga o intento de reforma social, etiquetándolos de «socialismo provocativo».
La calle Zapatería: Oficina Central del Golpe de 1936
El mito de que el diario fue arrastrado por las circunstancias en 1936 es radicalmente falso. Diario de Navarra fue el motor de la conspiración.
- Raimundo García ‘Garcilaso’, su director durante medio siglo, fue el enlace clave entre el General Mola y las fuerzas de derecha. No solo entrevistaba a los militares; negociaba con ellos.
- Eladio Esparza, el subdirector, mantenía los hilos con la Falange clandestina cuando esta era aún un grupúsculo violento e ilegal.
La redacción del periódico se convirtió en el «cruce de caminos» donde se selló la sangre: carlistas de la Comunión Tradicionalista, monárquicos de Renovación Española y fascistas de Falange se daban la mano en los despachos de DN para coordinar lo que pronto sería una limpieza política sin precedentes en una Navarra sin frente de guerra.
El camaleón cínico: La «carlistización» de conveniencia
Tras la victoria franquista, DN demostró su verdadera naturaleza: el poder por encima de los ideales. Aunque sus dueños eran liberales-conservadores y monárquicos alfonsinos, operaron un proceso de «carlistización» estratégica.
¿El motivo? Un tejemaneje empresarial. Temían que el Estado franquista, a través de la Falange, les incautara el periódico para convertirlo en prensa del Movimiento. Para evitarlo, se disfrazaron de tradicionalistas forales, utilizando el carlismo como un escudo protector para mantener el negocio y la influencia en manos de la oligarquía local. Fue la gran estafa: venderse como guardianes de la esencia navarra para salvar la cuenta de resultados de La Información S.A.
El «Estado Paralelo» bajo el Franquismo
Durante 40 años, nada se movía en Navarra sin el visto bueno de la calle Zapatería. El diario ejercía una suerte de derecho de veto sobre los cargos públicos. Si un Gobernador Civil enviado desde Madrid resultaba demasiado «social» o poco manejable para los intereses de la patronal navarra, DN iniciaba una campaña de demolición editorial hasta forzar su sustitución. Eran, de facto, el Gobierno en la sombra de la provincia.
De la Dictadura a UPN: El Plan de Evacuación
Con la llegada de la democracia, el entramado de DN entró en pánico. La posibilidad de que Navarra se integrara en una estructura vasca o que la izquierda gobernara amenazaba su hegemonía centenaria.
De esa urgencia nació la base ideológica de la Unión del Pueblo Navarro (UPN) en 1979. No fue una coincidencia; fue una necesidad existencial. UPN se convirtió en el brazo político del ideario del periódico: un navarrismo excluyente que utiliza el miedo a la «anexión» para movilizar el voto conservador y mantener el statu quo. La simbiosis ha sido total: DN dictaba la línea y UPN la ejecutaba desde el Palacio de Navarra, regando de paso al periódico con millones en publicidad institucional.
La sombra hoy: El control del relato
Hoy, Diario de Navarra sigue operando con la misma lógica de 1903. Ya no pueden cerrar periódicos obreros por la fuerza, pero utilizan el silencio selectivo y el estigma para proteger a su red de intereses. Su estructura de propiedad sigue siendo un búnker cerrado a las mismas familias de siempre, una logia económica que vigila que Navarra nunca deje de ser su cortijo particular.
Diario de Navarra no es un testigo de nuestra historia; es su carcelero. Desde la conspiración del 36 hasta la gestión de la derecha actual, cada página impresa ha tenido un único objetivo: que pase lo que pase, manden los mismos. Es hora de que la ciudadanía conozca que, tras el papel amarillento, lo que hay no es periodismo, sino un centenario de tejemanejes en la sombra.




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