Fernando Mikelarena (Bera, 1962) combina su faceta de historiador y novelista en búsqueda de nuevos públicos, que quisieran combinar historia y ficción novelada, y poder tener un campo más creativo e interpretativo que el estrictamente documental. Diario de Noticias de Navarra pone a la venta su segunda novela publicada por Lamiñarra, y ambientada en la primavera de 1936, en su gran parte en Iruña.

Su libro es una ficción novelada basada en un suceso real.

—En Pamplona se estaba preparando la conspiración con contactos entre el general Mola, los carlistas, los falangistas y otras fuerzas políticas. Pero curiosamente desde finales de marzo hasta principios de junio hubo diversos incidentes que no casaban con ese clima conspiratorio, porque pudieron haber puesto en peligro la misma conspiración.

¿Por ejemplo?

—Un enfrentamiento en el cementerio de Pamplona entre carlistas y falangistas tras el asesinato de un falangista en Mendavia. Otro enfrentamiento grave en la calle Descalzos o un intento de asesinato al hermano de Jesús Monzón, líder del Partido Comunista en Navarra, que salvó su vida por casualidad.

¿Qué pasó?

—Fue un atentado en la Plaza del Castillo a medianoche, con una bomba en su coche. Además, se asesinó a quien yo rebautizo con el nombre de Félix Dorado, presidente de la asociación de empresarios, que en el sumario figurará como uno de los falangistas más importantes en Navarra. Esos incidentes pudieron haber acarreado que el Gobierno de Madrid hubiera mandado a Pamplona policías y militares en el caso de una espiral acción-reacción.

Pero en Madrid no sacaron la lupa.

—Lo curioso es que los que protagonizaron esos incidentes eran por lo general los mismos nombres de carlistas y falangistas. Y eso no casa con una premisa esencial ante cualquier conspiración: que todos los involucrados procuren actuar de la forma más inadvertida posible con el fin de no llamar la atención de la policía.

¿Y Mola?

—Tenía hilo directo con Sanjurjo, que según el plan inicial iba a ser el presidente del directorio militar que se iba a instaurar si el golpe triunfaba. Mola era el militar más preparado que había. Desde mi punto de vista, pretendió dar un golpe de Estado que triunfara rápidamente sin el propósito de derrocar la República, pero el golpe no triunfó y se vio que sería una guerra civil larga.

Tres años, más la dictadura…

—Sanjurjo murió en un avión cuando iba a venir a España desde Portugal. Y el que iba a ser el presidente del directorio civil subordinado a esa Junta militar, Calvo Sotelo, fue asesinado en Madrid días antes del golpe. Dos protagonistas importantes desaparecieron y se abrió un escenario nuevo ante el fracaso del golpe de Estado por la resistencia del gobierno republicano en grandes ciudades.

Aquella Pamplona del 36 aporta contexto literario.

—Una pequeña ciudad de únicamente 40.000 habitantes. La novela recrea ese profundo carácter tradicional político, moral y religioso.

Donde se conocería todo el mundo.

—Efectivamente, y en la que la mayoría social y política era derechista; la izquierda era una minoría, en un municipio gobernado con parámetros muy tradicionales, con una presencia muy importante de curas, monjas y frailes. Una ciudad concentrada en el casco viejo, con el primer ensanche y algunas casas en la Rochapea, Iturrama, Milagrosa…

Y ahí se movió Mola…

—Fue un error del gobierno republicano enviarlo a una provincia con una mayoría tan absolutamente derechista y no hacer caso de los avisos que la izquierda dirigió repetidamente a lo largo de esa primavera del 36 de que aquí se estaba cociendo una seria conspiración antirrepublicana.

Negligencia grande.

—Al gobierno republicano se le avisó repetidamente por parte de los partidos de izquierda, se publicaron artículos en la prensa de que los requetés estaban entrenando continuamente en los montes… pero no hizo absolutamente nada. Efectivamente fue una absoluta negligencia.

Han pasado 90 años. En 10 años aquello cumplirá un siglo.

—Hay algo que me choca enormemente. Estamos recreando lo que sucedió en los años republicanos, con una escisión profunda entre la izquierda y la derecha. Se están repitiendo, sobre todo por la derecha, estrategias que entonces culminaron con éxito, de manipulación informativa, bulos y polarización.

Pero ahora estamos menos asalvajados, ¿no?

—Hace diez años el eco del golpe del 36 tuvo mayor proyección informativa que ahora. Confío en que de aquí a una década se retome otra vez el tema por parte de los historiadores. Pero se están diseñando algunas estrategias de olvido y de desmemoria que están triunfando. La generación de los hijos de represaliados del 36 está desapareciendo y también es un factor a tener en cuenta.

Cuestión no menor.

—Pero o nos involucramos seriamente en investigar todas estas cosas o corremos el riesgo del arraigo del olvido y la desmemoria. Aquel golpe derivó en una dictadura de unos 40 años donde los sectores derechistas que accedieron al poder monopolizaron absolutamente todas sus parcelas tanto en el conjunto del Estado como en Navarra, hicieron un coto cerrado, y todo eso a fin de cuentas condicionó altamente la Transición.

Eso se pasa por alto.

—Cuarenta años monopolizados por determinadas élites colonizaron muchas esferas.

Muchos dirán que ya está todo contado sobre el 36 y los vencedores.

—Pues a mí me parece que no. Hay que dirigir la mirada hacia los sectores civiles derechistas que luego se aprovecharon de esa monopolización.

¿Usted tiene un plan de trabajo de aquí a 2036?

—En mi faceta de historiador este año sacaré un libro sobre la Diputación de Navarra el Ayuntamiento de Pamplona y el de Tudela durante la Guerra Civil. A corto y medio plazo quiero analizar la gestión del poder de la Diputación y sus profundas conexiones con el aparato franquista a lo largo de toda la dictadura. No hay que olvidar que la Diputación pilotó el proceso de Transición hasta 1979 bajo la dirección de Amadeo Marco y de sus compañeros.

Un hombre olvidado, por cierto.

—Sí, al que le suelen hacer panegíricos, pero profundamente carlista.

¿Qué se van a encontrar los lectores en este libro?

—Una novela digna, anclada firmemente en la realidad de la historia. El que quiera conocer contenido de memoria histórica de forma amena tiene aquí una buena oportunidad. Siempre me ha gustado la literatura. He leído mucho a lo largo de mi vida, y una cosa es escribir ensayos historiográficos y otra muy diferente escribir ficciones noveladas. Pero las tres novelas que he escrito según me dicen se leen fácil y la gente aprende de una forma didáctica y entretenida.

El autor también disfrutará…

—Es un reto, y me permite disfrutar muchísimo. El proceso de redacción es mucho más costoso, porque hay que enhebrar una historia capaz de captar la atención del lector, pero es algo que me engancha y a lo que voy a seguir dedicándome en los años venideros sin descuidar por supuesto la faceta de escritor de ensayos historiográficos.

De momento, ha creado un personaje: Clemente García Errandonea.

—Un tipo muy analítico, amigo de Mola, profundamente nietzscheano y barojiano. Un descreído, profundamente relacionado con la red de contrabando más importante del Bidasoa que trabajó para Mola durante los meses de la conspiración. Clemente satisface el encargo que le hace Mola de investigar el asesinato de Félix Dorado, y se entrevista con carlistas y falangistas, y ve que hay un arraigado fanatismo en la gente, un profundo odio en contra de la República y de los republicanos y socialistas. A pesar de ser un subalterno de Mola trata de prevenir a los republicanos de lo que él atisba que va a ocurrir.

Interesante.

—Como dijo Umberto Eco, el fascismo es multiforme, con una enorme capacidad adaptativa. El lector podrá ver en la novela que en Navarra existieron dos fórmulas complementarias de comportamientos fascitizados: el carlismo y el falangismo.

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