Iñaki Egaña / NAIZ

Hay preguntas que acompañan a los pueblos desde hace siglos, aunque solo de vez en cuando adquieran forma de debate político. ¿Cómo consigue una comunidad perdurar sin convertirse en una pieza de museo? ¿Cómo incorpora novedades sin dejar de reconocerse? Sospecho que el mejor lugar para buscar una respuesta no es la habitual, sino el euskara. Pocas realidades representan mejor la continuidad histórica del pueblo vasco que su lengua. Su origen sigue siendo un enigma, pero su supervivencia constituye un hecho extraordinario. Sin un Estado que la protegiera durante la mayor parte de su historia, sin un imperio que la expandiera y durante siglos sometida a una intensa presión de lenguas mucho más poderosas, el euskara ha llegado al siglo XXI con una capacidad de supervivencia que muy pocos habrían pronosticado. 

¿Cómo ha sido posible? La respuesta resulta reveladora. No ha sobrevivido a pesar de incorporar palabras nuevas. Ha sobrevivido precisamente porque supo incorporarlas sin dejar de ser euskara. Los lingüistas recuerdan que una parte muy importante de su vocabulario procede del latín y de las lenguas romances. Más tarde llegaron préstamos del castellano, del francés y, recientemente, del inglés. Ninguno de ellos destruyó el euskara. Al contrario. El euskara los hizo suyos. 

Siempre me ha parecido especialmente revelador el caso de porlan. No existía una palabra vasca para designar el cemento porque el cemento era una realidad nueva. El término Portland acabó adaptándose como porlan. El euskara hizo con las palabras lo que hacen todas las culturas vivas: no preguntó por su origen, sino por su capacidad para formar parte de una estructura propia. La incorporó a su propia gramática y la convirtió en patrimonio común. Unas veces creando palabras nuevas, como ikertzaile, argazki o bilatzaile. Otras, adaptando préstamos como taxi, futbol o txip. 

En esa dinámica se esconde una lección que va mucho más allá de la lingüística. Durante demasiado tiempo hemos confundido continuidad con inmovilidad. Como si una comunidad solo pudiera permanecer idéntica conservando intactos todos sus elementos originales. La historia del euskara parece enseñar exactamente lo contrario. Su continuidad no ha consistido en evitar el cambio, sino en transformarlo en parte de sí mismo. Existe una frase atribuida a Gustav Mahler que expresa certeramente esta idea: «La tradición no es la adoración de las cenizas, sino la conservación del fuego». Las cenizas pertenecen al pasado. El fuego solo existe si continúa ardiendo. Una tradición viva no repite mecánicamente lo heredado. Lo recrea para que siga teniendo sentido en un mundo diferente. 

¿Cuál es, en el fondo, la cuestión? ¿Hablamos de identidad o de continuidad? La identidad suele evocarnos algo fijo, casi mineral. La continuidad, en cambio, obliga a pensar en transmisión, creatividad y futuro. Un pueblo no permanece porque sea incapaz de cambiar. Permanece porque consigue que cada generación reciba una herencia y, al mismo tiempo, la prolongue. 

El euskara ha hecho exactamente eso. Quizá no sea casual que el primer gran llamamiento de la literatura vasca no fuera al repliegue, sino a la apertura. «Euskara, jalgi hadi mundura», escribió Bernart Etxepare en el siglo XVI. Cada nueva realidad ha exigido nuevas palabras. Cada época ha obligado a ampliar su capacidad de nombrar el mundo. Si hubiera rechazado todo lo que procedía de fuera en nombre de una supuesta pureza originaria, probablemente hoy sería una reliquia admirable, pero una reliquia al fin y al cabo. Su fuerza ha residido precisamente en la confianza suficiente para convertir lo nuevo en propio. 

Llegados a este punto, resulta difícil no volver la mirada hacia la sociedad vasca contemporánea. En los últimos años proliferan discursos que explican la continuidad de Euskal Herria casi exclusivamente a partir de la genealogía. Sin negar la importancia de la historia familiar ni de la memoria colectiva, me pregunto si el propio euskara no nos está proponiendo otro modelo. El euskara nunca ha sobrevivido gracias a la pureza lingüística. Ha sobrevivido mediante una constante incorporación creadora. 

No estoy hablando de una sociedad sin memoria ni de una identidad desprovista de referencias comunes. Al contrario, esa capacidad de incorporación no nace de la indiferencia. Solo una comunidad con una conciencia suficientemente fuerte de sí misma puede integrar novedades sin diluirse. El euskara no desapareció porque aceptara préstamos sino gracias a su capacidad para incorporarlos. La cuestión nunca fue el origen de las palabras, sino su capacidad para formar parte de una estructura viva. 

Tal vez ocurra algo semejante con los pueblos. La pregunta decisiva no sea quién puede acreditar un linaje más antiguo, sino quién está dispuesto a continuar una historia común. No se trata de sustituir un relato por otro, sino de ampliar un relato sin romper el hilo que lo mantiene unido. Como defendió Hans-Georg Gadamer, una tradición permanece viva porque cada generación entra en conversación con ella. Una tradición que dejara de dialogar con el presente correría el riesgo de convertirse en una pieza arqueológica. Un pueblo no existe únicamente porque comparte un pasado. Existe porque renueva cada día la voluntad de construir un futuro común. 

El euskara lleva siglos haciéndolo. Nunca ha sobrevivido encerrándose en un museo. Ha sobrevivido nombrando un mundo que cambiaba. No propongo que la sociedad vasca se parezca al euskara. Propongo, simplemente, observar cómo ha sobrevivido durante siglos aquello que mejor simboliza la continuidad de nuestro pueblo. El euskara no es una metáfora sino una experiencia histórica. Y esa experiencia parece sugerir que la continuidad nunca fue incompatible con la incorporación. Más aún: que probablemente dependió de ella. 

Tal vez esa sea la tarea de una sociedad que aspire a perdurar: conseguir que quienes llegan puedan hacer suya una historia común sin dejar de enriquecerla. Porque la continuidad no consiste en conservar intacto el pasado, sino en conseguir que siga teniendo la fuerza suficiente para nombrar el futuro.

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