Extraido de un canal de Facebook sobre cultura obrera

Hay que reconocerle una cosa a la extrema derecha: son unos parásitos estéticos excelentes. A finales de los 70, partidos británicos moribundos como el National Front se dieron cuenta de que sus mítines llenos de viejos con trajes grises no atraían a nadie. Necesitaban carne de cañón joven, violenta y desesperada. ¿Y dónde estaba esa juventud? En las barriadas obreras, huyendo del desempleo y refugiándose en la música.

Así empezó uno de los giros de guion más perversos de la historia de la música: el nacimiento del RAC (Rock Against Communism). 

La jugada maestra no fue crear una música nueva —porque el talento musical nunca ha sido el fuerte del fanatismo—, sino canibalizar por completo la estética del skinhead Oi!. Decidieron que las botas Dr. Martens, las cabezas rapadas y los tirantes eran el uniforme perfecto para su nueva cruzada nacionalista. Fue una suplantación de identidad en toda regla. Tomaron un movimiento nacido de la inmigración jamaicana y el orgullo proletario, le extirparon el cerebro y lo rellenaron con discursos de pureza racial y nostalgia de un imperio británico que esos chicos solo iban a ver en los libros de texto. El punk y el Oi!, que eran géneros musicales basados en mandar al diablo al sistema, fueron domesticados y puestos al servicio de agendas políticas rancias. Lo hermoso de la ironía es que los nuevos reclutas, rebautizados con desprecio por el movimiento original como boneheads (cabezas huecas), salían a las calles convencidos de que estaban defendiendo «las esencias de la patria» mientras vestían la ropa, usaban el corte de pelo y escuchaban los ritmos que los inmigrantes negros habían llevado a Inglaterra una década atrás. 

Un aplauso cerrado para la disonancia cognitiva. El RAC demostró que si repites una mentira las suficientes veces con las guitarras a todo volumen, puedes convencer a un hijo de obrero de que su peor enemigo no es el banquero que lo desaucia, sino el vecino de la esquina que tiene un tono de piel diferente. Un clásico de la manipulación callejera.

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