Para entender cómo Abelardo De la Espriella cuadruplicó los históricos de la derecha en zonas tradicionalmente esquivas y amarró la victoria regional, es necesario desarmar el engranaje de tres anillos de influencia religiosa y discursiva que pasaron de los cultos locales a la campaña presidencial.
John Forero / Diario Red
El presidente electo en Colombia, Abelardo de la Espriella, es un ateo convertido convenientemente a tiempo para obtener la bendición y ser el ungido para llevar el país por los caminos del bien.
El exitoso caso de marketing político que construyó el personaje del tigre tiene muchas aristas para analizar. La principal, quizás, es como capitalizó su equipo estratégico el tener un ateo converso, quien ahora es el más creyente de todos e incluso cercano a todas las religiones.
Los mercaderes de la fe han sabido capitalizar en votos la creencia de las personas, la necesidad por respuestas que logran saciar sus necesidades y que no impliquen un esfuerzo mayor. Esto no es un tema nuevo, peor hay que remitirnos a la Guerra Fría para empezar a entender lo que ha pasado en todo el continente.
La religión en la geopolítica
El uso de la religión como una herramienta geopolítica dentro de la Doctrina Monroe (bajo la premisa de «América para los americanos») vivió uno de sus capítulos más complejos durante la Guerra Fría.
La irrupción de la Teología de la Liberación en la Iglesia Católica latinoamericana —que ponía el foco en la «opción preferencial por los pobres» y utilizaba el análisis social (de corte marxista) para denunciar las estructuras de opresión— fue catalogada por Washington como una amenaza directa a la seguridad nacional, que habría que extirpar al costo que fuera.
Documentos desclasificados y análisis históricos demuestran cómo la CIA y los estrategas de la Casa Blanca articularon y financiaron la expansión de misiones protestantes, fundamentalmente pentecostales y neopentecostales, para diluir la base social de la Iglesia Católica tanto en Estados Unidos como en Centro y Sur América y contrarrestar el avance del ala progresista del clero.
Tras el fracaso de la Alianza para el Progreso de Kennedy, el presidente Richard Nixon envió al gobernador de Nueva York en 1969, Nelson Rockefeller, a una gira por América Latina para evaluar la región.
Documentos desclasificados y análisis históricos demuestran cómo la CIA y los estrategas de la Casa Blanca articularon y financiaron la expansión de misiones protestantes, fundamentalmente pentecostales y neopentecostales, para diluir la base social de la Iglesia Católica
El informe resultante fue un hallazgo que advirtió explícitamente que la Iglesia Católica ya no era un aliado confiable para los intereses de Estados Unidos. Señaló que el clero católico en las conferencias episcopales (como la de Medellín en 1968) se había convertido en una «fuerza dedicada al cambio revolucionario» y planteó una recomendación para debilitar esta corriente promoviendo formas alternativas de fe que no cuestionaran las estructuras económicas tradicionales, abriendo la puerta al apoyo logístico y financiero a misiones evangélicas de origen estadounidense.
Todo esto se daba en el marco de un periodo donde ascendía la revolución cubana y diferentes movimientos revolucionarios en Centro y Sur América habían contado en sus filas con sacerdotes como fue el caso de Camilo Torres en el Ejército de Liberación Nacional en Colombia.
La CIA contra la teología de la liberación
Entrada la década de los años 70 la CIA y dependencias gubernamentales norteamericanas comenzaron a subsidiar masivamente redes de telecomunicaciones de corte evangélico y anticomunista.
Se potenció entonces el alcance de cadenas radiales como Trans World Radio y HCJB en Ecuador, que transmitían sermones que equiparaban la Teología de la Liberación y la justicia social con el «ateísmo satánico del comunismo», exacerbando el macartismo como una doctrina argumentativa de manejo cognitivo.
Se fomentó el arraigo del pentecostalismo en las zonas más vulnerables y periféricas, promoviendo una teología que enfatizaba la salvación individual e interior (un escape espiritual de la realidad material) o la obediencia a las autoridades establecidas, neutralizando las «Comunidades Eclesiales de Base» católicas que organizaban políticamente a los campesinos y que planteaban cuestionamientos al sistema económico, sabían que alienando a los más pobres podrían neutralizar los focos de insurrección.
Entrada la década de los años 70 la CIA y dependencias gubernamentales norteamericanas comenzaron a subsidiar masivamente redes de telecomunicaciones de corte evangélico y anticomunista.
Para la década de los 80 la declaración de guerra es ideológica y se dan las bases fuertes de la batalla cultural desde la fe. Con la llegada de Ronald Reagan a la presidencia de Estados Unidos, el comité de asesores del Council for Inter-American Security redactó el famoso Documento de Santa Fe.
El texto afirmaba textualmente que «la política exterior de EE.UU. debe comenzar a contrarrestar (no solo reaccionar contra) la teología de la liberación tal como es utilizada en América Latina».
Para los estrategas imperiales, esta teología no era doctrina religiosa, sino un arma de infiltración castro-soviética. Se diseñó una estrategia sistemática de «guerra ideológica y cultural» donde la promoción del protestantismo de libre mercado funcionaba como escudo de contención, empezaron así a aparecer las iglesias evangélicas en barrios pobres, pastores ordenados express, y una respuesta metafísica a los problemas materiales de la sociedad.
Durante todo este proceso, el caso más radical del éxito de esta estrategia ocurrió en Guatemala. Con el apoyo de la administración Reagan, el general Efraín Ríos Montt (miembro de la iglesia neopentecostal El Verbo, con sede en Texas) llegó al poder mediante un golpe de Estado.
Mientras las dictaduras del Cono Sur y Centroamérica asesinaban a sacerdotes católicos alineados con la opción por los pobres (como el martirio de San Óscar Romero en El Salvador en 1980), Ríos Montt utilizaba la retórica bíblica pentecostal para justificar una de las campañas de tierra arrasada y genocidio indígena más sangrientas del continente. Las agencias estadounidenses respaldaron su gobierno bajo la premisa de que estaba librando una «guerra santa» contra la guerrilla comunista.
En 1986 un memorándum desclasificado de la CIA titulado «Liberation Theology: Religion, Reform, and Revolution» detalla la profunda preocupación de la agencia por la pérdida de estabilidad política provocada por los «curas activistas».
El «derrame evangélico» y Juan Pablo II
Paralelamente, durante la década de los 80 se vivió una confluencia de intereses entre la administración Reagan y el Papa Juan Pablo II (junto al cardenal Joseph Ratzinger futuro papá Benedicto XVI). Mientras el Vaticano aplicaba una purga interna silenciando a teólogos de la liberación (como Leonardo Boff), Estados Unidos seguía ganando terreno cultural a través del crecimiento del «derrame evangélico», el papel de Juan Pablo II en la cortina de hierro y el fortalecimiento de los intereses de Washington fue crucial.
El éxito de la estrategia geopolítica norteamericana no se basó únicamente en la represión violenta, sino en un proceso de sustitución sociorreligiosa: Frente a las Comunidades Eclesiales de Base católicas, donde los pobres se reunían a leer la Biblia y discutir cómo cambiar sus realidades materiales (sindicalismo, reformas agrarias), las misiones pentecostales ofrecían refugio emocional e individual mediante el éxtasis místico y la sanación espiritual.
Mientras las dictaduras del Cono Sur y Centroamérica asesinaban a sacerdotes católicos alineados con la opción por los pobres (como el martirio de San Óscar Romero en El Salvador en 1980), Ríos Montt utilizaba la retórica bíblica pentecostal para justificar una de las campañas de tierra arrasada y genocidio indígena más sangrientas del continente
Vendieron la prosperidad financiera como una suerte de magia metafísica, financiada e importada desde los teleevangelistas de Estados Unidos, esta corriente enseñaba que la riqueza material es un signo de bendición divina y el resultado del esfuerzo individual y la fe. Esto chocaba directamente con la visión de la Teología de la Liberación, que concebía la pobreza como un «pecado estructural» causado por el capitalismo y el imperialismo.
Al atomizar los vecindarios y pueblos en decenas de pequeñas iglesias independientes y rivales entre sí, se quebró el tejido social que permitía la resistencia civil organizada contra las dictaduras militares pro-estadounidenses.
A largo plazo, esta transformación alteró de manera definitiva el mapa religioso y electoral de América Latina, creando bases de votantes profundamente conservadoras en lo cultural y alineadas al libre mercado en lo económico.
Bolivia, el ataque al estado plurinacional
Hoy vemos como en Bolivia, el factor religioso fue determinante para desestabilizar el proyecto plurinacional. El punto de inflexión moderno ocurrió durante la crisis política de 2019.
El ingreso de Jeanine Áñez al Palacio de Gobierno sosteniendo una biblia gigante y declarando que «Dios volvía al palacio» no fue un acto espontáneo. Detrás de este simbolismo operó un fuerte discurso neopentecostal y de sectores católicos integristas profundamente conectados con iglesias y fundaciones del sur de Estados Unidos (como el Capitol Ministries, una organización con sede en Washington que expandió «estudios bíblicos» dirigidos a mandatarios y legisladores latinoamericanos).
La fe se utilizó para deslegitimar los símbolos indígenas (como la Wiphala) tildándolos de «satánicos» o «paganos». EE. UU. ha visto con buenos ojos estas fracturas religiosas ya que debilitan el núcleo de resistencia antineoliberal en Bolivia: la identidad indígena unificada y su control sobre recursos estratégicos como el litio y el gas.
Perú y Ecuador, la «guerra cultural» que olvida el estractivismo
Por su parte en el Perú, la articulación religiosa estadounidense se manifiesta a través del financiamiento y asesoría legal a colectivos de la «guerra cultural».
Movimientos como Con mis hijos no te metas replicaron casi punto por punto las estrategias de movilización de la derecha evangélica de los Estados Unidos Redes como la Alianza de Estudiantes de la Libertad (ADF) y fundaciones asociadas al Partido Republicano dotaron de herramientas discursivas a congresistas y pastores locales.
Esta alianza ha servido para subordinar las agendas del Congreso peruano a posturas ultraconservadoras, sirviendo además como bisagra para blindar un modelo económico extractivista. Al canalizar el descontento social de las clases populares peruanas hacia «pánicos morales» (como la oposición a la educación de género), se frena la discusión estructural sobre la distribución de la riqueza, la minería y la soberanía nacional.
El éxito de la estrategia geopolítica norteamericana no se basó únicamente en la represión violenta, sino en un proceso de sustitución sociorreligiosa:
Mientras esto pasa, en Ecuador, el uso de misiones evangélicas se remonta históricamente al papel del Instituto Lingüístico de Verano (ILV), financiado por Estados Unidsos para penetrar la Amazonía y «pacificar» comunidades indígenas antes de la llegada de las petroleras norteamericanas (Texaco/Chevron). En el escenario reciente, el fenómeno se ha sofisticado.
Las agencias de cooperación y fundaciones satélites norteamericanas han fomentado el crecimiento de iglesias neopentecostales en zonas rurales e indígenas. Esto genera un contrapeso cultural contra la Conaie (Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador), la fuerza social de izquierda más organizada del país. Mientras la Conaie promueve una lucha comunitaria por la defensa de la tierra frente al extractivismo, el discurso corporativo y de superación personal de las iglesias financiadas por redes globales promueve el individualismo económico, asimilando a la población a las lógicas del libre mercado.
Colombia, el voto contra los Acuerdos de Paz
Colombia representa el caso más evidente de cómo el voto religioso puede alterar directamente la geopolítica regional y los acuerdos de Estado.
Durante el plebiscito sobre los Acuerdos de Paz con las FARC en 2016, poderosas coaliciones de iglesias evangélicas colombianas, estrechamente conectadas con la Asociación Evangelística Billy Graham y sectores de la derecha de Florida, movilizaron a millones de votantes bajo la premisa de que los acuerdos contenían «ideología de género» que destruiría a la familia. El «No» ganó por un estrecho margen. Para la estrategia de seguridad de Estados Unidos, mantener a Colombia bajo una lógica de conflicto interno o bajo un control estrictamente militarizado ha sido vital para asegurar su principal base de operaciones e inteligencia en Suramérica.
Bajo la versión moderna de la Doctrina Monroe, Estados Unidos ya no necesita enviar marines para asegurar su «patio trasero» andino. La exportación de la matriz religiosa neopentecostal funciona como un mecanismo blando de control social.
La fe sirvió como el perfecto dinamitador democrático para frenar una apertura política hacia la izquierda que amenazara la histórica subordinación de Bogotá a las directrices del Comando Sur.
Bajo la versión moderna de la Doctrina Monroe, Estados Unidos ya no necesita enviar marines para asegurar su «patio trasero» andino. La exportación de la matriz religiosa neopentecostal funciona como un mecanismo blando de control social. Transforma al ciudadano empobrecido en un sujeto que no culpa a las corporaciones ni al imperialismo de su miseria, sino a su propia falta de fe o a un supuesto «castigo divino» por el declive moral de su nación, premisas que se articularon para que De La Espriella fuese electo.
Las pasadas elecciones presidenciales en Colombia dejaron un mapa electoral fracturado, pero en el departamento de Santander consolidaron una tendencia que venía cocinándose a fuego lento desde las elecciones locales de 2023. La contundente votación obtenida por Abelardo de la Espriella, quien barrió en la primera vuelta del pasado 31 de mayo en este departamento con 684.563 votos (57% de la votación), no fue una simple coincidencia ideológica. Detrás de ese fenómeno mediático del autodenominado «Tigre» operó una sofisticada y disciplinada red de articulación confesional e institucional cuya génesis local remite directamente al fenómeno del exalcalde de Bucaramanga destituido por corrupción, Jaime Andrés Beltrán.
«Cristianizar la política sin politizar el cristianismo»
Para entender cómo De la Espriella cuadruplicó los históricos de la derecha en zonas tradicionalmente esquivas y amarró la victoria regional, es necesario desarmar el engranaje de tres anillos de influencia religiosa y discursiva que pasaron de los cultos locales a la campaña presidencial.
El Ministerio Evangelístico Camino a la Libertad, fundado por el padre del exalcalde Jaime Andrés Beltrán, cuenta con una feligresía base de apenas 2.500 personas estables. Políticamente, este núcleo familiar aporta entre 5.000 y 7,000 votos disciplinados. Sin embargo, su verdadero valor estratégico nunca ha sido la cantidad de sus bancas, sino su capacidad de validación moral y metodológica.
Cuando Beltrán rompió los esquemas tradicionales al institucionalizar cultos en la Alcaldía de Bucaramanga y presentarse bajo la consigna de «cristianizar la política sin politizar el cristianismo», creó un precedente en Santander: la fe ya no era un asunto privado de los domingos; era una plataforma legítima de gobierno y orden. Abelardo de la Espriella, con un discurso impregnado de referencias a los «valores de la patria» y la apelación constante a «la ayuda de Dios» para frenar el avance del proyecto de izquierda encarnado por Iván Cepeda, encajó perfectamente en el molde estético e ideológico que la ciudadanía santandereana ya había digerido y aprobado previamente.https://www.instagram.com/reel/DKrZqIfgQQp/embed/captioned/?cr=1&v=14&wp=675&rd=https%3A%2F%2Fwww.diario-red.com&rp=%2Farticulo%2Fcolombia%2Fcolombia-voto-religioso-que-abrio-puerta-fascismo%2F20260629100000072122.html#%7B%22ci%22%3A0%2C%22os%22%3A3038.600000000093%2C%22ls%22%3A427.5%2C%22le%22%3A773%7D
El verdadero salto cuántico en las urnas se dio a través de la Asociación de Pastores de Bucaramanga y Santander y la red de megaiglesias aliadas que incluso logró extenderse por todo el país. El bloque confesional que en su momento rodeó a Beltrán —conectado con plataformas nacionales como Colombia Justa Libres y ministerios influyentes como Misión Paz o el Centro Cristiano de la frontera— activó una silenciosa pero feroz campaña de pedagogía electoral desde los púlpitos.
A diferencia del voto de opinión, que fluctúa según los debates o los escándalos de la semana, el voto confesional articulado responde a directrices de preservación identitaria. Fuentes cercanas a las uniones pastorales de la región confirman que la narrativa compartida en las semanas previas al 31 de mayo equiparaba la propuesta de De la Espriella con la «defensa de la familia y las libertades frente a la agenda progresista». Esta red sectorizada aportó un piso electoral inamovible de más de 35 mil sufragios hiper-movilizados en el área metropolitana de Bucaramanga, sirviendo como los dinamizadores y guardianes de votos en las mesas el día de la elección.
Seguridad y fe: el trasvase del uribismo
Sin embargo, los datos de la Registraduría demuestran que las iglesias solas no ponen presidentes. Los más de 684 mil votos de De la Espriella en Santander requirieron la misma fórmula que llevó a Beltrán al poder local: el trasvase del plano religioso al plano civil a través de la bandera de la seguridad, la articulación del discurso de fe con el discurso uribista.
«El votante santandereano encontró en De la Espriella la versión maximalista de lo que ya habían ensayado localmente: un liderazgo con determinación, tintes de ‘mano dura’ a lo Bukele y un fuerte respaldo discursivo en los valores tradicionales», señala un analista político de la Universidad Industrial de Santander (UIS). Esto extrapolado a toda Colombia, explica que contrario a lo que la derecha llamó “voto fusil” si existió el “voto pecado”.
La articulación de estas iglesias funcionó como el sistema circulatorio de la campaña derechista en el oriente del país: proveyó la estructura orgánica, la confianza comunitaria y la mística de una «causa superior».
Al final, la articulación de estas iglesias funcionó como el sistema circulatorio de la campaña derechista en el oriente del país: proveyó la estructura orgánica, la confianza comunitaria y la mística de una «causa superior». Esto permitió que el discurso secular de orden, autoridad y libre empresa del candidato calara hondo en las clases medias y altas de Bucaramanga, Floridablanca y Girón principalmente y en general en el 90% del departamento de Santander, laboratorio de fe.
Lo que comenzó como un culto de los primeros jueves del mes en una alcaldía local, terminó pavimentando el corredor electoral más sólido para la victoria del «Tigre» en su carrera hacia la Casa de Nariño.





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