Iñaki Egaña, historiador / GARA-NAIZ
La prisión provincial de Martutene sustituyó en 1948 a la cárcel de Ondarreta, que había acogido masivamente a presos y presas durante los primeros años del franquismo. De aquella cárcel del salitre, desde donde salieron centenares de republicanos para ser ejecutados en Hernani, Oiartzun y Bera, los internos fueron trasladados a un nuevo recinto construido en un barrio donostiarra que había dejado atrás el esplendor de la Belle Époque. Casi ocho décadas después, Martutene ha cerrado sus puertas. Sus últimos presos han sido trasladados a la nueva cárcel de Zubieta, oficialmente denominada Centro Penitenciario de Gipuzkoa o Norte III. Un relevo que trasciende lo puramente administrativo e invita a reflexionar sobre la memoria y, sobre todo, sobre el sistema penitenciario que se pretende construir en Euskal Herria en pleno siglo XXI.
Euskal Herriko Giza Eskubideen Behatokia ha solicitado que Martutene sea reconocida como lugar de memoria. Existen argumentos sobrados para ello. La memoria colectiva suele asociar la prisión a la fuga protagonizada en 1985 por Joseba Sarrionandia y Piti Pikabea. De sus muros logró escapar en 1950 el histórico dirigente comunista Celestino Uriarte, que esperaba una condena a muerte derivada de los acontecimientos revolucionarios de octubre de 1934. Décadas más tarde, en 1980, tres miembros de ETApm protagonizaron una sofisticada evasión que volvió a situar la prisión en el centro de la actualidad. En 1962, Vicente Lertxundi murió como consecuencia de la brutal paliza propinada por varios funcionarios. En 2020, en plenas restricciones por la covid-19, el preso político Igor González Sola aparecía muerto en su celda de Martutene. Asimismo, durante los sucesivos estados de excepción del último franquismo, centenares de presos políticos llenaron sus galerías.
Con el cierre de Martutene desaparece una parte de la geografía represiva del siglo XX, pero la inauguración de Zubieta no significa necesariamente la entrada en un nuevo paradigma. La presentación institucional del nuevo centro ha venido acompañada de un discurso que insiste en la modernidad de las instalaciones y en la transferencia de la gestión penitenciaria al Gobierno de Gasteiz. Sin embargo, la modernidad de Zubieta se concentra fundamentalmente en los sistemas de seguridad. El resto responde todavía a una concepción penitenciaria heredera del siglo pasado. Aunque se la considere una cárcel de tercera generación dentro de los estándares españoles, al igual que Zaballa o la nueva prisión de Iruñea, continúa siendo una cárcel del siglo XX. Y ya hemos entrado de lleno en el segundo cuarto del siglo XXI.
La primera gran diferencia respecto a las tendencias europeas reside en las propias celdas. La evolución más extendida en numerosos países apuesta por un principio sencillo: una persona, una habitación. La privacidad se considera un elemento esencial en cualquier proceso de reinserción social. Las celdas dobles, todavía presentes en Zubieta, dificultan el descanso, el estudio, la regulación emocional y la autonomía individual. En este aspecto, lejos de representar un avance, reproducen un modelo que en buena parte de Europa empieza a considerarse obsoleto.
Existe además una distancia evidente respecto a las políticas familiares implantadas en el entorno europeo. El Estado francés ofrece un ejemplo significativo. Muchas de sus prisiones disponen de Unidades de Vida Familiar, pequeños apartamentos donde las personas presas pueden convivir con sus familiares durante periodos de entre 6 y 72 horas. En esos espacios se puede cocinar, dormir, compartir la vida cotidiana con la pareja o disfrutar de una convivencia íntima con los hijos. No se trata de un privilegio, sino de una herramienta que fortalece los vínculos afectivos y reduce los efectos desestructuradores del encarcelamiento.
Zubieta dispone de locutorios clásicos (cristal y teléfono para las comunicaciones), al contrario que las prisiones francesas de cumplimiento, donde los encuentros se desarrollan en salas que permiten el contacto físico. La diferencia es sustancial y revela hasta qué punto el vínculo familiar continúa ocupando un lugar secundario en la concepción penitenciaria dominante. Tampoco se ha producido una transformación profunda en la organización de la vida cotidiana. Aunque la arquitectura resulte aparentemente más amable, la seguridad sigue siendo el principio rector. Persisten los horarios rígidos, los desplazamientos dirigidos y la multiplicación de puertas y controles. Y para los familiares, un desplazamiento privado, sin servicios públicos.
Desde esta perspectiva, Zubieta representa la culminación del sistema penitenciario español de finales del siglo XX, pero no necesariamente el inicio del penitenciarismo europeo del siglo XXI. Mucho menos un modelo propio, tal y como se ha querido presentar desde algunos ámbitos. Salvo que sigamos instalados en un eterno bucle de dependencia. La desaparición de Martutene debería haber servido para abrir una reflexión colectiva mucho más ambiciosa. No bastaba con sustituir un edificio antiguo por otro más moderno. La cuestión de fondo sigue siendo la misma: qué sentido tiene hoy la privación de libertad y qué papel deben desempeñar las prisiones en una sociedad que aspira a un plus de democracia.
Porque una sociedad también se define por la manera en que trata a quienes ha decidido encerrar. Entre la memoria de Martutene y el futuro de Zubieta se abría una oportunidad excepcional para repensar el sistema penitenciario una vez obtenidas las transferencias. Sin embargo, el resultado ha sido decepcionante. Es cierto que dos empresas vascas participaron en la UTE que construyó el recinto. Pero, más allá de ese detalle, el resto reproduce casi sin matices el penitenciarismo español que conocimos durante el siglo XX. Mucha tecnología, abundante propaganda y muy poca imaginación. Una oportunidad perdida para demostrar que disponer de las competencias no consistía únicamente en tramitar lo heredado, sino en atreverse a construir algo distinto. Porque gestionar una transferencia no era administrar el pasado, sino tener la capacidad de diseñar el futuro.




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