Iñaki Egaña, historiador donostiarra / NAIZ
La prensa franquista de la primera semana de junio de 1976, ahora medio siglo, se mecía en sucesos que, al releerlos, tengo la impresión de haber abierto las páginas de los diarios de 2026. Tanto en lo referido a los acontecimientos que sucedieron en Euskal Herria, como en el resto del planeta. Algunos de ellos me sitúan en los deberes que una sociedad que se dice democrática aún no ha completado, en especial el de la verdad. Otros, en cambio, relacionados con la actualidad.
Los diarios del primero de junio de 1976 condensaban en un flash esas noticias a las que me refiero y que parecen de ayer. En Kansas (Missouri) unos fanáticos blancos se bajaron de un automóvil cuando vieron a Gary Philips, un joven afroamericano, lo rociaron de gasolina y le prendieron fuego. Ardió vivo. Como tantos otros, 50 años después, en Gaza o Líbano, víctimas también de ideologías que establecen jerarquías entre vidas humanas.
En aquel escenario, más al norte, la prensa estadounidense criminalizaba a las mujeres que unos congresistas republicanos habían llevado al Capitolio de Washington para «amenizar» sus orgías (sic). Va a resultar que lo del caso Jeffrey Epstein tiene raíces profundas. En Italia, cincuenta «intelectuales» firmaban un manifiesto contra el Partido Comunista, el mismo día que en Sezze (Lacio), unos fascistas mataban al joven comunista Luigi di Rosa. Cerca nos llegan los ecos de Isabel Díaz Ayuso repartiendo carnés de comunismo a todo aquel que no encaja en su ideología ultra. La última, en el congreso del PP, cuando acusó a Pedro Sánchez de ser un comunista con chándal bolivariano.
En Kekirawa (Sri Lanka), un machista de manual intentó agredir a su mujer y como no lo logró, mató a sus tres hijos, en un acto que hoy denominaríamos crimen vicario. Y, por concluir esa ristra interminable, el hoy monarca emérito español regresaba de República Dominicana a Madrid donde había lanzado una perla que he vuelto a escuchar estos últimos años: «Santo Domingo, primer solar del ensayo civilizatorio de España en América». Volvía a Madrid, para presidir el “Desfile de la Victoria” y reivindicar «La victoria del España contra el comunismo» (sic). Todas estas noticias proceden de un único día: el 1 de junio de 1976. No se confundan. No son de ayer.
Y si aquellas páginas parecían escritas para describir el presente global, las noticias más cercanas tampoco resistían mejor el paso del tiempo. En esa misma jornada, las crónicas locales se abrían con dos sucesos destacados y una ausencia que únicamente tuvo visibilidad en informes internos de los cuerpos policiales y en el entonces Ministerio de Gobernación. La primera se refería a la aparición en Sara de un cuerpo cuya desaparición había sido denunciada 40 días antes: «Hallazgo del cadáver de Bidaola Achega, acribillado a balazos». Se trataba de Bernardo Bidaola, militante de ETApm que había participado en un tiroteo con la Guardia Civil en Etxalar. En 2018, se le realizó una segunda autopsia por parte del forense Pako Etxeberria en la que se observó que únicamente tenía una leve herida, un rasponazo, en un tobillo. El Gobierno vasco ha reconocido a Bidaola recientemente como víctima del Estado. Interior del Ejecutivo español mantiene aún la versión del suicidio.
Estos días, hemos asistido asimismo a diversos actos en recuerdo de Amparo Arangoa, vecina de Leitza, torturada en el cuartel de la Guardia Civil de Tolosa y que tuvo que ser ingresada en Iruñea. Javier Yaben realizó clandestinamente en el hospital una fotografía de Arangoa y las señales en su cuerpo de la tortura. Fueron portada en «Zeruko Argia» y «Cambio 16», lo que provocó su censura, y gracias a Amnesty International, que hizo suyo el caso, la imagen recorrió medio mundo. Ante el escándalo, la Guardia Civil tuvo que abrir una investigación interna (¡cómo me recuerda a otros temas recientes!). Sin embargo, en nota oficial, señalaba que «se ha dado cuenta a la autoridad judicial militar por si en dicha publicación («Cambio 16″) se incurre en delito de injurias o calumnias según lo previsto en el artículo 317 del código de justicia militar». Ese 317 se refería a «insultos a la autoridad armada».
La ausencia en los medios de entonces tenía que ver con la huelga de los 100 días de Michelín-Lasarte, recordada estas semanas pasadas al cumplirse los 50 años. Concluyó a finales de mayo de 1976. La dirección de la multinacional se negó sistemáticamente a negociar. Las autoridades respondieron con prohibiciones de asambleas, desalojos, controles policiales, detenciones y cargas de la Guardia Civil. Quien reconstruya aquel periodo únicamente a través de la prensa de entonces pasará por alto uno de los acontecimientos más trascendentes de las luchas obreras de Euskal Herria que nos han llevado hasta nuestros días.
Quizá la conexión entre todos estos hechos no esté únicamente en la coincidencia de las fechas. Lo que impresiona al releer aquellas páginas es comprobar hasta qué punto muchos de los conflictos de entonces siguen acompañándonos. El racismo que acabó con la vida de Gary Philips, el fascismo que mató a Luigi di Rosa, la violencia machista de Kekirawa, el anticomunismo utilizado como arma política o la ocultación de conflictos sociales forman parte de una misma historia que llega hasta nuestros días.
También en Euskal Herria. La muerte de Bernardo Bidaola, las torturas sufridas por Amparo Arangoa o el silencio impuesto sobre la huelga de Michelín muestran hasta qué punto la verdad dependía de quien tuviera el poder para contarla. En unos casos se construyeron versiones oficiales que aún hoy se desmoronan, sin una voluntad clara de desestimarlas. En otros, simplemente se intentó que los hechos desaparecieran de la memoria colectiva.
Por eso, estos aniversarios tienen algo más de ejercicio de memoria que de efeméride. Nos recuerdan que la democracia no consiste únicamente en celebrar el paso del tiempo, sino en esclarecer lo sucedido. Medio siglo después, muchas de aquellas preguntas siguen esperando respuesta. Y entre todas ellas sobresale una: quién escribe la historia, quién la transmite y quién queda fuera de ella.




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