Alberto Pinzón Sánchez, intelectual marxista colombiano / GARA-NAIZ

Conocí a Manuel Cepeda Castro en la década de los 70 del siglo pasado, cuando recién llegado de su exilio en Checoslovaquia y Cuba regresó a Colombia. Vino acompañado de su esposa Yira Castro Chadid, quien lo acompañaba siempre, a la Universidad Nacional Colombia, Facultad de Ciencias Humanas, invitado por la «Juco de la Nacho» a dictar una charla sobre la persecución de que era víctima por sus actividades como miembro dirigente de los organismos de dirección del Partido Comunista Colombiano; su encarcelamiento en la Cárcel Modelo de la capital por razones políticas en 1964, año de los bombardeos con napalm que el gobierno de Guillermo León Valencia ordenó contra la Aldea Perdida de Marquetalia convertida en República Independiente, y la ola de solidaridad tanto nacional como internacional que la dirección del Partido Comunista desarrolló con gran dedicación. También aprovechó esa charla para explicarnos por qué debió exiliarse en Checoslovaquia en 1965, la Invasión a Praga por los tanques soviéticos en 1968, que hizo muy difícil su estadía en ese país, y el refugio que debió buscar con su pequeña familia en Cuba durante más de dos años. 

Obviamente, los estudiantes que lo escuchábamos conocíamos su radicalidad en la defensa del Leninismo y su aplicabilidad a la realidad colombiana conservando la democracia, pero haciendo las reformas estructurales o si se quiere revolucionarias que la formación social colombiana de ese entonces exigía. Sabíamos de su pasión y gran sentido ético y unitario, así como de su disciplina y responsabilidad como militante, defendiendo vehementemente y solidarizándose con las clases explotadas y sometidas de la realidad colombiana, y la necesidad perentoria de su unidad: el proletariado, el campesinado despojado de tierra por la expansión capitalista violenta y armada de ese entonces en el campo colombiano y la unión con las demás clases y capas medias que vivían pobremente de su trabajo; lo que él plasmaba con una prosa unitaria contundente, casi poética y certera en su columna titulada «El Blanco en la Flecha», que escribía semanalmente en el periódico oficial del partido Voz Proletaria, del cual llegó a ser más tarde su director. 

Columna periodística de la que fui un seguidor asiduo y persistente durante mucho tiempo, que me sirvió para orientarme y seguir de cerca su carrera política ascendente hasta su conversión en senador de la república (entre 1991 hasta su fusilamiento en agosto de 1994) es decir, durante el gobierno de Cesar Gaviria y su ministro de Defensa Rafael Pardo Rueda. Tribuna parlamentaria legal donde denunció con datos verificables y testimonios contundentes el exterminio y plan genocida clandestino «Golpe de Gracia» del Estado colombiano contra el partido legal de la Unión Patriótica, que también lo llevó al silencio sepulcral (para siempre) en una tumba del Cementerio Central de Bogotá. 

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