Red Planeta

Hay un antifascismo tan obsesionado con encontrar fascistas por todas partes que ha dejado de reconocer el poder que realmente gobierna nuestras vidas: el capitalismo y su forma más totalizante que es la sociedad del consumo.

Precisamente por eso, Pier Paolo Pasolini sigue siendo un pensador profundamente incómodo para buena parte de la izquierda y del antifascismo contemporáneos. Hace más de medio siglo, Pasolini comprendió algo que muchos todavía se resisten a aceptar: la sociedad de consumo capitalista estaba consiguiendo una homogeneización social y cultural que ni siquiera el fascismo había logrado imponer.

El fascismo histórico había intentado uniformar a la sociedad mediante la autoridad, la propaganda y la represión, pero no consiguió destruir las culturas populares, obreras y campesinas. En cambio, el capitalismo ha penetrado hasta lo más profundo de la vida cotidiana, transformando los deseos, las aspiraciones, las costumbres y las formas de pensar. A través del consumo, la publicidad y los medios de comunicación, ha conseguido que millones de personas asuman voluntariamente unos mismos modelos de vida, identificando la felicidad con el consumo y la libertad con la capacidad de escoger entre diferentes marcas.

Pasolini ya nos advirtió que la sociedad de consumo constituye una forma de poder totalizante, capaz de imponer una uniformidad cultural mucho más profunda que la alcanzada por el fascismo histórico y lo verdaderamente inquietante de su análisis es que semejante transformación puede producirse bajo instituciones supuestamente democráticas, sin camisas negras, sin saludos fascistas y sin necesidad de recuperar la estética del fascismo. Por eso denunció también la existencia de un antifascismo cómodo, anclado en la confrontación con las imágenes del pasado e incapaz de reconocer las nuevas formas de dominación del presente.

Su crítica resulta especialmente incómoda hoy, cuando determinados sectores de la izquierda parecen necesitar encontrar permanentemente nuevas manifestaciones del fascismo en la derecha para justificar su actividad política, mientras aceptan con sorprendente naturalidad las relaciones sociales, los valores y las formas de vida que impone el capitalismo neoliberal. Y es que se puede denunciar el fascismo todos los días, proclamarse antifascista y permanecer perfectamente integrado en el orden capitalista. Se puede combatir sus símbolos mientras se acepta la mercantilización de la cultura, la uniformización del pensamiento y la conversión de la propia rebeldía en otro producto de consumo.

Esto no significa que el fascismo haya desaparecido ni que combatir a las organizaciones fascistas carezca de importancia, al contrario, es vital. Pero, lo que realmente significa es que el antifascismo deja de ser tal cuando se cae en el todofascismo y se deja de combatir las relaciones capitalistas que organizan la sociedad. Han pasado 51 años desde el asesinato de Pier Paolo Pasolini y leerle sigue siendo incómodo porque también cuestiona a quienes creen estar del lado correcto de la historia.

Fuiste grande, Pasolini.

“Lo que significa, en definitiva, que esta civilización del consumo es una civilización dictatorial. Si la palabra fascismo significa prepotencia del poder, la sociedad de consumo ha realizado cabalmente el fascismo. Se puede decir, por lo tanto, que la tolerancia de la ideología hedonista implantada por el nuevo poder es la peor de las represiones de la historia humana.”

-P. Pasolini (1975): Escritos corsarios

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