Sus ideales, su visión del mundo y su inquietud por transformar la sociedad les empujó a sus muertes, y los responsables de sus asesinatos los quisieron silenciar y condenar al olvido; pero sus familiares, sus compañeros y sus conciudadanos fueron capaces de hacer frente a las élites políticas y recuperar la memoria lo ocurrido, y siguen en esa tarea.

Alaitz Iturzaeta / GEDAR Langile kazeta

Lejos de ser una cuestión espontánea, el golpe de Estado de 1936 y la posterior limpieza política que trajo consigo fue consecuencia de la polarización social vivida en la Segunda República española (1931-1936). A pesar de que la coalición de partidos de izquierda, el Frente Popular, ganara elecciones de febrero de 1936, la pugna por consolidar el nuevo Gobierno estuvo muy disputada; así, la izquierda ganó con el 48% de votos, frente al 46,5% de la derecha (CEDA) y al 5,4% del centro. Los partidos de derechas formaron una coalición, pero no fueron capaces de acordar un programa electoral común. Por lo tanto, la CEDA fue la segunda fuerza, detrás de los socialistas. La gran mayoría de votos en Catalunya fueron para ERC (republicanos nacionalistas de izquierda) y, en Euskal Herria, el PNV y los carlistas ganaron las elecciones: los primeros, en la comunidad autónoma, y los segundos, en Nafarroa. Manuel Azaña fue designado presidente del Gobierno, quien puso en vigor el Decreto de Amnistía y comenzó a recuperar la reforma política iniciada por el Gobierno del bienio progresista. El sector de derechas se posicionó en contra del nuevo Gobierno y de sus reformas, e instigó campañas contra la República. Así, a partir de la primavera de 1936, empezaron a organizarse conspiraciones militares contra la República y, en julio, asesinaron a un teniente afín a ella. Los republicanos, por su parte, mataron al parlamentario Calvo Sotelo como represalia. Este suceso, junto con los factores previamente mencionados, llevaron a los militares golpistas a poner en marcha el golpe de Estado que llevaban meses planeando. Así, el 18 de julio de 1936, los militares guiados por el general Emilio Mola perpetraron la guerra más cruel y más dura nunca vivida en el Estado español.

La coalición militar de ideología conservadora, monárquica y fascista que dio el golpe de Estado quería acabar con la Segunda República española, creando un Estado autoritario y suprimiendo el movimiento obrero organizado. Así, la Guerra Civil y el consiguiente régimen franquista tuvieron como objetivo la purga o exterminio político a nivel estatal

Como se ha mencionado, dicha coalición militar de ideología conservadora, monárquica y fascista quería acabar con la Segunda República española, creando un Estado autoritario y suprimiendo el movimiento obrero organizado. Así, la Guerra Civil y el consiguiente régimen franquista tuvieron como objetivo la purga o exterminio político a nivel estatal. El movimiento obrero estaba organizado y en buena forma; los trabajadores y las trabajadoras se organizaban sobre todo en torno a la CNT (anarquistas) y la UGT (socialistas, vinculados al PSOE) y dichos sindicatos dirigieron varias huelgas, y promovieron y consiguieron reformas laborales, lo que originó miedo entre la derecha conservadora y la patronal. Precisamente dicha polarización política y aquellos conflictos sociales fueron algunos de los principales factores que causaron el golpe de Estado de 1936 y la posterior guerra. El general Francisco Franco fue el líder político-militar del alzamiento, tomando relevo del que en un principio sería cabeza de la sublevación, el general José Sanjurgo, muerto el 20 de julio de 1936. Otros de los protagonistas del alzamiento fueron el general Emilio Mola, conocido como el “director”, principal organizador y cerebro de la conspiración desde Iruñea; el general Gonzalo Queipo de Llano, el cual dirigió el golpe de Estado en Sevilla y la represión en el oeste de Andalucía; y el general Miguel Caballanes, presidente de la primera Junta de Gobierno tras la sublevación en Zaragoza. No se puede dejar sin mencionar que tanto el partido fascista Falange Española como los requetés carlistas dieron su apoyo paramilitar al golpe de Estado, que el adinerado empresario y hombre de finanzas español Juan March costeó gran parte del golpe, inclusive el alquiler del avión Dragon Rapide; y, por último, el apoyo exterior por parte de la Alemania nazi de Hitler y la Italia fascista de Mussolini, las cuales enviaron tropas y aviones.

En palabras de Rafael Cruz (2007), profesor de Movimientos Sociales e Historia en la Universidad Complutense de Madrid, la limpieza o el exterminio político consiste en la homogeneización política de la población de un lugar y tiene como objeto la destrucción del enemigo político mediante el uso de la fuerza, la represión y la intimidación. Este fue el objetivo de la Guerra Civil, reprimir y, en última instancia, hacer desaparecer a cualquiera que pudiera ser de izquierdas, socialista, anarquista o comunista. Volviendo a la realidad de Hego Euskal Herria, el franquismo se estableció duramente en el territorio mientras duró la dictadura de Francisco Franco (1936-1975). El Régimen aplicó una fuerte represión contra la identidad, el idioma y el autogobierno vasco, aunque con diferencias según el territorio. Gipuzkoa y Bizkaia fueron declaradas “provincias traidoras” y, en cambio, Nafarroa y Araba se posicionaron a favor del bando sublevado, a pesar de lo cual también sufrieron la represión. A pesar de que Nafarroa no tuvo línea de resistencia, fue castigada con una tremenda violencia y represión; así, según los registros del Fondo Documental de Memoria Histórica de Navarra, más de 3500 personas fueron asesinadas por el franquismo en Nafarroa entre 1936 y 1948. Así, Nafarroa fue el territorio del Estado español que sufrió el exterminio político con mayor crueldad; concretamente, entre el 8,17% y el 9,38% de personas que votaron al Frente Popular en las elecciones de 1936 fueron asesinadas, según diferentes fuentes. La mayoría de personas asesinadas eran de Erribera, por lo menos 859 personas de Erribera occidental fueron asesinadas (el 30,1% de Nafarroa); 363 personas de Erribera media (12,7%) y 456 personas de la Erribera de Tutera (15,9%). Así pues, el 59% de personas asesinadas eran del sur de Nafarroa. La razón de producirse la mayoría de asesinatos en Erribera fue que la izquierda tuvo más presencia y fuerza en aquel territorio, ya que, en las elecciones de 1936, el Frente Popular obtuvo el 37,8% de los votos allí. Un claro ejemplo de esa sed de sangre es Sartaguda, también conocido como “el pueblo de las viudas”, con una tasa de asesinatos en la Guerra Civil de 67,6 por cada mil habitantes.

El exterminio político consiste en la homogeneización política de la población de un lugar y tiene como objeto la destrucción del enemigo político mediante el uso de la fuerza, la represión y la intimidación

Sartaguda era un ducado y casi todo el municipio pertenecía al duque del Infantado. El administrador del duque permitía a las gentes del pueblo labrar la tierra a cambio de una renta, y la tierra se repartía arbitrariamente, es decir, no había ningún parámetro de igualdad. En Sartaguda se asesinó al 40% de los hombres que votaron al Frente Popular, es decir, al 41% de varones entre 25 y 29 años y el 49% de hombres entre 30 y 34. En dicho ducado de unos 1200 habitantes, 84 personas fueron asesinadas. A partir del 20 de julio, durante al menos un mes, los vecinos vivieron intervenciones de los nacionales, registros, incautaciones de documentos y bibliotecas, batidas, etc. Muchos hombres fueron interceptados y trasladados a la prisión provincial de Iruñea, otros fueron enviados como voluntarios al frente, etc. Las mujeres de Sartaguda, muchas de las cuales quedaron viudas después, sufrieron torturas y miseria; por ejemplo, a muchas les raparon la cabeza y les hicieron beber aceite de ricino, y, por si fuera poco, como sus maridos estaban detenidos, todo el cuidado y el sustento económico de la familia quedó sobre ellas. Además, a las personas a favor de la República les obligaron a llevar brazaletes, y los pueblos se convirtieron en campos de concentración a cielo abierto. No se puede dejar sin mencionar que de los 78 varones de Sartaguda alistados forzosamente en el Tercio de Requetes Sanjurjo, 46 fueron asesinados en San Gregorio (Zaragoza); es decir, el 59% de los alistados.

El “Tercio de Sanjurjo” fue la unidad militar fundada por Pedro Peñaredonda Samaniego, oficial retirado desde 1931, en los primeros meses de la Guerra Civil en Zaragoza. Estaba formado por republicanos o gente de izquierdas que fueron alistados a la fuerza, principalmente navarros, y se utilizó como proceso para hacer desaparecer a quienes apoyaban al partido de izquierdas. Es sabido que cuando el Tercio de Sanjurjo se encontraba en el frente de Huesca, luchando contra los republicanos, miembros de al menos una compañía trataron de alzarse contra sus superiores y unirse a los republicanos. Esta conspiración se conoció como “el complot de las alpargatas”, ya que se decía que los alistados llevaban las indicaciones del plan escondidas en sus zapatos. Aun así, uno de los dirigentes de la unidad fue informado por un chivato, y, por lo tanto, la unidad formada por 800 hombres fue llevada a la retaguardia. Al final, se los llevaron al cuartel de San Gregorio y la mayoría fueron fusilados.

Según los registros del Fondo Documental de Memoria Histórica de Navarra, más de 3500 personas fueron asesinadas por el franquismo en Nafarroa entre 1936 y 1948

Los responsables de la violencia política de la Guerra Civil fueron los militares, así como los responsables del bando franquista, junto con sus aliados, los requetés y los falangistas; estos últimos promovieron y alimentaron dicha violencia. Los militares, bajo la dirección del general Mola, dieron a conocer su bando en Nafarroa el 19 de julio por la mañana, teniendo como objetivo la restauración del principio de autoridad y la eliminación de todo elemento de izquierdas. Buscaban la destrucción de los partidos del Frente Popular, de los sindicatos de trabajadores y de los cuadros políticos de izquierdas, así como la desaparición de partidos democráticos más moderados y de fuerzas políticas que protegieron y apoyaron a la República. Dos agentes importantes a tener en cuenta en dicha sublevación fueron la Junta Central Carlista de Guerra de Navarra y la Escuadra del Águila. Respecto al primero, se trata del principal órgano político y militar que surgió de la iniciativa del coronel Beorlegui (jefe de Orden Público, nombrado por Mola) la noche del 19 de julio de 1936, y fue utilizado por los carlistas durante la Guerra Civil para facilitar la movilización del Partido Tradicionalista, organizando concentraciones de requetés, repartiendo contingentes en compañías (tercios), y preparando el transporte y los equipos sanitarios. Los líderes más significativos de esta junta eran su presidente, Joaquín Baleztena Azcárate, y el vicepresidente y verdadera fuerza política de la comisión, José Martínez Berasáin, director del Banco de Bilbao en Nafarroa. Respecto al segundo, la Escuadra del Águila era un grupo organizado de unos 18 matones que cometían asesinatos siguiendo las órdenes de la Falange, y repartían terror y represión entre la ciudadanía, realizando detenciones ilegales y fusilamientos sin autorizar. Galo Egüés Cenoz, falangista y pistolero navarro, fue el líder de la Escuadra del Águila, y Gregorio Apesteguia, el criminal conocido como “el lechero de la Rochapea”, fue su fiel ayudante. Entraban a altas horas de la madrugada en casa de personas de izquierdas y sindicalistas, y así, expandían el terror y la preocupación entre los habitantes desprotegidos. Señalaban a estos últimos como enemigos, robándoles su humanidad. Así, la brutalidad y la represión que llevaron a cabo los sublevados buscaba la fidelidad y la cohesión hacia los vencedores.

Cárceles, sacas y fusilamientos

Cárceles

En la época de la Guerra Civil, hubo en Nafarroa varias prisiones que funcionaron, sobre todo, entre el verano y el otoño de 1936, es decir, durante el punto más álgido de la represión y la limpieza política. Las cárceles se convirtieron en espacios de castigo, tortura y deshumanización, y una vez encarcelados, salir de allí con vida y libre se convertía en algo casi imposible. Las cárceles navarras eran las siguientes: la prisión provincial, el fuerte de San Cristóbal, la cárcel de Escolapios, la cárcel de Salesianos de la Falange, las prisiones de los distritos judiciales, las cárceles municipales y la plaza de toros de Iruñea, que se usó en momentos puntuales. Así, los sublevados tenían listas de los elementos a neutralizar, basándose en documentación incautada en los registros a sedes de partidos y sindicatos de izquierda y listas de detenidos en incidentes conflictivos anteriores. Por lo tanto, los impulsores de la Guerra Civil, además de detener o fusilar a cuadros políticos, también neutralizaron a cualquier persona que tuviera una supuesta conexión o acercamiento con algún partido o ideología de izquierdas, condenándolas a esos centros de detención y/o provocándoles la muerte.

El “Tercio de Sanjurjo” estaba formado por republicanos o gente de izquierdas que fueron alistados a la fuerza, principalmente navarros, y se utilizó como proceso para hacer desaparecer a quienes apoyaban al partido de izquierdas

En julio, en los 13 siguientes días al alzamiento, 750 personas fueron encarceladas en la prisión provincial de Iruñea, y en el mes de agosto, 336. En total, en mes y medio, en Nafarroa se privó de libertad por lo menos a 1086 personas. Entre las prisiones, es reseñable el fuerte de San Cristóbal, en el monte Ezkaba (al lado de Iruñea), ya que en aquella cárcel se fraguó la mayor fuga de presos nunca vista en Europa. Al principio, a pesar de que San Cristóbal se construyó para defender Iruñea, con la aparición de la aviación de guerra el fuerte quedó obsoleto, y, por lo tanto, tras la revolución de 1934, el Estado utilizó el fuerte de San Cristóbal como cárcel hasta la amnistía de 1936. Con el golpe militar de julio de 1936, se volvió a utilizar como prisión, y se llenó de miles de presos provenientes de todo el Estado español. Las condiciones de vida de aquella cárcel eran duras: el hambre, la humedad, las enfermedades y la violencia eran el pan de cada día. El 22 de mayo de 1938, los presos políticos del fuerte de San Cristóbal (la mayoría sindicalistas, y todos republicanos) llevaron a cabo una fuga masiva: 795 presos huyeron de la cárcel, aunque solo tres llegaron a Francia. En aquella huida, fusilaron en torno a 220 presos que huían en los pueblos aledaños y volvieron a encarcelar al resto. Fue una huida organizada por algunos presos políticos desde dentro de la prisión, pero debido a la desnutrición, su mal estado físico, la desorientación y el escaso conocimiento del entorno, entre otros aspectos, la fuga no tuvo éxito. Para acabar, los militares fusilaron a 14 presos acusados de organizar la fuga.

En el mes y medio después del alzamiento, en Nafarroa se privó de libertad por lo menos a 1086 personas

Por otro lado, las enfermedades, sobre todo la tuberculosis, eran una causa muerte cotidiana para los presos en aquella prisión, y en los primeros años, cerca de doscientos presos muertos fueron enterrados en los cementerios de la cendea de Antsoain. Debido a la saturación de la zona, los dirigentes militares diseñaron un nuevo lugar de sepulcro cerca del fuerte, al norte del mote Ezkaba, conocido como “el cementerio de las botellas”. Fue empleado entre los años 1942 y 1945, y enterraron allí a unos 131 presos, la mayoría muertos a causa de la tuberculosis. Los cuerpos de los muertos se enterraban con una botella entre las piernas o a un lado, y dentro de ella se introducía un documento con la filiación. Después del cierre de dicho cementerio, la primera campaña de exhumación fue realizada por Aranzadi Zientzia Elkartea en 2007, y desde entonces se han exhumado docenas de cuerpos, a petición de sus familiares.

Habilitaron un cementerio al norte del mote Ezkaba, conocido como “el cementerio de las botellas”. Fue empleado entre los años 1942 y 1945, y enterraron allí a unos 131 presos, la mayoría muertos a causa de la tuberculosis

Para finalizar con el apartado sobre las cárceles, es remarcable la red solidaria organizada por docenas de mujeres que ayudaron a los presos del fuerte de San Cristóbal e hicieron todo lo posible por hacer más llevadera su estancia en la prisión; fueron mujeres que arriesgaron su vida por ideología, solidaridad y/o porque compartían un vínculo familiar con los presos.

Sacas y fusilamientos

Las sacas eran el nombre que se les daba a los fusilamientos ilegales. Sacaban a los presos de las cárceles, en grupo y clandestinamente, normalmente durante la madrugada, y, sin ningún tipo de permiso legal, les fusilaban y hacían desaparecer los cuerpos en algún lugar apartado. Dichas sacas fueron llevadas a cabo por carlistas, falangistas y agentes de la Guardia Civil, con el conocimiento y la protección de militares golpistas y autoridades civiles. Los falangistas y los requetés se encargaban del trabajo sucio y la Guardia Civil trasladaba a los presos y ayudaba a constituir los piquetes de ejecución. En las ejecuciones estaban presentes también los curas, y su tarea era asistir espiritualmente a aquellas personas que serían fusiladas.

Las alternativas ofrecidas para librarse de ser fusilados eran realizar grandes aportaciones económicas, ser una persona influyente, y/o aceptar los favores sexuales que a veces los sublevados exigían a miembros de la familia

Hay por lo menos 114 sacas o fusilamientos ilegales contabilizados en 1936 en diferentes municipios de la provincia. Observando dónde se hacían dichas sacas, caben destacar tres lugares significativos en Urbasa: la sima de El Raso, la sima de Otsoportillo y el Balcón de Ubaba o Balcón de Pilatos. Respecto a la primera ubicación, en 2013, la Aranzadi Zientzia Elkartea recuperó 10 cuerpos de hombres fusilados, la mayoría de entre 20 y 40 años y un par de más de 50, que fueron asesinados con un tiro en la cabeza y lanzados a las peñas. La segunda ubicación también funcionó como fosa común, y se lanzaron a ella numerosas víctimas de la represión. Por último, el Balcón de Pilatos era un barranco lleno de piedras que no se utilizó solo para fusilamientos, sino que también se arrojaban desde allí los cuerpos de las víctimas para hacerlas desaparecer. Estos lugares se convirtieron en infierno y último recuerdo de muchos ciudadanos. Las alternativas ofrecidas para librarse de ser fusilados eran realizar grandes aportaciones económicas, ser una persona influyente, y/o aceptar los favores sexuales que a veces los sublevados exigían a miembros de la familia. Respecto a eso último, en líder local de los requetés, Valentín Chivite, fue acusado y encarcelado en la cárcel de Tutera en 1936 por pedir favores sexuales.

Memoria histórica

Después de la muerte del dictador, se crearon dos comunidades diferentes de fallecidos: los del bando ganador, públicamente recordados y ensalzados a través de monumentos, rituales funerarios y mediante homenajes a los caídos; y por otra parte, las personas silenciadas, las víctimas a las que se les robó la humanidad y se les negó el recuerdo

Después de la muerte del dictador, los sublevados y sus aliados pronto iniciaron una campaña de silencio y olvido, con el objetivo de acallar a quienes se levantaron contra el golpe de Estado y de olvidar todos los asesinatos que provocó la Guerra Civil. Así, en el libro Sin Piedad: Limpieza política en Navarra, 1936 (2015), Fernando Mikelarena menciona que se crearon dos comunidades diferentes de fallecidos: los del bando ganador, públicamente recordados y ensalzados a través de monumentos, rituales funerarios y mediante homenajes a los caídos; y por otra parte, las personas silenciadas, las víctimas a las que se les robó la humanidad y se les negó el recuerdo. Muchas de las personas fusiladas por los franquistas no fueron inscritas en los registros funerarios, y esto explica el hecho de que haya muchos expedientes de fallecimiento tardío. Sin embargo, a pesar de que las víctimas del franquismo fueron calladas y condenadas al olvido, su familia, sus amistades, sus compañeros y sus vecinos se encargaron y siguen encargándose de que sean recordados. Así, muchas familias han encontrado y recabado información sobre represaliados, exhumado e identificado sus cuerpos, y los han enterrado en sus pueblos, y hoy en día siguen haciéndolo, junto con asociaciones y profesionales que son expertos en ello. José María Jimeno Jurio fue un historiador y etnógrafo navarro, precursor de lo que más tarde se conocería como “memoria histórica”. Estuvo en todas partes recopilando datos e información, realizando entrevistas, escribiendo artículos y estudios, y ayudando de otras muchas maneras, para que fuera posible recuperar la memoria de las víctimas asesinadas por el franquismo, sobre todo en Nafarroa y en La Rioja. Cabe mencionar también a Fernando Mikelarena, historiador y escritor navarro, que realizó un primer intento de documentar las víctimas navarras y registrarlo todo por escrito. Por otro lado, otras dos asociaciones que han trabajado mucho la memoria a nivel de Nafarroa son la Asociación de Familiares de Fusilados de Navarra-1936 y la Asociación Pueblo de las Viudas. Así, en la actualidad existen en Nafarroa varios puntos de memoria, como el fuerte de San Cristóbal, Sartaguda, etc.

Gracias a la iniciativa de familias y ciudadanos, Nafarroa fue precursora en la exhumación de fusilados, y, en marzo de 1978, se inauguró en Marcilla (Nafarroa) el primer panteón en su honor

Gracias a la iniciativa de familias y ciudadanos, Nafarroa fue precursora en la exhumación de fusilados, y, en marzo de 1978, se inauguró en Marcilla (Nafarroa) el primer panteón en su honor. Por primera vez, se trasladaron cuerpos de republicanos asesinados: fueron exhumados de las fosas comunes y llevados a sus pueblos de origen. A pesar de que el posfranquismo no pareciera la mejor época para reclamar la memoria de los vencidos, sus familiares superaron trabas administrativas e incluso amenazas, y empezaron el proceso de enterrar a sus familiares en el cementerio municipal. Otras familias lo intentaron, pero nunca lo consiguieron, porque nadie les proporcionó ningún tipo de información sobre la ubicación de la fosa o los cuerpos habían sido llevados al Valle de los Caídos, o, en otros, simplemente porque habían hecho desaparecer los cuerpos. Fuera como fuese, el 27 de marzo de 1978, se designó una comisión para comenzar la búsqueda de cuerpos en Nafarroa. En este proceso participaron varios curas, alcaldes y concejales, y fue impulsado por algunos miembros del PNV que en aquel momento todavía estaban en la clandestinidad. En 1971 varios curas de Nafarroa exigieron a la Iglesia de España que pidiera perdón por su papel en la Guerra Civil, pero la Iglesia se negó y, por lo tanto, muchos curas de Nafarroa denunciaron de diversas maneras la actitud de la Iglesia y pidieron perdón a las familias en sus sermones. Por último, es de destacar que, en este proceso de recuperación de cuerpos, Marcilla y Sartaguda fueron los pueblos más relevantes, como se ha mencionado previamente, el primero porque fue pionero en exhumar a los fusilados por el franquismo y enterrarlos en los cementerios de sus pueblos; y el segundo, porque fue el pueblo más duramente golpeado por el franquismo, con el mayor porcentaje de fusilados. En la actualidad, el Parque de la Memoria se ubica, precisamente, en Sartaguda.

Hoy en día, se han identificado muchas fosas en Nafarroa, e incluso se ha intervenido en algunas de ellas. Las víctimas halladas en dichas fosas, en general, eran hombres de origen humilde, que luchaban por una sociedad más justa y se posicionaban bajo el paraguas de la República. Muchos de ellos estaban afiliados a sindicatos de trabajadores, como, por ejemplo, a la UGT y la CNT, y votaron al Frente Popular. Sus ideales, su visión del mundo y su inquietud por transformar la sociedad les empujó a sus muertes, y los responsables de sus asesinatos los quisieron silenciar y condenar al olvido; pero sus familiares, sus compañeros y sus conciudadanos fueron capaces de hacer frente a las élites políticas y recuperar la memoria lo ocurrido, y siguen en esa tarea. Es decir, lograron traer a la memoria toda aquella limpieza política ejecutada durante la Guerra Civil y la época franquista. Todavía queda mucho por hacer, muchas fosas por exhumar y muchos cuerpos a los que identificar por su nombre.

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