Jonathan Martinez / NAIZ

Hay una fotografía de Vittorio La Verde que me persigue, me acompaña cuando no puedo dormir y me traslada a un tiempo sepia que no tuve ocasión de conocer porque aún no había nacido. Es el 5 de septiembre de 1975 en la Piazza di Spagna de Roma. En primer plano, delante de un micrófono, veo a Pier Paolo Pasolini con sus gafas oscuras, sus mejillas enjutas, el pelo peinado hacia atrás y un polo de manga corta conforme a la moda de la época. A su espalda se levanta una pancarta de grandes dimensiones con mayúsculas en italiano: «Salvemos la vida de los patriotas vascos». 

Es una vigilia contra el régimen franquista y el consejo de guerra que ha decidido en Burgos la muerte de Jose Antonio Garmendia y Angel Otaegi. «L’Unità», el diario fundado por Antonio Gramsci, corrobora la adhesión de sindicatos, políticos, grupos católicos, artistas e intelectuales unidos «a favor de los antifascistas vascos». Los manifestantes se amontonan junto a la embajada de España ante la Santa Sede. Aún no saben que Franco va a conmutar la condena contra Garmendia pero va a fusilar a Txiki y Otaegi. Pasolini tampoco sabe, no puede saberlo, que él mismo está cerca de morir asesinado. 

Hay otra fotografía que me obsesiona. En Roma, en el Cementerio Acatólico de Testaccio, Paolo Di Paolo retrató a Pasolini frente a la tumba de Gramsci. Es 1960, tal vez 1961, y hace ya más de dos décadas que descansan allí sus cenizas. Murió en 1937 en la clínica Quisisana de Roma después de un lacerante periplo carcelario. Mussolini mandó vigilar su muerte y su sepelio a fin de prevenir cualquier pretexto subversivo. Fue un entierro solitario bajo la tormenta y el cerco sofocante de la policía. En «Las cenizas de Gramsci», publicado en 1957, Pasolini dialoga en verso ante la urna funeraria: «Contigo en el corazón, en la luz, contra ti en las oscuras entrañas». 

He encontrado la portada de «L’Humanité» que anunció la muerte de Gramsci «después de once años de sufrimientos en las cárceles mussolinianas». En la fotografía, el joven dirigente del Partito Comunista d’Italia nos mira detrás de sus gafas ovaladas. Pero hay otro titular aún más grueso a la izquierda de la noticia: «Mil bombas incendiarias lanzadas por los aviones de Hitler y Mussolini reducen a cenizas la ciudad de Gernika». Solo ahora caigo en la cuenta de la coincidencia. El día que arrasaron Gernika, el jefe de la policía de Roma remitió un telegrama al Ministerio de Interior con un parte fugaz sobre la salud de Gramsci: «Se prevé su fallecimiento». Murió aquella misma madrugada. 

Existe otra fotografía que quisiera mencionar: Jesucristo lleva gafas de sol y está sentado leyendo «Cartas desde la cárcel» de Gramsci. En realidad, se trata de Enrique Irazoqui, el actor catalán que protagonizó «El evangelio según San Mateo» de Pasolini. Veo una vez más la película y me doy cuenta de que no suena la música sinfónica de los péplums hollywoodienses, sino un blues espectral de Blind Willie Johnson. Jesucristo no habla inglés, sino un italiano solemne y sentencioso que contrasta con los brillos dialectales de los personajes secundarios, llenos de matices calabreses, sicilianos y abruceses. 

Los personajes de Pasolini prefieren los dialectos a la lengua normativa de la academia y las clases dominantes. Son voces periféricas que de pronto conquistan el centro de la pantalla y proclaman su colorido y su insumisión ante una sociedad de consumo cada vez más parecida a sí misma. Las culturas marginadas, excluidas, disidentes, no solo demuestran su valor creativo, sino que además escapan a la dictadura de lo igual. ¿Por qué Pasolini eligió el napolitano para su película «El Decamerón»? Lo explicó en 1970 durante una entrevista en «L’Espresso»: para arremeter contra la Italia neocapitalista y televisiva. 

El 21 de octubre de 1975, poco antes de que lo mataran, Pasolini ofreció una conferencia en Lecce ante un público de profesores y estudiantes. La transcripción de sus palabras vio la luz en una edición póstuma bajo el título de «Vulgar lengua» y la grabación original circula ya libremente por Youtube. La defensa de los dialectos, dice Pasolini, puede sostenerse desde una legítima posición conservadora. Sin embargo, «debe convertirse en algo profundamente revolucionario, como la defensa de la propia lengua por el País Vasco […], debe llegar al límite del separatismo, que sería una lucha extremadamente sana, porque esta lucha por el separatismo no es otra cosa que la defensa del pluralismo cultural». 

El día en que Pasolini habló a la multitud en la Piazza di Spagna, Fernando Arrabal leyó una carta dirigida a Francisco Franco en la que pedía suspender la sentencia contra Garmendia y Otaegi. Aquel mismo año, el dramaturgo español había rodado «El árbol de Guernica». En la película, las bombas caen sobre el mercado en un barullo incongruente de txistus, zambombas, bailes de San Fermín, hoces y martillos. La atmósfera es mediterránea. Muchos años después, Arrabal contó que había recorrido Italia en busca de un lugar que se pareciera a Gernika. Una tarde, en la Piazza del Popolo de Roma, Pasolini le recomendó Matera, una pequeña ciudad del sur donde había rodado «El evangelio según San Mateo» porque le recordaba a la antigua Jerusalén. Para Pasolini, Gernika era de alguna forma Palestina. 

Una última fotografía me interpela. Pasolini, vestido de traje y corbata, mira el áspero paisaje de Matera mientras Enrique Irazoqui, o tal vez debería decir Jesucristo, se toma un respiro quizá antes de rodar su propia muerte. Me pregunto qué se siente al saber que vas a morir, no en la ficción, sino en la vida real, no en un futuro indeterminado, sino mañana mismo, al alba, cuando te amarren por las muñecas a una estaca y seis guardias civiles vacíen sus subfusiles. La noche del 1 de noviembre de 1975, Pasolini no sabía que iba a morir. Lo asesinaron en el Idroscalo de Ostia en circunstancias inciertas. El lugar del crimen ahora es un parque y lleva su nombre.

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