La imagen de la Legión Cóndor en Euskal Herria ha quedado unida a Gernika. Los Junkers, los Heinkel, las bombas incendiarias, la población que huye y la villa devastada son una de las imágenes universales del siglo XX. Pero la intervención alemana tuvo también otra cara, menos conocida.

Iñaki Egaña / NAIZ

Los militares enviados por Hitler no fueron invulnerables. Sus aviones cayeron, algunos hombres fueron hechos prisioneros y otros murieron en accidentes, bajo el fuego republicano o incluso por las bombas de sus propios aliados. Alrededor de una treintena dejaron definitivamente la vida en territorio vasco.

El punto de partida para reconstruir esa historia es el trabajo que Xabier Herrero y Josu Santamarina publicaron en 2018 en la revista Sancho el Sabio: ‘Sterbe für Spanien: las bajas de la Legión Cóndor en el País Vasco (1936-1937)”’ Los autores reunieron información procedente de archivos, bibliografía y prensa de la época y cifraron en 31 las defunciones producidas en territorio vasco, incluyendo a un aviador muerto antes de la constitución formal de la unidad. Una revisión posterior de otras relaciones alemanas permite corregir algunas fechas y grafías, pero también abre interrogantes sobre determinadas identidades y sobre el propio recuento final. En parte de esa revisión me ayudó desde Alemania Ingo Niebel.

La primera paradoja aparece antes incluso de que existiera oficialmente la Legión Cóndor. Militares alemanes habían comenzado a llegar clandestinamente al Estado español como supuestos turistas. No venían a visitar monumentos ni playas. Acompañaban a aviones desmontados, armamento y material militar. La ficción turística permitía a Berlín mantener las apariencias mientras vulneraba la política de no-intervención.

Gasteiz, Alonsotegi, Otxandio…

Uno de aquellos ‘turistas’ fue Ekkehard Hefter. El 28 de septiembre de 1936 se estrelló con su Heinkel He-51 en Gasteiz. Sobre las causas circularon versiones distintas: fallo mecánico, imprudencia e incluso alcohol.

Lo más expresivo sucedió después. Como el aparato llevaba la cruz gamada, empleados municipales intentaron ocultarla con pintura roja. La intervención alemana estaba allí, destrozada en plena ciudad, pero todavía había que fingir que no existía. Herrero y Santamarina incluyen a Hefter en su balance aunque la Legión Cóndor aún no se había constituido formalmente.

A mediados de noviembre de 1936 la nueva fuerza alemana disponía ya de miles de hombres, más de un centenar de aviones, carros de combate, artillería antiaérea y unidades de transmisiones. La guerra vasca iba a convertirse en uno de sus campos de experimentación.

Un avión alemán se estrelló en la zona de Alonsotegi con dos muertos. Adolf Hermann cayó en el barrio bilbaino de San Adrián y una multitud enfurecida acabó linchándolo

El 4 de enero de 1937 Bilbao comprobó que los aviones alemanes también podían caer. Un Ju-52 fue alcanzado durante un combate aéreo por un caza republicano pilotado por el soviético K. A. Baranchuk y terminó estrellándose en la zona de Alonsotegi. Herbert Barowski, Hans Schüll y Paul Ziepek murieron entre los restos incendiados. 

Otros dos tripulantes consiguieron lanzarse en paracaídas. Adolf Hermann cayó en el barrio bilbaino de San Adrián y una multitud enfurecida acabó linchándolo. Karl Gustav Schmidt tuvo más suerte. El viento llevó su paracaídas hacia Enekuri, donde también hubo quienes pretendieron matarlo. Entre quienes contribuyeron a protegerlo estuvo precisamente un aviador soviético que acababa de combatir contra él. Schmidt fue puesto bajo custodia del Gobierno Vasco y posteriormente canjeado.

Las mayores bajas alemanas comenzaron con la ofensiva contra Bizkaia en la primavera de 1937. El 1 de abril cayó en Marin (Eskoriatza), el He-51 de Wilhelm August Blankenagel. En aquellas mismas jornadas, en Urbina, la explosión prematura de una pieza antiaérea de 88 milímetros provocó numerosas bajas entre los propios alemanes. Karl Rettenmaier murió el 2 de abril en el hospital de Gasteiz, Emil Creutz falleció dos días después y Johann Fischer, también gravemente herido, el 20 de abril. Sus nombres quedaron inscritos en una estela levantada en Urbina, que todavía permite confirmar la grafía de Rettenmaier frente a otras variantes aparecidas en relaciones alemanas.

El 5 de abril tuvo lugar uno de los episodios más reveladores de la campaña. Cuatro alemanes que viajaban en automóvil se internaron por error en las líneas republicanas cerca de Otxandio. El conductor murió durante el tiroteo. Aquí las fuentes ofrecen un problema de identificación: Herrero y Santamarina lo llamaron Carsten Woolf Harling, mientras que una relación alemana de miembros de la Legión Cóndor registra entre las bajas de J/88 al teniente Christian von Harling. Ante esa discrepancia, lo más prudente es identificarlo simplemente como el oficial von Harling.

En el mismo automóvil viajaba Paul Freese, alemán residente desde hacía años en Zarautz y utilizado como intérprete. Resultó gravemente herido y falleció posteriormente en el Hospital Militar de Bilbao. Su pertenencia a la estructura alemana tampoco parece ya dudosa: las relaciones germanas lo incluyen como intérprete de J/88.

Los otros dos ocupantes, Walther Kienzle y Gottfried Schulze Blanck, fueron capturados. Sus documentos, sus declaraciones y el diario personal de uno de ellos se convirtieron en pruebas materiales de aquello que Berlín se esforzaba todavía por ocultar: la participación directa de militares alemanes en la guerra.

Diez días después, el 15 de abril, se produjo otra muerte que suele pasar inadvertida en los resúmenes de la campaña. En Santa Águeda (Arrasate), el soldado Erich Zschetzsching, perteneciente al grupo antiaéreo motorizado F/88, resultó herido al estallarle una granada que manipulaba. Murió al día siguiente. No había sido abatido por el enemigo. Como en otros casos, la propia maquinaria de guerra se cobró a uno de sus servidores.

El 18 de abril varios cazas republicanos atacaron una formación de bombarderos alemanes. Uno de los Dornier Do-17 cayó en el entorno de Galdakao, Basauri y Arrigorriaga. Murieron Hans Sobotka, Otto Hoffmeister y Friedrich Müller.

La historia de Sobotka tuvo una prolongación casi grotesca en Alemania. Su padre, Camillo, quiso visitar después la tumba del hijo, enterrado con honores en Berlín. El régimen nazi había convertido al aviador muerto en Bizkaia en héroe, pero consideraba judía a la familia paterna. Cuando Camillo intentó viajar, las autoridades quisieron aplicarle la identificación reservada a los judíos y añadirle el segundo nombre ‘Israel’. El mismo Estado que homenajeaba al hijo aplicaba al padre las leyes raciales del Reich.

También hubo alemanes sobre orugas. El grupo Imker aportó carros Panzer I a las tropas franquistas. El 12 de mayo murió Adalbert Butz en la carretera entre Gernika y Morga, alcanzado cuando viajaba en uno de aquellos blindados. El 23 de mayo cayó Karl Hol durante las operaciones desarrolladas alrededor de Durango y las Peñas de Mañaria.

Salvado por Joseba Elosegi

El 13 de mayo había sido derribado sobre el Bizkargi Hans Joachim Wandel. Descendió en paracaídas cerca de Goikolegea, en Larrabetzu. Varios combatientes comenzaron a golpearlo, pero Joseba Elosegi, capitán del batallón Saseta, intervino para evitar que lo mataran. Wandel fue juzgado y condenado a muerte, pero nunca ejecutado. Cuando Bilbo estaba a punto de caer, consiguió pasar a territorio franquista. Regresó a Alemania, combatió después en la Segunda Guerra Mundial y murió en 1942 en el frente oriental.

La mayor concentración de muertos alemanes llegó durante los días decisivos de la ruptura del Cinturón de Hierro. El 11 de junio cayó cerca de Larrabetzu August Wilmsen. Su aparato fue alcanzado y se estrelló al este de la localidad. Ese mismo día un proyectil republicano alcanzó un vehículo del batallón de transmisiones Ln/88. Murieron Paul Fehlhaber, el técnico Oscar Wiegand, Wilhelm Aldag y Willi Oblau.

Cuatro integrantes de la Legión Cóndor cayeron abatidos por la aviación que combatía en su mismo bando, en Mungia

Veinticuatro horas después ocurrió uno de los episodios más insólitos de toda la campaña. Una batería antiaérea alemana situada en Mungia fue alcanzada por una bomba lanzada por un Savoia de la Aviación Legionaria italiana. Friedrich Bauer, Felix Claus, Richard Steeg y Martin Hoffmann murieron por fuego amigo. Cuatro integrantes de la Legión Cóndor, abatidos por la aviación que combatía en su mismo bando. El 16 de junio la defensa antiaérea republicana derribó sobre Zeberio un He-70 de reconocimiento. Fritz Heerschlag, Siegfried Gottanka y Helmut Hildemann murieron en el aparato. Tres días después Bilbao quedó en manos franquistas.

Pero el final del frente vasco no significó el final de las muertes alemanas en Euskal Herria. El 14 de julio, en Santo Domingo, Bilbo, un accidente de automóvil causó la muerte del intérprete Felix Wolf, del grupo antiaéreo F/88. Herrero y Santamarina señalan que en el mismo siniestro murieron otros dos miembros del batallón de transmisiones Ln/88, aunque no aportan sus nombres. Es uno de los puntos que dificultan establecer una lista nominal completamente cerrada.

En 1938 todavía se produjeron dos fallecimientos más. Franz Wolf apareció muerto en un garaje de Zarautz en circunstancias que las fuentes no terminan de esclarecer. Walter Hintelmann murió en Deba cuando su automóvil chocó con un camión. Para entonces la guerra estaba muy lejos de aquellas localidades, pero los alemanes continuaban allí.

Una treintena

Los números permiten observar la campaña desde otra perspectiva, aunque deben manejarse con cierta cautela. Herrero y Santamarina establecieron 31 defunciones relacionadas con la Legión Cóndor en territorio vasco, incluyendo a Hefter, y calcularon que representaban aproximadamente el 17% de todas las muertes sufridas por la unidad durante la Guerra Civil. A ellas añadieron al menos veinte heridos, cuatro prisioneros, seis aviones derribados y varios aterrizajes forzosos.

La revisión de las relaciones alemanas confirma buena parte de los protagonistas, pero también modifica algunas grafías —Barowski en lugar de Barowsky, Schüll por Schull, Ziepek por Ziepp, Hoffmeister por Hofmeister, Bauer por Bauser— y plantea discrepancias como la identidad de von Harling. También obliga a prestar atención a Paul Freese, Erich Zschetzsching y Felix Wolf. Por ello parece más prudente hablar de alrededor de una treintena de muertos que presentar una relación cerrada e incontrovertible de 31 nombres. La cifra de Herrero y Santamarina sigue siendo la referencia, pero la documentación no permite convertirla todavía en una nómina definitiva.

No todos murieron en combate. Hubo derribos, accidentes, errores propios y fuego amigo. Esa variedad recuerda que la Legión Cóndor no estaba formada únicamente por pilotos. Había artilleros antiaéreos, mecánicos, operadores de transmisiones, intérpretes, tripulantes de carros y personal técnico. Eran las piezas humanas de una maquinaria militar moderna que Alemania estaba probando en una guerra extranjera.

Y todavía queda una última escena, ajena ya a la Guerra Civil pero vinculada a la presencia militar alemana en las costas vascas. El 31 de marzo de 1943, en plena Segunda Guerra Mundial, el Registro Civil de Getaria inscribió varias defunciones de aviadores alemanes cuyos cuerpos habían llegado a la costa. Las actas reproducidas posteriormente por la Sociedad de Ciencias Aranzadi identifican a dos de ellos como ‘Thaus Moeller’ y ‘Harald Sautler’ y señalan como causa de muerte la «asfixia por inmersión en el agua». Junto a ellos apareció también Georg Markert.

Seis años después de que los primeros aviones alemanes utilizaran Gernika como campo de experimentación, los cadáveres de varios aviadores del Reich regresaban a una costa vasca arrastrados por el Atlántico

La documentación aeronáutica alemana permite reconstruir mejor su identidad. Los tres pertenecían a la tripulación del mismo Focke-Wulf Fw 200C-4 Condor, número de fábrica 0192 y código F8+ER, de la 7./KG 40, desaparecido sobre el Atlántico el 24 de marzo de 1943. En esas relaciones aparecen como Georg Markert, copiloto; Hans Moeller o Möller, radiotelegrafista, y Harald Santler, segundo radiotelegrafista. De ahí las diferencias con las grafías anotadas en Getaria. La tripulación incluía además al piloto Werner Böck, al mecánico de vuelo Hans Müller y al artillero Walter Rettke. Una semana después de la desaparición del aparato, el mar llevó hasta la costa vasca los cuerpos de algunos de aquellos hombres.

No fueron, por tanto, muertos de la Legión Cóndor y no deben añadirse al balance de la Guerra Civil. Pero ofrecen un epílogo difícil de imaginar. Seis años después de que los primeros aviones alemanes utilizaran Euskal Herria como campo de experimentación de una guerra que todavía estaba por llegar, los cadáveres de varios aviadores del Reich regresaban a una costa vasca arrastrados por el Atlántico. El avión en el que habían volado se llamaba también Condor.

Gernika continúa siendo, con razón, el gran símbolo de la intervención alemana en Euskal Herria. Pero la historia no se agota allí. Hubo aeródromos, baterías, carros, transmisiones, prisioneros, cadáveres y restos de aviones desde Gasteiz hasta Bilbao, desde Urbina hasta Larrabetzu, desde Zeberio hasta Zarautz. Llegaron clandestinamente como ‘turistas’. Venían a ayudar a ganar una guerra y, al mismo tiempo, a aprender cómo ganar la siguiente. Euskal Herria fue uno de sus laboratorios.También fue, para alrededor de una treintena de ellos, el lugar del que nunca regresaron.

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