Amparo Lasheras / GARA-NAIZ

Mi madre fue una superviviente del bombardeo de Otxandio. Jugaba cerca de la plaza de Andikona cuando vio acercarse a los aviones franquistas y tirar las bombas que, en un momento, llenaron el pueblo de muerte. Era el 22 de julio del 36. Ella contaba como horas después del ataque huyó hacia Bilbo con mi abuelo y su hermana pequeña, con apenas un poco de ropa y comida en un hatillo improvisado, preparado en el último instante y sin saber si alguna vez volvería a ver a su madre y a los hermanos que se quedaron atrapados en Gasteiz. Después de meses, en junio del 37, llegó la evacuación definitiva de Bilbo y con ella el destino incierto y doloroso de unas niñas refugiadas que huyen de la guerra. Esa vivencia rompió la infancia, la vida y el futuro de mi madre y de muchas familias de Durango, de Gernika… y de todos aquellos que, en Euskal Herria, resistieron a las tropas franquistas. Cambia el pueblo, el país, los nombres, pero las miradas que ahora se acercan hasta nosotras, a través del tiempo y la distancia del mar,  son las mismas, reflejan la tristeza de no comprender el por qué. Quizás se deba a que la guerra no envejece, siempre está igual».

Este texto lo escribí en julio del 2017 para una columna que publicó GARA. Hoy, cuando se cumplen 90 años del bombardeo lo he recuperado porque creo que la Memoria de un pueblo siempre debería ser un tema de actualidad. Recordar de dónde venimos, lo que somos y lo que soñamos que quisimos ser debe de considerarse como un presente y un antídoto contra la desmemoria interesada de la modernidad y del nuevo tiempo. 

Mi madre fue una mujer a la que le gustaba conversar y contar las películas que veía, pero tardó muchos años en hablar de la guerra y cuando lo hizo era ya una mujer mayor que solo deseaba recordar lo que le obligaron a olvidar. Siempre me he preguntado cuánto le dolería ese silencio. A veces he pensado que el recuerdo de lo que no podía o no se atrevía a contar rodeó nuestra infancia y juventud de una manera casi invisible.

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