El racismo cotidiano, la normalización de los discursos de odio y el aumento de las agresiones contra personas migrantes y racializadas evidencian un problema estructural que reclama una respuesta organizada y colectiva desde el antifascismo y el antirracismo

Yulimar Ibargüen / Arainfo

Para las personas migrantes y racializadas, el racismo no es un debate. Es una realidad cotidiana. A veces se manifiesta de forma sutil; otras, de manera mucho más grave y violenta. Pero siempre está ahí. Lo encontramos desde el acceso a la vivienda hasta la forma en que compartimos y disfrutamos de los espacios públicos.

Sabemos que, en muchas ocasiones, si no vamos acompañadas por una persona blanca que nos respalde o nos valide, no somos tratadas de la misma manera. Se nos niega la entrada a determinados espacios, se nos mira con desconfianza o quedamos más expuestas a situaciones de violencia y discriminación. También tenemos que soportar comentarios y actitudes racistas que se justifican con frases como “era una broma” o “no iba con mala intención”. Sin embargo, el impacto de esas palabras y comportamientos es real. Son formas de violencia cotidiana que muchas veces se minimizan, pero que terminan condicionando nuestra manera de movernos, relacionarnos y vivir.

En nuestros barrios estamos viendo cómo las agresiones hacia niños, niñas y adolescentes migrantes son cada vez más frecuentes y preocupantes. Hemos conocido casos de acoso a niñas de familias migrantes en piscinas públicas y parques, así como situaciones de hostigamiento en supermercados, en la calle e incluso durante el acceso a la sanidad pública. Son experiencias que muchas personas migrantes y racializadas reconocemos porque forman parte de nuestra vida cotidiana y que, sin embargo, siguen siendo invisibilizadas o minimizadas.

La población musulmana, en particular, está sufriendo un nivel de acoso que no podemos ignorar. Lo más preocupante es que este tipo de comportamientos se está normalizando. Cada vez hay personas que expresan su racismo sin ningún pudor e, incluso, con orgullo. Discursos y actitudes que hace unos años eran socialmente rechazados hoy encuentran espacios donde se legitiman y se aplauden.

El racismo no empieza con una agresión física. Empieza cuando se acepta un comentario racista como una broma, cuando se difunde un bulo sobre las personas migrantes sin cuestionarlo, cuando se señala a un colectivo como responsable de los problemas sociales o cuando se mira hacia otro lado ante una discriminación cotidiana. Las agresiones que hoy vemos son la consecuencia de esa normalización del odio.

No podemos ignorar el contexto en el que todo esto ocurre. Cuando determinados discursos políticos y mediáticos presentan de forma constante a las personas migrantes como una amenaza o las responsabilizan de los problemas sociales, contribuyen a crear un clima en el que el rechazo y la discriminación encuentran cada vez más espacio. Las palabras tienen consecuencias. Cuando el odio se normaliza en el debate público, acaba trasladándose a las calles.

En las últimas semanas hemos visto cómo determinados acontecimientos, como algunos partidos de fútbol de la selección española, han servido de excusa para que afloren nuevas agresiones racistas. Tras uno de esos encuentros se produjeron varios ataques contra personas migrantes. Solo conocemos una parte de estos casos, porque muchas víctimas no denuncian. El miedo, la desconfianza en las instituciones o el temor a las consecuencias hacen que muchas agresiones permanezcan invisibles.

Por eso es importante dejar de hablar de casos aislados. Las agresiones no aparecen de la nada. Son el resultado de un clima social en el que los discursos de odio encuentran cada vez más espacio y menos rechazo. Cuando una sociedad normaliza el racismo, tarde o temprano ese racismo acaba traduciéndose en violencia.

Es urgente recuperar los espacios antifascistas y antirracistas. Tenemos que defender los lugares que durante años hemos construido y cuidado colectivamente, barrios y espacios en los que el respeto y la convivencia eran principios irrenunciables.

No podemos permitir que el odio siga ganando terreno. Durante mucho tiempo rechazamos con firmeza las actitudes violentas, los discursos racistas y los símbolos que representan la intolerancia. Sin embargo, hoy vemos con preocupación cómo empiezan a normalizarse y a justificarse con excusas tan repetidas como vacías. Lo que antes era inaceptable ahora se intenta presentar como una opinión más, una provocación o una simple broma. Pero el odio nunca es una broma cuando pone en riesgo la dignidad, la seguridad y la vida de otras personas.

Recuperar esos espacios no significa excluir a nadie. Significa defender una convivencia basada en el respeto, la igualdad y la solidaridad. Significa no mirar hacia otro lado cuando un niño recibe un insulto racista, cuando una niña es acosada en una piscina pública, cuando una mujer musulmana sufre ataques por llevar velo o cuando una persona migrante es humillada por el color de su piel o por su origen.

Frente al miedo, necesitamos comunidad. Frente al racismo, necesitamos organización. Frente al fascismo, necesitamos una respuesta colectiva que deje claro que nuestros barrios deben seguir siendo espacios donde todas las personas podamos vivir con dignidad, sin miedo y con los mismos derechos.

Porque el silencio nunca ha protegido a quienes sufren el odio. La organización, la solidaridad y el compromiso colectivo son la mejor respuesta frente al racismo y el fascismo.

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