Junkies Sound
El fanatismo, al igual que las hamburgueserías de comida rápida, descubrió muy pronto que el secreto del éxito financiero y cultural está en la franquicia. A finales de los años 80, el RAC se dio cuenta de que dar conciertos en sótanos húmedos de Londres para cincuenta borrachos locales no era suficiente para salvar a la supuesta «raza aria». Necesitaban una red de distribución global. Así nacieron engendros corporativos de la extrema derecha como Blood & Honour y los Hammerskins.
Olvídate de la romántica idea del músico rebelde que vive por el arte. Esto se convirtió en un negocio logístico impecable. Blood & Honour, fundada por el mismísimo Ian Stuart en 1987, funcionaba exactamente como un sello discográfico transnacional, pero con esvásticas. Crearon una red de distribución clandestina de casetes, fanzines y camisetas que burlaba las aduanas de toda Europa y América.
Consiguieron lo que los partidos políticos tradicionales de su cuerda no lograban: que un adolescente de Alemania, uno de Estados Unidos y uno de España escucharan las mismas canciones, vistieran las mismas marcas y odiaran exactamente a los mismos enemigos. Luego llegaron los Hammerskins, aportando el toque de organización paramilitar desde el otro lado del Atlántico. No eran simples bandas de música; eran sindicatos del crimen estético que controlaban quién tocaba, dónde se vendía el merchandising y quién se quedaba con los beneficios de la barra en los conciertos clandestinos. Porque esa es otra gran verdad que los documentales solemnes suelen olvidar: el RAC movía cantidades industriales de dinero libre de impuestos. La pureza racial cotizaba al alza en el mercado negro de la nostalgia fascista. La internacionalización de esta escena demostró una ironía colosal. Estos grupos, que se pasaban el día glorificando las fronteras, el nacionalismo rancio y el aislamiento cultural de sus respectivos países, tuvieron que diseñar una red de cooperación global, hiperconectada y multicultural (en el sentido geográfico) para poder sobrevivir. Se convirtieron en los globalistas del antiglobalismo. Crearon una hermandad internacional basada, paradójicamente, en el odio al extranjero. Un logro de la ingeniería mental que solo la música distorsionada y la falta de lecturas pueden sostener.




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