Telva Mieres / Haize Gorriak

Hace tiempo que la Primera Dama de los Estados Unidos es objeto de nuestra devoción literaria porque hay tentaciones a las que esta selecta columna no puede resistirse, pero nunca le habíamos echado el guante. En estas líneas se le han adelantado figuras de una finura incuestionable como Isabel Díaz Ayuso, Enrique de Santiago, Rodrigo Rato, la Infanta Cristina, Dolores de Cospedal, el Santo Padre de Roma, Pablo Iglesias, el insolente y campechanote Juan Carlos en su versión más veraniega y muchísimos linajudos personajes más. Con semejante historial, había que acabar recalando en Melania Trump, más temprano que tarde.

Se lo merece. Para empezar, tiene una planta que da gloria verla, lo cual, en ciertos círculos, ya computa como virtud cardinal. No todo va a ser oratoria y dialéctica.

Conviene recordar que nuestra protagonista no surge de la nada: añade a su encanto físico la gracia de haber nacido en esa Europa del Este que tanto ha aportado al imaginario occidental, disciplina, acento indescifrable y unos rasgos del Cáucaso como los esturiones, que le dan a la primera dama un aire sofisticado y enigmático. Nacida en la entonces Yugoslavia, cuando los mapas no requerían explicación, Melania ascendió desde pasarelas centroeuropeas hasta las alfombras del poder de la America Great Again. Una historia de superación, sí señores ¿de qué se ríen?, superación con un toquecito de cuento en el que la carroza llega bastante después de la medianoche, pero llega.

Como corresponde al elevado cargo consorte, Melania ha cultivado con esmero esa tradición entrañable de las primeras damas: buena madre y esposa, caridad, sonrisa institucional y un afecto por la infancia que consiste en hablarle a los niños como si fueran una mezcla entre cachorros de bulldog francés y votantes indecisos. Con voz dulce y mirada caída pero ensayada, les explica que deben afrontar la vida con actitud positiva y, si es posible, hacerse emprendedores antes de que se les pase el arroz.

Eso sí, esta pedagogía tiene su público. Porque hay infancias e infancias. Unas entran en la postal; otras, como los niños y niñas palestinos, no son exactamente el tipo de criatura que una imagina corriendo por los jardines de un resort cuando alguien decida que en Gaza se vendan pulseritas todo incluido.

Hasta hace poco, Melania hablaba poco y decía menos, lo cual en política internacional es un síntoma de sabiduría. Pero estos días se ha visto obligada a levantar ligeramente la voz, muy poquito, para recordarnos, nada menos que en la ONU, que “Estados Unidos apoya a todos los niños del mundo”. A todos. Sin excepciones. Añadió, además, que la mejor manera de proteger a la infancia es evitar y detener los conflictos. Una idea revolucionaria: si no hay guerras, los niños sufren menos. No me digan ustedes que esta mujer no merece una beatificación en vida.

Pero el problema no es el significado de la frase, que está impecable, sino ese desfase entre el sujeto, el verbo y el predicado. Porque habiendo infancias viviendo realidades tan poco poéticas, a lo mejor el discurso se lo tendría que meter la señora Trump en el mismísimo orto.

Después de años callada, a la pobrecilla se le acumuló el trabajo porque, por otro lado, ha tenido que salir a desmentir comentarios que la vinculan con el turbio universo de Jeffrey Epstein. Y por ahí sí que no pasa, mi jaca. Una cosa es la discreción y otra permitir que la metan a una en según qué listas.

En cuanto a su historia de amor con Donald Trump, es como un cuento moderno: chico conoce chica en una romería yankee, algo así como encontrar pareja en la fiesta de la Tomatina, pero con rascacielos y cócteles. Nueva York siempre da otro nivel a los líos de faldas.

Y vamos a ir rematando: siendo Melania una mocetona muy bien terminada, quizá lo más fascinante no sea ella, sino el ecosistema que la rodea. Ese club de caballeros de aroma denso que, junto a su Donald, están convencidos de estar escribiendo el futuro de la humanidad, con tinta de testosterona, negocio y propaganda.

Mientras ese coro hace volar F-35 sobre los pueblos y dispara misiles como quien lanza confeti en una boda siniestra, el calendario electoral avanza sin sentimentalismos. Y puede que, cuando llegue la cita con las urnas, el cuento vuelva a cumplir su función pedagógica: la carroza será calabaza, el príncipe un anciano con peluquín y la corte un catálogo de profetas venidos a menos y asustados por el ruido de la derrota. Mientras, otros de su misma ralea, ya se ajustan el traje y ensayan la sonrisa en el espejo esperando su turno para heredar el desastre como quien recoge las llaves de un Airbnb. 

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