El profesor de Historia en la Universidad de Rutgers (EEUU) y autor de
«Antifa: el manual antifascista», tuvo que hacer las maletas en apenas
dos días para instalarse junto a su familia en Madrid el pasado octubre
tras recibir amenazas de muerte de seguidores de Donald Trump. Desde la distancia, analiza el auge fascista en su país y alerta de que no puede descartarse una dictadura en EEUU a tenor de la deriva política. / Zazpika (7K)
Mark Bray (Nueva Jersey, 1984) abre la puerta de su apartamento con vistas al Parque del Retiro de Madrid. Un piso amplio y luminoso en el que los juguetes
de sus dos hijos se amontonan en una esquina y los cuadros aún esperan en el suelo para ser colgados en las paredes desnudas. La sensación del hogar es de temporalidad, de urgencia. Hace cerca de seis meses que Bray aterrizó en Madrid, no sin dificultades, días después de que recibiera amenazas de muerte tras ser señalado por grandes influencers trumpistas como “profesor terrorista doméstico”. En realidad, Bray solo es profesor de Historia en la Universidad de Rutgers, aunque ahora tenga que impartir sus clases por video conferencia. También es un reconocido académico sobre el antifascismo, la violencia política y el anarquismo de principios del siglo XX en el Estado español. En 2017 publicó “Antifa: el manual antifascista”, editado en castellano por Capitán Swing. Un recorrido por el nacimiento del antifascismo en los años 20 y su evolución contemporánea. Eso, y la designación del movimiento Antifa como «organización terrorista» por el Gobierno de Donald Trump, han llevado a Bray y a su familia a tener que huir de un país que «se asoma peligrosamente al abismo totalitario», advierte.
Hace seis meses que aterrizó en el Estado español huyendo de un clima de amenazas. ¿Cuándo tuvo claro que debía salir de su país? Cuando recibí una amenaza a través de X que contenía la dirección de mi casa. Decidimos que seguir viviendo allí no era una opción en este contexto, mi instinto fue huir del país.
Ya había recibido amenazas, algunas de muerte, pero sin mi dirección. Mi pareja y yo ya habíamos hablado meses antes sobre qué haríamos si la situación en Estados Unidos seguía empeorando, y hablábamos sobre la posibilidad de venir a Madrid porque hemos vivido aquí antes. Tal vez hubiera sido posible ir a otra ciudad en EEUU, pero teníamos miedo de la dirección que estaba tomando el país y también hubiera sido difícil explicar a nuestros hijos que no podíamos volver a casa si estábamos en un lugar cercano. Lo hicimos rápido. El 4 de octubre recibí esa amenaza y dos días después estábamos en el aeropuerto.

¿Se considera un exiliado político?
Tal vez. Es cierto que huimos a causa de amenazas de muerte, de violencia por cuestiones de orientación política y que, en mi opinión, vienen originalmente desde el entorno actual de la Casa Blanca. Pero soy consciente de que mi situación no es comparable a la de los exiliados de la Alemania de Hitler, por poner un ejemplo claro. Hay una escala amplia en el espectro del exilio político y tal vez el mío se encuadre en un nivel bajo, aunque hay rasgos claros idénticos a las situaciones de exilio político.
Un momento clave para lo que le ha ocurrido fue la muerte de Charlie Kirk, convertido en mártir de la ideología trumpista y usado como arma contra la izquierda. ¿Qué ha supuesto para EEUU este crimen?
Charlie Kirk fue tal vez la figura más importante de la extrema derecha fuera del Gobierno de Trump. Fue uno de los fundadores de Turning Point USA, que es una organización nacional enfocada en los estudiantes y en la promoción de una política MAGA [Make America Great Again, lema de campaña de Trump] en las universidades. Antes de saber quién lo mató, Trump acusó a la izquierda política, sin pruebas, y su asesino no era un izquierdista. Obviamente, para él y para su gente fue una oportunidad de
atacar a la izquierda. Ya en 2020 Trump decía que era necesario designar a Antifa como organización terrorista, pero no lo llegó a hacer. Este asesinato fue su oportunidad de ir más allá y pocos días después firmó la orden ejecutiva
que criminalizaba a Antifa. Poco después, el Departamento de Seguridad Nacional emitió un comunicado sobre los grupos e individuos alineados con Antifa. Crearon una campaña en contra de la izquierda diciendo que Antifa es una organización terrorista, aunque ni es organización ni son terroristas. Así, cualquier persona con perspectivas anticapitalistas, antiamericanas, en contra de los “valores tradicionales” sobre la familia, la moralidad, la sexualidad, la inmigración, etc. es sospechosa de terrorista. Se generó una crisis artificial como oportunidad para atacar a la izquierda y a los antifascistas, específicamente.
La catalogación de Antifa como «grupo trrorista doméstico» ha sido una de las razones por las que usted ha recibido amenazas, por la vinculación que han hecho con su libro. Pero, ¿qué es Antifa y por qué Trump lo ha puesto en la diana en lugar de a otros grupos más organizados y conocidos?
Antifa no es una organización como tal. Tanto en EEUU como en Europa hay organizaciones, redes que usan el término “antifa” para identificar una forma de hacer política que en inglés se llama “antifascismo militante”. En mi opinión, es una corriente que no confía en el Estado, en sus instituciones, en los tribunales o la Policía a la hora de combatir a la extrema derecha. Entienden que la autodefensa es legítima y que debemos resistir ante cualquier grupo u organización ultra para impedir que lleguen a controlar el Estado. Es una corriente radical nutrida de comunistas, socialistas, anarquistas… Su resistencia puede ser violenta o no, la mayor parte de su actividad no es violenta, pero en ocasiones hay enfrentamientos con grupos de ultraderecha y esto recibe mucha más atención.
Que Trump lo coloque en la diana no es casual, es una elección meditada. Entre 2016 y 2019 hubo visibles enfrentamientos entre grupos antifascistas y colectivos ultraderechistas. Socialmente se construyó la imagen de antifa
como jóvenes blancos vestidos de negro rompiendo ventanas o peleando contra neonazis. En 2020, durante la insurrección por el asesinato de George Floyd en Mineápolis, fue una oportunidad para Trump de decir que esta violencia no era una respuesta a generaciones de racismo estructural y policial, sino simplemente una conspiración de un grupo de jóvenes blancos para atacar a la sociedad. Además, la palabra antifa suena a algo extranjero, exótico. En inglés ni siquiera se asocia al antifascismo si no la conoces. Es algo desconocido y los grupos son tan pequeños que no tienen visibilidad para desmentir el relato oficial que los criminaliza. Son muchos factores que lo convierten en enemigo perfecto y ambiguo al que señalar en medio del caos.
¿Le preocupa que se normalice el término «terrorista doméstico»? Así se catalogó inicialmente a los activistas muertos a tiros por agentes del ICE durante las redadas contra migrantes que Trump ha impulsado.
Sí, es muy importante. Yo doy una clase sobre historia del terrorismo y creo que, cada vez más a lo largo de la historia, el término terrorista se usa como una retórica de represión estatal. Hay cientos de definiciones, pero fundamentalmente significa “violencia política que no me gusta”. Creo que no debemos usar este término y hablar simplemente de violencia, porque la palabra terrorismo es un arma que el Estado usa para atacar a cualquier grupo, a cualquier movimiento que le incomode. Y también significa que existe un peligro excepcional que requiere una respuesta excepcional, con una fuerza excepcional e incluso con leyes excepcionales, y eso alimenta el autoritarismo,
que es lo que está creciendo hoy en EEUU.
¿De dónde provienen las amenazas contra usted y su familia? En Europa, nombres como Jack Posobiec o Turning Point USA no son conocidos, pero su poder es real. ¿Quiénes son y cómo funciona este universo ultra? En el Estado español se está copiando ese modelo…
La palabra universo es muy útil en este contexto porque en mi caso fue obvio
que hay este universo o hay redes y vínculos y conexiones con la Casa Blanca. Trump designó Antifa como grupo terrorista y, tres días después, su amigo Jack Posobiec escribió en X que yo soy profesor terrorista doméstico y miembro de Antifa. Horas después, recibí mi primera amenaza. Se puede ver la correlación. Poco después, Andy Ngo, otra figura del estilo de Jack Posobiec, escribió cosas parecidas sobre mí. Al día siguiente, Turning Point USA redactó
una petición a mi universidad para que fuera despedido. Su retórica es que son defensores de la libertad de expresión, pero al mismo tiempo promueven una campaña de ataques y censura contra sus enemigos a través de estas redes. Hace cien años, los camisas negras de Mussolini atacaban violenta y abiertamente a sus adversarios. Ahora, en un contexto como el de EEUU, que tiene la retórica de la democracia, es más útil crear estas redes informales de
promover amenazas. ¿Pero quiénes son estas personas? Jack Posobiec y Andy Ngo se dicen periodistas, pero no lo son. Es solo su manera de legitimarse públicamente amparados por la libertad de prensa y de expresión. Yo digo que
son influencers, su forma de promover su discurso es principalmente a través de las redes, con vídeos. Y el influencer de la extrema derecha es un personaje muy importante en la conversación ultra del siglo XXI. Turning Point USA nació hace 12 años para oponerse al socialismo y promover la libertad de expresión en los campus universitarios. Pero ha ido haciéndose cada vez más trumpista, y la universidad es un espacio a conquistar muy importante
para MAGA. Turning Point USA es una versión superficialmente liberal, no explícitamente fascista, pero con características fascistas en la universidad estadounidense. Su táctica es organizar charlas en las universidades, fabricar
enfrentamientos con los estudiantes progresistas y agitar el victimismo. Eso pasó en EEUU.
Cuando publicó su libro, hace casi diez años, ya señalaba elementos del fascismo en el primer Gobierno de Trump. ¿Cómo lo califica hoy?
Sigo pensando que tiene muchas tendencias fascistas, pero no es académicamente fascista. Para él lo importante es su poder, su dinero, su fama, que la gente le adore. En el contexto actual, Trump ha decidido que los
rasgos o métodos del fascismo son una buena manera de conseguir estas cosas. Pero no creo que tenga una ideología política fija. Normalmente un Estado fascista es resultado de la idea de un gran líder y, en este caso, es al contrario. Trump sabe que gran parte de su poder se debe a la derecha alternativa, al discuso racista, xenófobo, antifeminista, antiecologista, etc. Sabe que las personas más leales a su programa son fascistas. Por eso creo que el Gobierno de EEUU está promoviendo una campaña fascista que se apoya en figuras como Stephen Miller [Subdirector del Gabinete de Políticas de la Casa Blanca] o Pete Hegseth [Secretario de Guerra de EEUU], que son fascistas más abiertamente. Y el intento es crear un estado autoritario, tal vez fascista, tal vez no, pero con control absoluto del Partido Republicano y sus líderes. Aún no han llegado a este punto completamente. Todavía tenemos un Partido Demócrata, se puede protestar en la calle, pero creo que están buscando una emergencia, una crisis, y esta guerra en Irán y Líbano tal vez sería una oportunidad para avanzar en esa dirección. En resumen, Trump es prácticamente un fascista, aunque no completamente, desde mi perspectiva académica. Pero a su alrededor hay muchos fascistas que, como grupo, quieren llegar a un Estado autoritario fascista.
¿Esperaba esta gran diferencia entre el Trump que gobernó en el primer mandato y el de ahora?
Se ha dicho que probablemente Trump no pensaba que iba a ganar en 2016 y
que por eso no tenía un plan bien trazado ni apoyos. Ahora su equipo de gobierno ya no cuenta con figuras tradicionales del Partido Republicano, sino con figuras mucho más radicales y antisistema. Llegó con un programa bien diseñado, el conocido Proyecto 2025, para rediseñar el sistema de Gobierno Federal desde varias perspectivas. Ahora sí tiene apoyos y objetivos, lo tiene todo. Los historiadores preguntan qué hubiera ocurrido si Hitler no hubiera invadido Polonia. Pero obviamente Hitler iba a hacerlo. Con Trump ocurre algo similar. La guerra con Irán ha sido un desastre para él hasta ahora, pero refleja su posición de que la agresión siempre es la solución, la diplomacia siempre es algo débil y que la manera de solucionar cualquier problema es a través de la agresión y la masculinidad. Es algo central en su política y su identidad. Para mí no es una sorpresa que haya llegado a este punto.
Usted hace tiempo que alertó de que con Trump la democracia en EEUU estaba en peligro. El asalto al Capitolio parecía una confirmación. Y, sin embargo, los votantes volvieron a darle el poder. ¿No hay en la sociedad estadounidense un miedo real al autoritarismo, a vivir sin derechos y libertades bajo el yugo de una dictadura?
Creo que hay poco miedo real. Hay fe en el sistema y sus mecanismos democráticos, pero creo que no son suficientes. La mayoría de los estadounidenses, explícita o implícitamente, piensa que no sería posible una dictadura en su país, pero sí que es posible. No hemos llegado al punto
en el que hay un único partido, pero si esto fuera un juego de mesa, las piezas están colocadas en los lugares adecuados. Durante generaciones, los demócratas han dicho que la respuesta ante cualquier problema es protestar
en la calle y votar. No tienen otro plan. Hemos visto grandes protestas contra Trump bajo el lema ‘No King’, pero no son suficientes. Lo único que me da esperanza es el movimiento anti ICE, que es más fuerte, más radical, más basado en los barrios.
Parece una distopía de ciencia ficción, pero en menos de un año Trump ha desplegado al Ejército en ciudades demócratas, ha desatado una persecución violenta y hasta mortal contra migrantes y quienes los defienden, ha roto las reglas del sagrado libre comercio con las políticas de aranceles y ha destruido el orden internacional atacando Venezuela e Irán, amenazando a Cuba e incluso a aliados de la OTAN por querer quedarse Groenlandia. ¿Cómo se llega hasta aquí y qué cabe esperar?
Creo que hay distintos actores en este Gobierno con planes diferentes, pero ahora mismo tienen un objetivo común: hacer política mediante una retórica
de crisis y emergencia, de peligro, de terrorismo… para tener una excusa que les permita ir más allá de la ley. Desde los asesinatos de activistas por agentes del ICE a la guerra en Irán y Líbano o a los aranceles, solo vemos problemas fabricados por el Gobierno para decir que la única solución a esos problemas es la agresión, la fuerza y el autoritarismo. Es la mitología del cine de Rambo llevado a la política.
Hablando de cine, ya hay alguna película que imagina una guerra civil en EEUU fruto de este contexto político. ¿Puede llegar a imaginar algo así?
No sé por qué, pero en este país mucha gente pregunta sobre una guerra
civil [risas]. Hace ocho años pensaba que no. Ahora, por desgracia, creo que es una posibilidad, una conclusión aceptable. No es difícil pensar en una situación donde, en un contexto de guerra, de depresión económica, un ataque terrorista a causa de la guerra o un desastre natural, Trump quiera enviar soldados a una ciudad o estado demócrata en el contexto de unas elecciones. No es difícil imaginar que el gobernador demócrata se niegue, que Trump ordene detener a ese gobernador o ese alcalde y que eso sea el origen de un conflicto armado interno. También es cierto que, para tener una guerra civil, se necesitan dos ejércitos. Bueno, armas no faltan en la sociedad estadounidense. Sí, pero la mayoría de las armas están en uno de los lados. Es fácil imaginar el Ejército de uno de los bandos, el del otro no lo tengo tan seguro. Si hablamos de probabilidad, sería más probable pasar desde el momento actual a una dictadura con un golpe de Estado, porque la mayoría de la izquierda no tiene armas para resistir y su esquema mental no va más allá del voto y la protesta como respuesta. Para que hubiera conflicto armado civil sería necesario que una parte del ejército decidiera, no solo desobedecer, sino rebelarse y resistir. No sé si algo así sucederá, pero solo pensarlo
ya es preocupante.
Trump ha sido una referencia para la ultraderecha europea, pero en la situación actual, ¿cree que beneficia o que lastra a la ola reaccionaria en Europa?
Siempre hemos visto contradicciones en los intentos de establecer un fascismo internacionalista, por razones obvias. En España hay mucha oposición a
Trump y tal vez esto no ayude mucho a Vox. Pero creo que a un nivel más fundamental, Orban antes de perder, Le Pen, Trump, Vox, todos están participando en fijar la visión histórica de un pasado imperial grandioso en cada uno de sus países e imponen el relato de la pérdida de esa identidad por culpa de los mismos enemigos: la inmigración, el globalismo, etc. El trumpismo no es exportable, pero participa en la construcción de la teoría del gran remplazo, en el discurso antiinmigración, antifeminista, negacionista del cambio climático, contra los derechos del colectivo trans y todo ese argu mentario ultra, y eso va a continuar operando.
¿Puede frenarse esta deriva desde fuera de EEUU? Pocos son los líderes mundiales que están enfrentándose a Trump.
El liderazgo de la comunidad internacional ha desaparecido. No sería necesariamente imposible volver al orden internacional anterior en un horizon te de 15 años si EEUU tiene un presidente demócrata o un republicano menos extremista. Pero es obvio que la historia nunca funciona
así. Siempre hay épocas que generan cambios. No soy experto en relaciones internacionales, pero me parece importante pensar en el impacto de la crisis climática en el futuro. En la falta de recursos, las zonas de control e influencia regionales, Asia para China y Rusia, América para EEUU. La crisis climática va a generar más y más refugiados, especialmente del sur global. Y los países de Europa y EEUU van a tener que pensar en cómo responder. Si van a
responder con humanitarismo o con cárceles. Todo es peor con Trump, pero incluso con los demócratas en el Gobierno, el ICE estaba deteniendo migrantes. Hay muchas preguntas y muy profundas y es muy difícil prever el futuro incluso cercano.
Usted tuvo problemas para salir del país. ¿Piensa regresar? ¿Qué cree que le ocurriría si volviera?
Sí, tuve problemas para coger el avión. Cuando llegué con mis dos hijos y mi pareja al aeropuerto, en la puerta de embarque, nos dijeron que no podíamos embarcar, que alguien había cancelado la reserva de nuestro vuelo. Todavía no sé exactamente qué pasó, pero fue algo político en mi opinión, por que ocurría el mismo día que Jack Posobiec y Andy Ngo, que instigaron la campaña en redes contra mí, estaban en la Casa Blanca reunidos con Trump debatiendo sobre la orden ejecutiva sobre Antifa. Para mí no es casualidad. Pero, aun así, al final estamos pensando en volver y creo que lo haremos en junio. Yo soy profesor de historia y mi pareja también, tenemos puestos en el mismo departamento, en la misma universidad y ahora mismo estamos dando nuestras clases online. No es sostenible. Además, mi madre quiere ver a sus nietos y ellos también quieren estar con su familia. Ahora mismo estamos intentando vender nuestra casa allí y estamos buscando un nuevo lugar en el que vivir, en una ciudad distinta. Ha sido un proceso muy difícil para mí y para mi familia. Ya lo he hablado con mi abogado y con expertos en seguridad y hay muchas cosas que se pueden hacer para tener una vida más segura en EEUU. Intentaremos hacerlas y mantener en secreto nuestra dirección. No quiero vivir con miedo. Entonces volveré a mi país, pero no a mi vida anterior. La situación política ha acabado con ella. Y, cuando aterrice en EEUU, séque habrá agentes federales que estarán esperándome para interrogarme durante, no sé, cuatro o seis horas sobre todo tipo de basura. Pero después de eso, al menos en teoría, tengo derecho a estar allí. Soy ciudadano de los Estados Unidos, aunque hoy en día ser estadounidense es una tarea muy complicada.




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