Miquel Ramos / Publico
Hace tan solo unos días, dos adolescentes norteamericanos se presentaron en una mezquita de San Diego, California, armados hasta los dientes. Su ropa y sus armas estaban decoradas con varios símbolos neonazis. Unas horas antes habían publicado en sus redes un manifiesto en el que explicaban lo que iban a hacer y porqué. El título del texto, La nueva cruzada: hijos de Tarrant, es una clara referencia a otro hecho similar, el ataque de Christchurch, Nueva Zelanda, en 2019 contra una mezquita que dejó 52 muertos, y un reconocimiento a su autor, el neonazi Brenton Tarrant. Los dos jóvenes, igual que Tarrant, retransmitieron en directo su acción, hasta que ambos terminaron con su vida de un disparo. También ante las cámaras.
Las ideas que reivindican estos dos asesinos para justificar su acción son hoy habituales en los discursos políticos de las extremas derechas que ya ocupan escaños y gobiernos en medio mundo. El Gran Reemplazo, la idea de que existe un plan de substitución de la raza blanca por parte de las élites que fomentan la inmigración; las conspiraciones antisemitas habituales que señalan a los judíos como artífices de todo ello, y la imposición de las doctrinas woke, del feminismo y de la igualdad. Todo se entrelaza en el universo neofascista salpicado de conspiranoias: el odio a las minorías, a las mujeres y a la diversidad, y la necesidad urgente de tomar partido, de convertirse en un soldado, de acelerar el colapso para traer una sociedad nueva. Una sociedad hecha a medida para quien siempre ocupó una posición de poder. Para los hombres blancos y occidentales.

Han pasado quince años desde que Anders Breivik, un noruego de extrema derecha, ejecutó a 69 adolescentes de izquierdas en la isla de Utoya, donde celebraban un campamento. Los eligió porque ellos serían los futuros líderes socialdemócratas del país, los responsables, según este asesino, de dejar entrar a los migrantes, de permitir la supuesta islamización de Europa. ‘España cristiana y nunca musulmana’ y ‘puto moro el que no vote’, los gritos que se corean en las recientes marchas ultras en nuestro país, o como diversión en los estadios de futbol, también hablan de eso. Son parte de ese combustible que alimenta las llamas del odio racista. La amenaza a la civilización occidental, otra cara de la misma moneda, otro miedo atávico a las invasiones bárbaras que pretenden acabar con nosotros.
Breivik también está citado en el manifiesto de los asesinos de San Diego. Como Payton Gendron, autor de la masacre de Búfalo, Estados Unidos, hace justo cuatro años. Gendron tenía solo 18 años cuando acabó con la vida de diez personas en un supermercado. Un neonazi, otro racista que decidió pasar a la acción y también, como Tarrant, retransmitirlo en directo. Son múltiples las referencias y similitudes a los textos que publicaron en su día Breivik y Tarrant, y que con el paso de los años han ido incrustándose en el imaginario de muchos jóvenes que entiende el mundo y su propia vida como una guerra por la supervivencia. De su raza, de su modo de vida, de su masculinidad, de ellos mismos.
Esta nueva masacre ultraderechista ha tenido poco eco mediático fuera de los Estados Unidos. Acostumbrados ya a recibir cada cierto tiempo la noticia de un tiroteo en el país de las armas, este tipo de noticias se diluyen en la frenética actualidad y en las prioridades informativas de muchos medios. Otro tiroteo más. Sin embargo, lo que quizás pase o quieran hacer pasar como una macabra anécdota no es más que una advertencia más de las consecuencias de una deriva cada vez más peligrosa, de una normalización vertiginosa de los odios y las violencias que atraviesan esta nueva era de auge fascista.
Y no nos pilla tan lejos. Esta semana pasada, la policía desarticulaba en Asturias a una banda neonazi que organizaba cacerías contra migrantes e izquierdistas, que las grababa y las compartía en sus redes como una gran gesta, como una misión cumplida. Lo más terrible de esto es que muchos de ellos, incluido su líder, eran menores de edad. El más joven, de catorce años. La misma semana, conocimos la brutal agresión que sufrió Pablo, un cocinero granadino, por llevar una camiseta antifascista. Le rompieron un pómulo y tuvo que ser operado. Hace unos pocos meses, la policía detuvo también en nuestro país a una célula del grupo terrorista neonazi The Base. Tenían armas, se habían entrenado para el combate y estaban dispuestos a pasar a la acción. No es la única célula nazi armada desarticulada estos últimos años en España.
Hay una larga lista de supuestos hechos aislados que no son sino advertencias de lo que se cuece. Aunque estos fanáticos dispuestos a la violencia sean relativamente pocos, cabe preguntarse cuántos son pocos y qué daño pueden hacer. En San Diego, tan solo bastaron dos adolescentes. En Christchurch, igual que en Utoya, un solo hombre. Entre los dos, más de cien muertos. Pero más allá de ellos, sirviendo el pan ideológico que los alimenta, están quienes hacen del odio su negocio y su virtud. Una supuesta virtud que seduce a una parte de la juventud que se cree rebelde por ser racista, machista y nazi.
Las señales de alarma no son pocas, por mucho que esta nueva atrocidad se diluya entre tantas otras. De los discursos de odio presentados como opiniones respetables sin sanción ni reproche, a la acción violenta, hay tan solo un pequeño paso. Nada que no hayamos advertido y comprobado mil veces ya. La banalización de estos avisos, las equidistancias refugiadas en los discursos de una supuesta ‘polarización’ que enfrenta a una sociedad rota, no hacen sino minimizar los hechos, desligarlos de lo que los provoca, absolviendo a sus promotores, a aquellos que escupen fuego, pero nunca se manchan las manos. Y sacan provecho de ello. Por eso es importante que este nuevo ataque neonazi no pase desapercibido. Por eso es imprescindible que señalemos a quienes lo azuzan desde sus púlpitos. Por mucho que las democracias los hayan invitado a la mesa, y nos pretendan hacer creer que todas las ideas, también estas, son igual de respetables.




Deja un comentario