Jonathan Martinez / GARA-NAIZ
Esta semana he sabido de la muerte de Luis Puenzo, el director de cine que dio un Óscar a Argentina con la película “La historia oficial”. Supongo que la noticia ha pasado más o menos desapercibida. En la prensa de Buenos Aires, sin embargo, lo recuerdan como un cronista temprano de la dictadura y el terror de Estado. Hace ahora un mes, el país celebraba el Día de la Memoria con un remolino de protestas contra el revisionismo histórico de Javier Milei. Las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo anudaron sus pañuelos. Las fotografías de los desaparecidos volvieron a tomar las calles. El golpe militar cumplía 50 años.
En «La historia oficial», Luis Puenzo habla de los bebés robados y retrata a una de esas familias bienestantes que prosperaron gracias a la dictadura. La sombra de los niños perdidos se alarga hasta nuestros días. El pasado mes de julio, las familias de los represaliados festejaron la restitución del nieto 140. Se sabe que nació en el centro clandestino «La Escuelita» de Bahía Blanca porque así lo contaron los supervivientes. A su madre, Graciela Alicia Romero, la secuestraron en su domicilio de Cutral-Có cuando estaba embarazada de cinco meses. Los militares se llevaron también a su padre, Raúl Eugenio Metz. Ambos militaban en el PRT-ERP. Por eso los torturaron y los desaparecieron.
Uno entra en la película de Puenzo con prudencia y cuando sale ya no se reconoce a sí mismo. Desde ese mismo instante, es imposible no ver por todas partes gente que busca, gente que no sabe y quiere saber, pedacitos de vidas nunca contadas que se ensamblan torpemente entre sí hasta formar eso que llamamos, con mayúsculas, Historia. Me resisto a recordar, pero recuerdo la primera vez que vi «La historia oficial». Desde entonces, viven conmigo los nombres de los desaparecidos, cuerpos extraviados que me habitan en silencio, me despiertan por las noches y se aferran a mí con la esperanza de no sucumbir al olvido.
Hablo en sueños con los familiares del miliciano Manuel Hernáez Ruidíaz, cuyos huesos salieron a la superficie el pasado verano en el cementerio de Zornotza. Hace unas pocas semanas se confirmó su identidad. Tenía 26 años cuando encontró la muerte y ha pasado casi 90 años bajo tierra. Ahora, después de un largo abismo, se reencuentra por fin con su hija. Ella carga con una ausencia de casi un siglo. Él será para siempre joven, unido en la muerte y la memoria a sus compañeros del batallón Zabalbide de Izquierda Republicana, defensores del Cinturón de Hierro, combatientes del Ejército de Euzkadi.
Hace unos años, Iñaki Egaña me contó que estaba poniendo orden a las historias de nuestros desaparecidos, no los de la guerra del 36 sino los que vinieron después. El libro terminó llamándose «Objetos perdidos». El título remite a Garbiñe Garate, madre de Mikel Zabalza, que se personó en el cuartel de Intxaurrondo preguntando por su hijo. «Vaya a objetos perdidos», le respondió un agente. ¿Merece la pena proseguir las pesquisas? Una vieja frase de José Antonio Sáenz de Santa María sirve para justificar la investigación de Egaña: «Hechos como el caso Almería, Cubillo, Montejurra, Argala, Pertur… no conviene investigar, por el bien de España».
Cabe adivinar que en los próximos meses se hablará largo y tendido sobre Eduardo Moreno Bergareche, «Pertur», pues este verano se cumplen 50 años desde que desapareció en Behobia. El Centro Memorial de Gasteiz ha inaugurado esta semana una muestra donde se exponen enseres personales del dirigente de ETA (pm). En los actos ha participado su pareja, Lourdes Auzmendi, que atribuye el crimen a los comandos bereziak. Basándose en testimonios abiertos y diligencias judiciales, Egaña apunta que Pertur se evaporó cuando acudía a una cita organizada por agentes policiales. Las indagaciones de EHU también acumulan indicios compatibles con la hipótesis de la guerra sucia.
Gogora, que viene de demonizar el legado de Txiki y Otaegi, ha previsto oficiar algún evento en memoria de Pertur. Como el PP teme que los actos revistan carácter de homenaje, la consejera María Jesús San José ha prometido que su objetivo será «deslegitimar el terrorismo». El acertijo está servido, pues Pertur no solo militó en la misma organización que Txiki y Otaegi, sino que además lo hizo en grado de dirigente aun después de la muerte de Franco. El caso es que el Gobierno Vasco anda pulsando la opinión de la familia. Está por ver qué clase de equilibrismo nos regala esta vez Gogora para no dibujar a Pertur como una víctima de sí mismo.
Hojeando el libro de Egaña, reconozco de inmediato el nombre de Josu Zabala Salegi, «Basajaun», cuyos familiares han empezado a formularse algunas preguntas públicas. El realizador Aitor Karasatorre se ha puesto a recabar fondos con el propósito de llevar la historia al cine. Todo ocurrió en la primavera de 1997. Basajaun desapareció en Bilbao y apareció cuatro días después en Punta Mendata con una pistola a la altura de la mano y un disparo en el corazón. Aunque nunca se encontró la bala, tanto el Gobierno Vasco como el Gobierno español sostuvieron la tesis del suicidio. La familia se agarró a las investigaciones para avalar la hipótesis del crimen. Apoyándose en el informe de otro militante, ETA arrojó sus sospechas sobre la Ertzaintza.
Cuenta María Jesús Salegi que su marido, José Ramón Zabala, murió sin conocer la verdad sobre su hijo. No sabemos si esa verdad terminará imponiéndose a la historia oficial. De momento, el documental Basajaun 1997 se abre paso justo cuando se anuncia en Bilbao la nueva academia del cine vasco y justo cuando el cine español comienza a rodar su tercera película consecutiva sobre policías infiltrados en ETA. Después de haber dirigido la serie «Salvador», criticada por su representación de la extrema derecha, Daniel Calparsoro ha comenzado a rodar «El confidente» en las calles de Gros. Nuestra historia está llena de cine, pero sospecho que nunca tuvimos un Luis Puenzo al que hoy podamos llorar.




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