Iñaki Egaña / NAIZ

El cambio climático avanza, con datos experimentales que demuestran cómo hace medio siglo nevaba en estas fechas de abril, mientras estos días las temperaturas han rebasado los 30 grados. El mes de abril de 1976 fue convulso con los ecos aún de la masacre de Gasteiz y recientes hechos como la fuga de presos de Segovia, la huelga de Michelín-Lasarte, la muerte de Angel Berazadi y un agente de la Guardia Civil al arrancar una ikurriña-trampa, separatista en la narrativa gubernamental, bandera a secas en la prensa del Régimen. Las fuerzas policiales habían matado en emboscadas a Oriol Solé –uno de los fugados de Segovia–, Manuel Garmendia y Bernardo Bidaola, mientras que, según datos exclusivos del entonces Ministerio de Gobernación, únicamente en ese mes habían sido detenidas en Euskal Herria 727 personas, 200 de ellas en el convento de los dominicos de Atarrabia mientras celebraban una asamblea para preparar el Primero de Mayo. El Gobierno de Nafarroa y el de la CAV certificaron hace unos años que un alto porcentaje de aquellos detenidos sufrieron tortura.

Mientras, en ese mes ventoso y cubierto en sus cimas por mantos blancos de nieve, lejos de los fastos de la Semana Santa cristiana, los reyes españoles, junto a sus hijos, disfrutaban de su condición en Baqueira, envueltos en un aura etérea que les mantenía ajenos a las batidas policiales. Dicen que esquiaban. Hoy, el cabeza de la familia real reside en un búnker de la isla de Nurai, en el caluroso Abu Dabi, la capital de los Emiratos Árabes Unidos, huyendo del fisco, junto a su nieto Froilán. Y su hijo reina en el Reino de España, valga la redundancia.

El Aberri Eguna de 1976 se celebró entonces, como este año, en Iruñea. Las fuentes que indicaban la sistematización de la tortura y la prohibición de actos reivindicativos patrios y sus símbolos siguen cerradas por una Ley de Secretos Oficiales amparada desde el franquismo. Pero los archivos desclasificados de la Guardia Civil nos permiten comprobar su dinámica a través de unas valoraciones muy centradas: «La línea marcada por el PNV es prácticamente pacífica e inoperante, pretendiendo que el día 18 de abril, ‘Aberri Eguna’, sea ‘El día histórico de la gran reconciliación nacional’, mientras ETA desea convertir el citado día en ‘fecha señalada de lucha y acción’. Surgió así un reto entre ambas posturas, difundiendo por tal motivo el PNV un comunicado, en el que acusaba a ETA de intentar hacer inviable una posible amnistía». 

Lo relatado por la Guardia Civil no difería en exceso de lo que sucedía en el mundo real, al menos por una vez. La denominada «apertura», que provocaba tantos deseos de protagonismo por parte de las fuerzas políticas que esperaban su legalización a corto plazo, abría y cerraba puertas. PCE, PSOE y PNV habían hecho gestiones con José Ruiz de Gordoa, gobernador civil de Iruñea, para que permitiera la celebración del Aberri Eguna en la capital navarra y por eso lanzaron una campaña bajo las consignas de un día patrio pacífico y folclórico. Como quiera que las gestiones no dieron fruto, el Gobierno Vasco en el exilio desconvocaría la cita aduciendo «la grave tensión creada por incidentes de todo género que se suceden desde hace varias semanas sin objeto aparente muchos de ellos». Enrique Múgica Herzog, dirigente del PSOE, había apuntado, antes del descuelgue: «deseamos que el Aberri Eguna no consigan perturbarlo ni una minoría de fanáticos iluminados ni quienes persisten en mantener las estructuras autoritarias del poder de estos años pasados». La equidistancia. La Guardia Civil y la Policía Armada impidieron el acceso a la capital del Viejo Reino, reprimiendo violentamente cualquier concentración y practicando numerosas detenciones.

Entre esas 727 detenciones en abril de 1976 hubo una especialmente significativa por la visibilidad pública que tuvo el caso. Las fotografías de Amparo Arangoa Satrustegi, natural de Leitza, torturada en el cuartel de la Guardia Civil de Tolosa, causaron sensación en la opinión pública, ya que fueron publicadas en el semanario “Zeruko Argia” y en “Cambio 16”. Las fotos enseñaban a una Amparo llena de moratones y con la cara desfigurada por el trato recibido. La Guardia Civil llevó el tema a los tribunales militares por un «delito de injurias y calumnias». La familia puso una denuncia por torturas en un juzgado de Iruñea que no fue admitida siquiera a trámite. Entre los agentes del cuartel de la Guardia Civil de Tolosa, dos clásicos: Antonio Tejero y Jesús Muñecas. Torturadores del Régimen y ambos golpistas en 1981. 

Amparo trabajaba en la papelera Sarrio de Leitza y militaba en ORT. A consecuencia de las torturas, estuvo ingresada en el hospital Virgen del Camino de Iruñea, donde recibió la visita de Patxi Zabaleta y Javier Yaben, quien la fotografió en su estado. Tras la publicación y censura de las fotos, Telesforo Monzon las difundió en la Bienal de Venezia, consiguiendo que fueran editadas en “The Times” y en el informe anual de Amnesty International, entre otros. Ante el escándalo, Manuel Fraga, entonces ministro de Gobernación y también hasta su muerte académico de la muy real y española Academia de Ciencias Morales y Políticas, señaló que a Amparo Arangoa apenas le habían dado unos azotes «donde la espalda pierde su honrado nombre».

La imagen de las torturas a Arangoa precedió a las de Joxe Arregi (1981) y Unai Romano (2001). Las tres se convirtieron en icónicas, en tres épocas diferentes y recorrieron el planeta. Amparo falleció en 1991. Mariano Ferrer escribió unas líneas entonces, a modo de epitafio, de renovada actualidad en este abril de 2026: «A la vista estaba el cuerpo del delito. La tortura no desapareció por ello, pero Amparo consiguió con esa valiente exhibición de su cuerpo maltrecho que la sociedad, siempre reacia a encajar lo desagradable, reconociera que la denuncia de la tortura era la defensa de la dignidad humana. Amparo fue nuestro amparo en aquellos desamparados esfuerzos por demostrar lo evidente».

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