Cristina Gutiérrez Meurs / GARA-NAIZ
La Prisión Central de Saturrarán se demolió en 1987. Fue una de las jaulas para mujeres más represiva del franquismo. Entre 1938 y 1944 más de un centenar de reclusas y no se sabe cuántas pequeñas criaturas desaparecieron en ella.
En 2007, Gobierno Vasco inauguró un memorial para recordar (no olvidar) a las mujeres (¿más de 4000?) que sufrieron el horror de una arquitectura de piedra que, según cuando, también fue balneario, hotel, seminario o cuartel militar. Un díptico de hierro, obra del gran artista vasco Néstor Basterretxea.
Sobrevivientes, familiares y ciudadanía contemplaron esperanzadas cómo la memoria parecía abrirse camino. Un espejismo. En 2019 visité el memorial por primera vez. Me costó encontrarlo, descontextualizado, en una campa despeluchada y compartiendo espacio con un merendero cutre y degradado.
Resultaba entonces obsceno interiorizar el grado de abandono y deterioro de la obra. En 2021 volví a visitarlo. En esta ocasión no tardé en localizar las dos partes del todo, pero la corrosión ya afectaba a toda la estructura. Esta semana de Pascua he aprovechado para acercarme de nuevo a fotografiar la obra de Basterretxea y constatar que el homenaje ha perdido literalmente la vertical (una parte no tardará mucho en caer). El daño es irreversible. Reparo en cómo las olas arrastran la huella en la arena y me vienen las preguntas.
¿Por qué se dejan oxidar los metales? Al Ayuntamiento de Mutriku, ¿no le corresponde mantenerlos lustrados? El hecho de que solo 3 de las 118 reclusas cuyos nombres aparecen grabados en el díptico fuesen vascas, ¿resta peso a la cimentación de nuestra memoria? ¿Pondera menos el reconocimiento de la violencia cuando ésta se ejerce sobre las mujeres y sobre determinadas mujeres? Está documentado cómo a las madres allí enjauladas les fueron arrebatados sus hijas e hijos pero, ¿hasta qué punto puede desplegarse el negacionismo del crimen del robo de bebés en el Estado español? En el molde vacío de Saturrarán, algunas respuestas.




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