Enzo Traverso / Barcelona Metropolis
Hace cincuenta años, la muerte de Franco despertó un doble sentimiento: por un lado, la esperanza justificada de una posible transición hacia la democracia en España; por otro, la creencia generalizada de que la era del fascismo había terminado. No era una percepción equivocada, pero el fin del fascismo histórico no ha significado el fin del fascismo como tal. El siglo XXI ha revelado nuevas formas de fascismo, distintas de las antiguas, pero igualmente peligrosas y letales para la democracia.
Quizás la metamorfosis del antiguo fascismo ya la anunció la dictadura de Pinochet en Chile, que reprodujo muchos rasgos de la violencia fascista, incluidos los campos de concentración, y abrió una nueva era del capitalismo neoliberal. En Europa, tras destruir a la izquierda y los sindicatos, el fascismo intentó integrar a las clases trabajadoras en su sistema de poder mediante políticas autoritarias de bienestar. En Chile, Pinochet combinó la brutalidad de una dictadura militar con el salvajismo de la sociedad de mercado.
El hecho es que, independientemente de sus genealogías, a escala mundial está surgiendo una nueva ola de movimientos y gobiernos autoritarios de extrema derecha, lo que vuelve a colocar la cuestión del fascismo en el centro del debate. Donald Trump, Javier Milei, Viktor Orbán y Marine Le Pen no se describen a sí mismos como fascistas, e incluso Giorgia Meloni, que nunca había ocultado su admiración por Mussolini, ha abandonado cualquier referencia al fascismo desde que es jefa del Gobierno. Sin embargo, crean una constelación que, pese a todas las diferencias obvias e incontestables, recuerda irresistiblemente al fascismo.
Quizá estamos ante una especie de “posfascismo”, concepto que hace referencia tanto a un distanciamiento histórico del fascismo clásico como a una transformación significativa en sus rasgos ideológicos, sociales y políticos. A diferencia de los líderes fascistas del siglo XX, que despreciaban abiertamente la democracia, la retórica posfascista no es antidemocrática. Los nuevos partidos y gobiernos de extrema derecha aceptan el marco institucional de la democracia liberal. Quieren destruir la democracia desde dentro, no desde fuera. Son una amenaza para la democracia, pero no actúan como lo ha hecho el fascismo histórico. Desafían la dicotomía tradicional entre fascismo y democracia en un momento en que la propia democracia parece agotada, desacreditada, vaciada y despojada de las virtudes originales.
J. D. Vance, vicepresidente de Estados Unidos, equiparó la libertad con Alternativa para Alemania (AfD) en un viaje a Múnich; Giorgia Meloni defiende la democracia italiana ante una amenaza encarnada por el antifascismo; todos los gobiernos occidentales apoyan a Israel como una isla democrática rodeada de bárbaros oscurantistas y secundan un genocidio en nombre de la lucha contra el antisemitismo. Estos gobiernos propugnan medidas racistas y xenófobas para sostener la democracia frente al fundamentalismo islámico, y afirman defender los derechos humanos a la vez que lanzan campañas xenófobas y racistas contra los inmigrantes, a veces deportándolos al equivalente moderno de los campos de concentración. Su lenguaje ha cambiado el significado de las palabras mediante una especie de metamorfosis orwelliana.
Un posfascismo puramente conservador
Paradójicamente, la “novedad” de esta extrema derecha emergente es el conservadurismo. Al final de la Primera Guerra Mundial, el fascismo tenía una poderosa dimensión utópica; se presentaba a sí mismo como la revolución, hablaba del hombre nuevo, del Reich de los mil años… Afirmaba que el mundo se derrumbaba y ofrecía una alternativa para el futuro. En otras palabras, tenía un horizonte utópico. Hoy, el posfascismo es puramente conservador. Advierte de un “gran reemplazo” que amenaza a la civilización occidental y pretende defender los valores tradicionales: familia, soberanía, culturas nacionales, civilización “judeocristiana”, etc.
El posfascismo ha perdido la capacidad de inspirar a la gente a soñar en un futuro distinto y aboga por restablecer el orden y la seguridad.
En general, estos movimientos han perdido la capacidad de inspirar a la gente a soñar en un futuro distinto; abogan por restablecer el orden y la seguridad (económica, política, cultural y psicológica). Incluso el lema de Donald Trump, “Make America Great Again”, el más convincente para sus seguidores, no es un eslogan conquistador, sino un anhelo de regresar a una época dorada perdida, cuando Estados Unidos era un país poderoso y próspero. Mientras codicia Canadá y Groenlandia para reforzar su estatus de superpotencia, ha abandonado sus anteriores ambiciones hegemónicas. El sueño de establecer un orden mundial estadounidense ha terminado.
Lo nuevo —y que recuerda a la década de 1930— es la capacidad del posfascismo para encontrar un vínculo orgánico con las élites económicas, como demostró espectacularmente la ceremonia de investidura de Trump. Quizá el escenario más probable para los años venideros sea una forma autoritaria de neoliberalismo. Hasta ahora, los líderes y movimientos posfascistas aparecían como outsiders que desafiaban al establishment y proponían una alternativa conservadora al neoliberalismo; hoy, se han convertido en interlocutores fiables para las élites económicas de la Unión Europea (UE), Estados Unidos y también muchos países latinoamericanos.
Las élites neoliberales no anhelan un “Estado total” como la Italia de Mussolini, la Alemania de Hitler o la España de Franco; su objetivo es un estado de excepción que suspenda la democracia.
Por supuesto, es difícil predecir cuánto va a durar esta nueva alianza entre posfascismo y neoliberalismo. En la UE todavía estamos lejos del poder oligárquico que surge en Estados Unidos con Trump, pero se da una tendencia similar. Lo que parece bastante claro es que las élites neoliberales no anhelan un “Estado total” como la Italia de Mussolini, la Alemania de Hitler o la España de Franco; su objetivo es un estado de excepción que suspenda la democracia estableciendo su propio gobierno, un poder político basado en el principio de la “autonomía del capital”, que es diferente de la “autonomía política” teorizada por ideólogos fascistas como Carl Schmitt. El posfascismo es “decisionista” en la medida en que menosprecia a los parlamentos, gobierna mediante órdenes ejecutivas y cuestiona muchas leyes constitucionales, pero su autoritarismo es revisado y corregido por los dogmas del neoliberalismo. Un encuentro entre Carl Schmitt y Friedrich von Hayek.
La alianza entre la extrema derecha y las élites
Este cambio estratégico era casi inevitable. En el pasado, los líderes de extrema derecha denunciaban la globalización neoliberal. Actualmente, la alianza entre estos movimientos populistas de extrema derecha y las élites mundiales prevalece en todas partes. Aquí se perfila una extraña coalición entre los más pobres y las capas más ricas de la sociedad. Este ha sido probablemente el mayor logro del posfascismo: ganarse tanto el apoyo de amplios sectores de las clases trabajadoras como la confianza de las élites mundiales.
La derecha radical se basa en el paradigma populista clásico del pueblo “bueno” que se enfrenta a las élites corruptas, pero ha reconfigurado la narrativa. En el pasado, la gente “buena” se refería a una comunidad étnicamente homogénea (arraigada en la tierra) opuesta a las “clases peligrosas” de las grandes ciudades. Tras el fin del comunismo, una clase obrera derrotada y sitiada por la desindustrialización se reintegró en la virtuosa comunidad nacional. Los “malos” del imaginario posfascista —inmigrantes, musulmanes y negros de los suburbios, mujeres con velo, drogadictos y outsiders— se funden con las clases ociosas (no necesariamente acaudaladas) que adoptan costumbres liberadas: bohemios, feministas, personas LGBTQ, antirracistas, ecologistas, defensores de los derechos de los inmigrantes y manifestantes contra el genocidio de Gaza.
En el extremo opuesto, los “buenos” son nacionalistas, antifeministas, homófobos, xenófobos y abiertamente hostiles a la ecología, al arte contemporáneo y a los intelectuales. Como ha sugerido pertinentemente Michel Feher, la continuidad entre el viejo nacionalismo, el fascismo y el posfascismo reside en una persistente dicotomía imaginaria entre “productores” y “parásitos”: los primeros, virtuosos trabajadores y trabajadoras explotados vergonzosamente por los segundos, un grupo heterogéneo que incluye tanto a las élites financieras como a los inmigrantes que se benefician de la seguridad social y de los servicios de bienestar en los respectivos países de acogida. En la primera mitad del siglo xx, el discurso nacionalista y fascista presentaba a esta burguesía “parasitaria” como judía; hoy se le considera cosmopolita y globalista.
Ilustración ©Natàlia Pàmies
Sin embargo, el imaginario posfascista —en particular, su visión de la sexualidad— es más complejo de lo que podrían sugerir la estigmatización de los “contramodelos” y la búsqueda de chivos expiatorios. Pese a su carácter neoconservador, el posfascismo no debe interpretarse como un simple retorno a los estereotipos victorianos. Surgido en sociedades de mercado moldeadas por el individualismo posesivo, ha roto con el ideal fascista y, en muchos casos, reivindica el legado de la Ilustración. En la era postotalitaria de los derechos humanos, esto le confiere respetabilidad. El posfascismo no justifica su guerra contra el islam con los viejos argumentos, ahora inaceptables, del expansionismo imperial y el racialismo doctrinal, sino con su propia interpretación del legado de la Ilustración. Marine Le Pen, Viktor Orbán y Giorgia Meloni pretenden defender a los europeos de los inmigrantes, pero también quieren proteger a las mujeres del oscurantismo islámico. La homofobia y el homonacionalismo islamófobo coexisten dentro de esa derecha radical en evolución.
En los Países Bajos, el feminismo y los derechos de las personas homosexuales han sido las banderas de una violenta campaña xenófoba contra la inmigración y los musulmanes, dirigida primero por Pim Fortuyn, que era abiertamente gay, y después por su sucesor, Gert Wilders, defensor de los derechos de las personas homosexuales. Alice Weidel, líder de AfD, es lesbiana y se declara partidaria de la familia tradicional y contraria al matrimonio entre personas del mismo género. Hoy en día, el legado de la Ilustración se reformula en una nueva versión del orientalismo, basada en una cosmovisión dicotómica que opone civilización, racionalidad, progreso y libertad a barbarie, fanatismo y oscurantismo.
La diferencia más significativa entre el fascismo y el posfascismo radica probablemente en la visión del Estado. El fascismo nació después de la Gran Guerra, en la era del advenimiento del Estado total, el fin del capitalismo del laissez-faire y el auge del intervencionismo estatal en la economía: el keynesianismo, el New Deal, el fascismo y los planes quinquenales soviéticos pertenecen a la misma era del estatismo. El posfascismo ha surgido en una era completamente distinta, una era de mesianismo de mercado libre y capitalismo neoliberal. Sus rasgos autoritarios coexisten con el culto a la sociedad de mercado.
El apoyo de las élites económicas tiene un alto precio: el abandono del estatismo.
En este contexto, el apoyo de las élites económicas tiene un alto precio: el abandono del estatismo. Antes de llegar al poder, ni Mussolini ni Hitler contaron con un apoyo de las élites financieras e industriales de sus países comparable, ni de lejos, al que recibió Donald Trump de muchos multimillonarios estadounidenses, o al que Marine Le Pen obtuvo del imperio mediático controlado por Vincent Bolloré. En muchos aspectos, las élites mundiales recuerdan a los “sonámbulos” a les puertas del 1914, los poseedores del “concierto europeo” que tropezaron con la catástrofe sin darse cuenta de lo que estaba ocurriendo.
Durante los años de entreguerras, las democracias liberales contemplaron el ascenso del fascismo con una mezcla de incomprensión y complacencia, ejemplificada perfectamente por la no intervención de Francia y Reino Unido durante la guerra civil española, y sus concesiones a Hitler en la Conferencia de Múnich de 1938. Sigue habiendo una ambigüedad similar. Como señala pertinentemente Wolfgang Streeck, el cosmopolitismo económico y cultural de las élites mundiales ha engendrado, por reacción, “una forma de nacionalismo antielitista desde abajo”, basado en la dicotomía antes mencionada entre “productores” y “parásitos”. El posfascismo da una expresión política a este resentimiento, a la vez que gana respetabilidad y credibilidad a los ojos de las propias élites financieras e industriales. Es difícil saber cuánto tiempo podrá conciliar estas tendencias contradictorias.
Desde la década de 1990, es decir, desde el final de la Guerra Fría, tanto las fuerzas gubernamentales de izquierdas como las de derechas han abrazado el neoliberalismo como una especie de pensée unique. Esta es la premisa principal del ascenso espectacular de la extrema derecha, que finalmente ha surgido como alternativa. Según Wendy Brown, la derecha radical es la respuesta antidemocrática al proceso de “deshacer la democracia” llevado a cabo por la razón neoliberal. En un famoso aforismo de 1939, Max Horkheimer escribió: “Quien no quiera hablar del capitalismo debería callar sobre el fascismo”. Hoy podríamos decir: “Quien no quiera hablar de neoliberalismo debería callar sobre el posfascismo”. Pero neoliberalismo y posfascismo no son sinónimos; más bien son aliados precarios.
Referencias bibliográficas
Brown, W. Undoing the Demos: Neoliberalism’s Stealth Revolution. Nueva York, Zone Books, 2017.
Feher, M. Producteurs et parasites. L’imaginaire si désirable du Rassemblement National. París, La Découverte, 2024.
Streeck, W. “The Return of the Repressed”. New Left Review, 104. 2017.




Deja un comentario