La pérdida de la identidad nacional, la supuesta amenaza cultural o preocupaciones vinculadas al estilo de vida son algunos de los factores que están haciendo que votantes potencialmente de izquierda lleven al poder a partidos como VOX.
Guillermo Martinez / La Marea
Lo dicen todas las encuestas. Lo vemos en la tele, en la calle. Lo escuchamos en las conversaciones más cercanas. Nos salta en nuestras redes sociales. No hace falta irse a lugares remotos para darse cuenta (de una vez por todas) de cómo la ultraderecha está ascendiendo peligrosamente, a base de ruido, de desinformación, de mentiras, a golpes de Trump, en todo el mundo. Con Kast en Chile, con Milei en Argentina, con Meloni en Italia, la lista es larga… Con Vox como estandarte en España y Ayuso como principal valedora. Y sí, como si no fuera con nosotros, como si los obreros que se decantan por estos partidos vivieran realidades diferentes a las nuestras, siempre nos hacemos la misma pregunta con esa incredulidad que suscita que políticas, en muchos casos contrarias a los derechos humanos, estén consiguiendo el apoyo de la ciudadanía: ¿por qué la clase obrera vota cada vez más a la ultraderecha si supuestamente gobierna en contra de sus intereses?
Sumados a la apatía y el hartazgo que provocan las opciones políticas que históricamente han reivindicado la defensa de los trabajadores, los sentimientos y afectos generados a través los discursos de partidos como el liderado por Santiago Abascal, Se acabó la fiesta (SALF) o Aliança Catalana en Catalunya están terminando de desplazar la conciencia de clase en este país, según los diferentes analistas consultados para este reportaje.
La imagen del currela sin estudios universitarios votando de forma disciplinada a la izquierda tiene ya, a estas alturas, más de imagen mitológica que de real, describe gráficamente el investigador en el Instituto de Filosofía del Centro Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) César Rendueles, que incide no solo en el cambio de voto, sino en la necesidad de cambiar el análisis para entender por qué se produce ese viraje: «Entre la izquierda se da una especie de ilusión intelectualista y moralista que nos hace pensar que el voto es resultado de un proceso de análisis complejo y concienzudo, pero no vivimos en las relaciones de producción».
Esas relaciones, al igual que las económicas, que sí pueden marcar la clase social a la que pertenecemos, aparecen mediadas por las emociones, «por la vida cotidiana y la relación con los demás», prosigue Rendueles. «Los sentimientos son un motor político de primer orden. Es algo que nos cuesta muchísimo aceptar y tendemos a creer que las personas más humildes que se decantan por la extrema derecha son malvadas o idiotas, pero no es así», afirma. Estudiar la composición de clases en España no es tarea fácil. Para poder analizar la población con gravísimas dificultades económicas para llegar a fin de mes o en una situación de pobreza relativa o material severa, hay que fijarse en el 30% de quienes menos ganan. «Los intereses de esas personas no están en el programa electoral de ningún partido», explica el investigador del CSIC.

Es decir, mencionar palabras como «obreros» y «asalariados», o conceptos como «clase trabajadora» en los discursos políticos puede llegar a movilizar a algunas personas, «pero su uso abusivo viene cuando creemos que así se movilizan los intereses de todo el mundo», reflexiona Rendueles. En todo ese viraje, según las fuentes consultadas –desde especialistas a particulares–, la migración, la inseguridad y la incertidumbre se convierten en los factores más repetidos.

Jesús C. A., transportista autónomo de Granada, tiene 44 años y lleva más de media vida, desde los 21, en la carretera: «Yo siempre he escuchado decir a mi padre que la izquierda era el partido del obrero». Ahora asegura sentirse cada vez más inseguro «con leyes que defienden al delincuente», por lo que ha decidido dejar al PSOE a un lado y apoyar al partido de Abascal. Para este camionero, los avances logrados en materia de derechos laborales por el Ministerio de Trabajo y Economía Social, con Yolanda Díaz al frente, al final no se materializan en el día a día del trabajador y simplemente «sirven para exprimir al empresario».
Jesús señala la migración como uno de los principales asuntos que le han hecho cambiar su voto. «Estoy harto de ver cómo el Gobierno se llena la boca diciendo que da ayudas. Está feo decirlo, pero aquí parece que solo te las dan si tienes apellido marroquí o eres de etnia gitana», sostiene. En España, sin embargo, no existe ningún procedimiento administrativo que priorice la adjudicación de ayudas según la procedencia de las personas y, a pesar de ello, es un bulo que se ha extendido como la pólvora. De todas formas, en ese contexto, el camionero granadino recalca que es la inseguridad lo que le hace pensar que Vox «es el único partido que tiene un plan para frenarla».
El chivo expiatorio
La evidencia científica constata que hay una desalineación muy clara entre la clase a la que se pertenece y la ideología de cada uno, sostiene Manuel Rodríguez, consultor político y de innovación social en Cámara Cívica, una entidad de economía social especializada en acercar la política a la ciudadanía mediante la divulgación, la educación y la comunicación política. Según los últimos estudios realizados y citados por este politólogo, existe una percepción social cada vez mayor de la desconexión entre los partidos de izquierda que dicen representar a la clase obrera y las preocupaciones de esa misma clase. «A la vez, la derecha radical ya no siempre es elitista, así que también puja por ese voto», añade.
El discurso de la extrema derecha también se basa en ideas como la igualdad, pero siempre desde un punto de vista excluyente. «Algo así como esa idea de que un español tiene derecho a vivir bien y son los inmigrantes los que le quitan el trabajo y los servicios públicos. Así señalan un chivo expiatorio, un enemigo, y se genera un integrismo contra una supuesta amenaza externa», destaca. Marta G. Alcántara tiene 47 años y trabaja en el aeropuerto Adolfo Suárez Madrid-Barajas. Conduce las pasarelas telescópicas que unen el avión con la terminal, y vive en Vicálvaro, un barrio al este de la capital. Estudió en la escuela pública y proviene de una familia humilde. A lo largo de su vida, ha trabajado cuidando niños, en una gasolinera, en un locutorio y limpiando, hasta que llegó al aeropuerto en 2006 con la apertura de la T-4. En su casa siempre fueron de izquierdas, dice, pero ella se decanta por la derecha: «Me parecen todos el mismo perro con diferente collar, pero esto de la corrupción en la izquierda… Es que roban a los curritos».
También considera que la derecha es «más seria» con la inmigración, una cuestión que considera en estos momentos como «descontrolada». Alcántara dice que aún no ha votado a la ultraderecha, aunque conoce a gente de su alrededor afín a la izquierda que ya ha apoyado en las urnas al partido de Abascal. Según una encuesta del instituto 40dB. para El País y la Cadena SER, Vox se dispara al 18% y eleva a 13 puntos la ventaja del bloque de la derecha sobre la izquierda.
Las entrevistas se realizaron entre el pasado 29 de diciembre y el 5 de enero, es decir, después de la intervención de Donald Trump sobre Venezuela y la captura de Nicolás Maduro, que Santiago Abascal apoya sin fisuras. De este modo, la tesis planteada por los especialistas consultados ve como un error pensar que el voto se decide tras un análisis de las condiciones materiales de vida. Lo que realmente define el voto, según los expertos, tiene que ver con constructos como la pérdida de la identidad nacional, la amenaza cultural o preocupaciones vinculadas al estilo de vida. «Estos son aspectos mucho más importantes de lo que nos creemos», insiste Rodríguez, que ilustra la idea con ese pensamiento ligado a la batalla del penúltimo contra el último: «Bien, yo soy un español, un currela, pero lo que no voy a permitir es que alguien de otro país esté por encima de mí en el mío propio».

Esa idea de «los españoles primero» es la que ha conseguido que Santiago Martínez se decante por Vox y el PP. Él es camarero, tiene 32 años y vive en casa de sus padres, en Alcalá de Henares: «Yo voto a la derecha pero me han catalogado los demás como facha. Sí es verdad que mis ideas están más ligadas al patriotismo, no a la política partidista, sino a la unión de la nación».
Intentó vivir independizado, pero con su sueldo solo podría «sobrevivir», así que decidió volver con sus progenitores. La vivienda es otro tema crucial para él. «Los alemanes y los belgas han comprado toda la Costa del Sol y sus casas están vacías. ¿Eso qué mueve la economía? ¿Solo en verano? Y los pisos vacíos de los bancos deberían salir a unos precios razonables», se pregunta. Sobre la migración, Martínez, como otras personas entrevistadas que han cambiado su voto, también cree que «ha crecido demasiado». Desde su punto de vista, es un fenómeno que se debería haber controlado. «Si decía algo así hace unos años me podían llamar racista, pero ahora no. Eso sí que ha cambiado», indica. Esta normalización de los discursos xenófobos está contribuyendo también al crecimiento de potenciales votantes de izquierda entre la extrema derecha.
Pese a todo, este camarero admite haber votado a PACMA en las últimas elecciones europeas. Sin embargo, en el caso de los comicios municipales de 2023, la papeleta que introdujo en la urna, según indica, fue la de Vox. También dice que votó a Isabel Díaz Ayuso en la Comunidad de Madrid. «En Alcalá quería hacer más daño, ser más drástico y castigar de forma más severa, así que decidí buscar el extremo», explica el trabajador.
Contra el feminismo
La extrema derecha también ha sabido explotar el aspecto más social. Por un lado, una de sus banderas es la lucha contra el movimiento feminista, las políticas públicas encaminadas a la igualdad de género y lo que consideran como «chiringuitos subvencionados». La misma trabajadora del aeropuerto Marta G. Álcántara, sin haber votado a Vox, ha comprado parte del discurso ultra al asumir postulados como el siguiente, referido a la violencia machista: «No me considero feminista porque hay mujeres que pueden abusar o maltratar a un hombre». Por otro lado, estos partidos son los primeros en articular discursos xenófobos contra el migrante con el tan repetido «cuidado que vienen a ponerle el burka a tu mujer». «Y hacen lo mismo con el colectivo LGTBI. No quieren que lo llamen matrimonio, o que tengan hijos, pero no van a permitir que los extranjeros apedreen a los homosexuales patrios», ejemplifica el consultor.
Anita Fuentes, investigadora en el Instituto de Estudios Feministas de la Universidad Complutense de Madrid (UCM), afirma que la precariedad y la incertidumbre reinantes también han activado unos «sentimientos muy masculinistas, nacionalistas y xenófobos, en lugar de impulsar una lucha de clases orientada a un mundo más justo e igualitario para todas». Esta especialista en cultura digital y estudios culturales reconoce que «la derecha da respuestas muy simples a problemas muy complejos». Y, como otros expertos, insiste en el chivo expiatorio, como las mujeres, las disidencias sexuales o las personas migrantes y racializadas.
Desde su punto de vista, la izquierda «se ha dejado absorber por el neoliberalismo y no realiza propuestas ambiciosas» al mismo tiempo que «la derecha ha ofrecido narrativas muy potentes a las que la gente con dudas le ha venido muy bien agarrarse». En definitiva, considera que la izquierda española se ha derechizado. Eso ha sido posible, en parte, por las plataformas digitales y redes sociales, con sus coaches e influencers de referencia, que han consolidado estas ideas alrededor de la decepción con la izquierda. «Estas aparentes contranarrativas han tenido mucho que ver. Milei es el ejemplo perfecto. Es el presidente de Argentina, pero también un trol en las redes. El ámbito digital no se debería obivar a la hora de pensar por qué la derecha gana cada vez más adeptos», reflexiona Fuentes.
Las contradicciones
Estefanía C. M. ha tenido varios trabajos a lo largo de sus 33 años. Ha sido socorrista, electromecánica, comercial y actualmente estudia una FP superior de Informática en un instituto público. Vecina de Fuenlabrada, al sur de la Comunidad de Madrid, también afirma que la «inmigración descontrolada» es lo que le ha hecho apoyar a la derecha. «He votado a la izquierda toda mi vida hasta que me cansé. La última vez voté a Sumar, y hoy votaría a la derecha o a SALF», cuenta siendo consciente de que, al pensar en el partido liderado por Alvise Pérez, está cayendo en una contradicción: «Está en contra de mí, porque pertenezco al colectivo LGTBI». Esa lucha contradictoria consigo misma se ve sustentada en factores más allá de la renta o la clase social: «España debería ser católica porque siempre ha sido cristiana, aunque cada vez haya más ateos», asegura.
Ambivalente también ha sido el voto de Fran Capitán, profesor de Lengua y Literatura en un instituto de Madrid. Tiene 50 años y se crio en Getafe, procedente de una familia obrera. Admite haber votado a IU, al PSOE, al PP y a Vox, aunque a este último únicamente en las primeras elecciones europeas a las que se presentaron. «Yo creo que el descontento con la izquierda viene de la corrupción y de un cansancio del bipartidismo. Con la derecha funcionan mejor las cosas, a pesar de los pesares», opina este docente que, cuenta, siempre soñó con ser periodista.
Eduardo Fernández, politólogo del Instituto Juan de Mariana, incide en la inclusión en la agenda ultra de temas como el feminismo, el ambientalismo o la identidad sexual. «El voto lo decide una amenaza de riesgo en lo que muchas veces son cambios de carácter cultural». En este sentido, señala que aquella persona autodenominada obrera también puede ser conservadora y valorar ideas emblemas de la derecha, como el orden, el concepto de nación, ciertas tradiciones y la defensa de la homogeneidad cultural. Sin embargo, que se perciba ese riesgo no significa que exista.

«En el voto se mezclan muchos factores y normalmente se suele hablar de la identidad como si fuera algo simple, cuando somos individuos complejos con muchas identidades», analiza el politólogo en referencia a la experiencia personal de Estefanía, la estudiante de Fuenlabrada.
En el caso concreto de Vox, el politólogo precisa que ha encontrado un importante nicho que explotar: el trabajador conservador culturalmente pero que apoya cierto proteccionismo de carácter económico. «Esas dos variables, conservadurismo cultural y proteccionismo, abren hueco para competir electoralmente en un espacio que no había ocupado ningún partido hasta ahora», asume.
Fernández también destaca la «polarización afectiva», siguiendo de ese modo la tesis planteada por el catedrático de Ciencia Política de la Universitat Pompeu Fabra Mariano Torcal en De votantes a hooligans. La polarización política en España (Catarata, 2023). Esta realidad encuentra su razón de ser en cómo las emociones, de nuevo, pueden crear estados de percepción que, más tarde, se materializan en el voto.
Así seducen los líderes ultras a la clase trabajadora

Donald Trump, presidente de EE. UU.
Enero de 2026
«Durante mucho tiempo, comprar y ser propietario de una casa fue la máxima expresión del sueño americano. Era la recompensa por el trabajo duro y por hacer lo correcto, pero ahora, debido a la inflación provocada por Biden y los demócratas, ese sueño está fuera del alcance de demasiadas personas, especialmente de los jóvenes estadounidenses».

Isabel Díaz Ayuso, presidenta madrileña
Mayo de 2022
«No hay clases sociales como nos intentan vender desde la izquierda. En Madrid, ganas con el respeto, la ilusión y los proyectos comunes. Nos han intentado vender que, por el origen y por el bolsillo, nos tenemos que enfrentar entre nosotros. Intentan provocar odios, colectivizar y llevar a la gente a las urnas a través del agravio».

Santiago Abascal, presidente de Vox
Mayo de 2024
«Cualquiera de vosotros, si tenéis un plato para vuestros hijos se lo dais primero a vuestros hijos; y si podéis, luego al vecino, y luego a alguien próximo. Aquí no nos sobra; aquí hay muchos jóvenes que no tienen futuro, que no encuentran trabajos adecuados para el esfuerzo que han hecho… Nosotros venimos a decir aquí que las primeras ayudas para los de aquí».

J. Antonio Kast, presidente electo de Chile
Mayo de 2025
«Chile está funcionando al revés: los delincuentes están libres y los ciudadanos honestos viven encerrados. El Plan Implacable es la respuesta firme que millones de chilenos estaban esperando. Pondremos fin a la criminalización de víctimas que se defienden».
Los deseos que no se cumplieron con la izquierda
La protagonista de Pipas (Pepitas de calabaza, 2024), de Esther L. Calderón, dice: «La primera generación de adolescentes nacidos en democracia tuvo el mandato de imaginar, pero no imaginar cualquier cosa ni de cualquier modo, sino aquello que serviría para encarnar los deseos frustrados de sus padres y abuelos».
Y esos deseos imaginados no se cumplieron. De ahí la decepción de mucha gente que se politizó al albor del 15-M. «Eso produce un poso muy rentable para las extremas derechas que aportan otro tipo de soluciones a los problemas que no resuelven ni PP ni PSOE», argumenta el periodista Miquel Ramos, experto en movimientos de ultraderecha.
De esta forma, el voto obrero que va a parar a la derecha no lo hace porque le vaya a beneficiar en cuanto clase trabajadora, sino porque le ofrece otra cosa. «Puedes votar a la derecha aunque vaya contra tus intereses de clase únicamente porque apoyas su actitud frente al feminismo o porque te ofrece un lugar seguro más allá de la clase en ideas como la masculinidad o la patria», prosigue Ramos.
El periodista considera que la extrema derecha ha sabido desencorsetarse para llegar a un público diferente con un particular tipo de mensaje. Y subraya que la derecha ha sido muy hábil a la hora de ser potable para muchos públicos que se salen del cliché del facha clásico. «Se rompen los moldes. Estamos en un momento en que tu condición sexual, identidad de género o creencia religiosa no condiciona el voto, no significa apenas nada», concluye.




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