Miquel Ramos es investigador especializado en extrema derecha y reaccionarismos contemporáneos. El sábado pasado estuvo en Xixón, invitado por Somos Asturies para participar en un acto sobre trumpismo junto al historiador Mark Bray y la diputada Covadonga Tomé. El auge del trumpismo, la expansión global de los discursos de odio y la normalización de la crueldad política han transformado el panorama político internacional. En esta conversación, Miquel Ramos analiza cómo estos fenómenos han llegado a España, qué papel juegan los movimientos sociales y por qué la batalla cultural es hoy el terreno decisivo. / Nortes (nortes.me)

Desde tu perspectiva como investigador de extrema derecha, ¿cómo definirías el trumpismo y los discursos de odio que está generando? 

El trumpismo nace porque Donald Trump encarna, desde su posición de poder en la principal potencia mundial, un estilo propio dentro de la extrema derecha populista. Se caracteriza por una comunicación vehemente y cruel, por la ostentación de la crueldad y por la manipulación constante de datos sin consecuencias. Su origen en el mundo del espectáculo sigue marcando su forma de gobernar. Al ocupar un lugar hegemónico, su estilo deja tendencia: si lo hace el presidente de Estados Unidos, muchos consideran legítimo imitarlo. Aunque no existe una definición académica cerrada, sí un patrón contradictorio y emocional que él mismo ha convertido en movimiento.

¿Esa capacidad de movilización proviene del espectáculo o de otros elementos? 

De ambas cosas. Su experiencia televisiva le permite dominar la provocación, la hipérbole, la irreverencia y el insulto, apelando directamente a la emoción. A esto se suma una estrategia política dirigida a sectores —principalmente blancos, menos urbanitas y menos cosmopolitas— que se han sentido marginados por el establishment. Aunque él mismo es élite económica, se presenta como outsider. Ha sabido disfrazar su papel dentro del capitalismo y del imperialismo, conectando con una parte de la población que los líderes anteriores no supieron interpelar.

¿Está cambiando la estrategia de comunicación política? ¿Y los códigos? 

Sin duda. Ese estilo ha llegado a España: basta ver a Ayuso, Nuevas Generaciones o el PP de Madrid. Es un lenguaje propio de redes sociales: memes, consignas, insultos, provocaciones. Pero no es nuevo: Berlusconi o Jesús Gil ya anticiparon este modelo. Lo que antes era marginal hoy marca tendencia y contamina a la derecha tradicional, que ha visto en este estilo una forma eficaz de agitar y movilizar. Las redes sociales amplifican estos discursos gracias al anonimato y a algoritmos que premian el contenido agresivo.

¿Qué elementos del discurso español actual provienen de esa línea? 

La hipérbole constante: hablar de “dictadura comunista”, “decadencia absoluta” o “inseguridad desbordada” cuando España tiene índices de seguridad de los más bajos del mundo. También el victimismo: Trump se presenta como víctima de complots o manipulación mediática. Y el señalamiento cruel del adversario: burlas por edad, discapacidad o apariencia. En España vemos al PP invitando a figuras como Vito Quiles, rompiendo barreras éticas. Racismo y machismo, antes con coste social, ahora se expresan abiertamente bajo la excusa de la “corrección política”. Esto ha normalizado discursos de odio que antes eran inaceptables.

¿Cómo interpretas que un 35 % de jóvenes considere el feminismo manipulación política? 

La extrema derecha ha empaquetado la ola feminista como un ataque a los hombres. Ha manipulado el feminismo para presentarlo como una imposición que limita la libertad de expresión y penaliza a los hombres. Influencers, periodistas y programas han alimentado una reacción visceral que afirma que la igualdad ya existe y que el feminismo es un capricho. Muchos hombres que entienden el feminismo pero no les gusta han comprado este relato. Mientras tanto, siguen aumentando las agresiones sexuales y los asesinatos machistas. El relato de que “la igualdad ya está conseguida” no se corresponde con la realidad.

¿Qué opinión te merece esta batalla cultural articulada por la extrema derecha? 

Es fundamental para entender su avance. Hace 50 años ya elaboraron teorías para arrebatar el sentido común en un momento en que los derechos de mujeres y colectivos LGTBI empezaban a consolidarse. Su objetivo es revertir esas conquistas e instalar un nuevo sentido común donde la igualdad se perciba como imposición. Influencers, medios y figuras públicas normalizan esta regresión. Hemos pasado de leyes igualitarias avanzadas a retrocesos vertiginosos. Utilizan mecanismos democráticos para desmantelar derechos democráticos. Lo que creíamos irreversible, no lo es.

¿Cómo valoras la respuesta de la izquierda en España? 

La derecha se ha puesto el traje de outsider porque llevamos dos legislaturas de gobierno progresista. Pero también hay responsabilidad del gobierno: problemas como vivienda o Ley Mordaza siguen sin resolverse, generando desafección. Del 15M hemos pasado a un 20 % de Vox porque mucha gente ha dejado de votar a la izquierda o se ha ido a la extrema derecha. La izquierda institucional ha intentado rentabilizar el miedo a la derecha sin hacer lo prometido. Confiar solo en la vía institucional es un error: los movimientos sociales han sido quienes han presionado para que el gobierno se mueva, como se vio con Palestina.

No solo en lo político, sino también en lo comunitario y cultural, ¿no? 

Exacto. La extrema derecha intenta romper la comunidad, el vínculo y la responsabilidad mutua. Cuando una comunidad se entiende, se ayuda y se organiza, la extrema derecha lo tiene difícil. Los movimientos sociales actúan sobre el terreno, son notarios de la realidad y están por delante de las instituciones. Funcionan por convicción y por amor, no por dinero. La lucha antifascista se libra en barrios, escuelas, trabajos, familias y amistades. No hay una fórmula mágica, pero sí capacidad de incidencia en los entornos inmediatos.

¿Cómo ves el futuro inmediato a nivel estadounidense, europeo y español? 

En Estados Unidos la deriva es preocupante: no por el racismo estructural —que es antiguo— sino por la exhibición pública de la crueldad y la impunidad. Esto desalienta protestas y normaliza la violencia institucional. Aun así, movimientos como Black Lives Matter muestran que la sociedad civil tiene fuerza. Han surgido nuevos liderazgos que contrastan con figuras como Biden, que no conectaba con nadie. El trumpismo también genera reacciones contrarias: gente que nunca se había manifestado ahora siente que no puede callar. Pero existe el riesgo real de que Trump boicotee o manipule el sistema electoral. En España, la frontera entre PP y Vox está muy desdibujada. Compiten con el mismo lenguaje y estilo. Es posible un sorpasso de Vox en algunos territorios. La izquierda arrastra desgaste desde el 15M y necesita nuevos liderazgos, nuevas formas de comunicar y propuestas ilusionantes y contundentes. El antifascismo es hoy una urgencia democrática. No es una pose: afecta a los pilares del sistema y a los derechos humanos. Lo que está ocurriendo en Palestina demuestra que el orden legal internacional puede saltar por los aires con el aval de democracias occidentales. Si la ley no sirve hacia afuera, tampoco servirá hacia adentro. El mensaje es peligrosísimo.

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