Daniel Seixo / Nueva Revolución

Queridos amigos, en el fondo siempre he pensado que la historia tiene un sentido del humor macabro, como una vieja tía rica que sigue contando las mismas anécdotas atroces en cada cena de Navidad, esperando que hayamos olvidado el final. Pero no lo hemos olvidado… ¿verdad? O tal vez sí. Al leer Precuela, el monumental y escalofriante volumen de Rachel Maddow para Capitán Swing, uno tiene la inquietante sensación de estar observando un espejo de feria, esos espejos que deforman la realidad solo para revelar la verdad más grotesca una y otra vez. Solo que el reflejo que nos devuelve la mirada no lleva un brazalete con la esvástica, sino una corbata demasiado larga y una gorra de béisbol roja ajustada a su hueca cabeza.

Maddow, con esa precisión quirúrgica que uno esperaría de un fiscal aburrido de la incompetencia humana, ha logrado desenterrar un cadáver que quizás Estados Unidos preferiría dejar pudriéndose en el sótano. Nos cuenta la historia de una red clandestina, una cábala de fanáticos de los años 30 y 40, la Legión de Plata, el Frente Cristiano, que no eran monstruos de cuento bajo la cama, sino senadores, congresistas y policías de Nueva York volcados con el auge del fascismo en su propia tierra. Gente respetable. Gente que comía pastel de manzana mientras redactaba panfletos dictados directamente desde el Ministerio de Asuntos Exteriores nazi en Berlín.

Lo verdaderamente aterrador de este relato, lo que te hace querer pedir otro martini doble antes de pasar la página, no es lo que ocurrió entonces, sino lo dolorosamente familiar que resulta todo este guion en nuestros días. Es, como bien sugiere el título, una precuela. Y nosotros, pobres diablos víctimas de este macabro chiste, estamos viviendo la secuela de alto presupuesto y muy baja moralidad.

Maddow detalla cómo estos insurrectos del pasado buscaban un «Hitler estadounidense», sembrando el caos y la desinformación para justificar un golpe autoritario. ¿Les suena la melodía? Es imposible leer sobre los millones de panfletos de propaganda nazi inundando los hogares y no pensar en los bots de Twitter o en las cadenas de mentiras que fluyen como alcantarillas abiertas por las redes sociales de hoy. Cuando Hitler dijo en 1933 que su estrategia era «destruir al enemigo desde dentro», podría haber estado escribiendo los discursos de campaña para el mitin de la semana pasada en Florida. Quizás, simplemente, aquel veneno ha resultado ser de efecto retardado.

Los paralelismos con la administración de Donald Trump y el clima actual no son sutiles, son bofetadas de realidad. Cuando leemos sobre grupos paramilitares almacenando munición en los años 30 esperando una «insurrección violenta», la imagen se superpone, casi como una doble exposición fotográfica, con las hordas asaltando el Capitolio, trepando por los muros como insectos furiosos, convencidos de que su violencia era patriotismo. La retórica es idéntica. La búsqueda del «enemigo interno», esa «izquierda trastornada» «los inmigrantes» o los «aspirantes a asesinos» que menciona el gobierno actual para justificar sus excesos, es un eco de aquellos que Henry Allen, fundador de la Guardia Blanca Americana, prometía amontonar en las alcantarillas.

Y luego está el aparato del Estado vuelto contra los vulnerables. Maddow nos recuerda que el fascismo no empieza con campos de concentración, sino con la normalización de la crueldad burocrática. Al mirar hoy hacia el ICE, esa fuerza que opera con una impunidad que helaría la sangre a cualquier demócrata de antaño, vemos la sombra de aquella Gestapo que los nativistas americanos de los años 40 admiraban en secreto. Las jaulas, las deportaciones sumarias, el desprecio por la humanidad básica, todo está en el libro, prefigurado, ensayado.

Lo que Maddow hace magistralmente, con un estilo que es a la vez ágil y sarcástico, porque ¿qué nos queda sino el sarcasmo ante el abismo?, es desmantelar la idea de la excepcionalidad estadounidense. Nos muestra que la democracia es tan frágil como una copa de cristal en manos de un borracho. Hubo complots para derrocar al gobierno en aquel momento previo y durante la IIGM, financiados por gente poderosa, protegidos por el silencio político. Y fracasaron, ciertamente, pero por muy poco. Gracias a un puñado de periodistas, fiscales y ciudadanos comunes que se negaron a mirar hacia otro lado.

Precuela no es solo un libro de historia, es un manual de autopsia totalmente indispensable para un cuerpo que aún respira, aunque con dificultad. Es una lectura obligatoria, porque nos quita la venda de los ojos. Trump con sus coqueteos sobre ser «dictador por un día», no es una anomalía, ni un accidente meteorológico. Es la culminación de un deseo oscuro que lleva casi un siglo latiendo bajo la piel de la política estadunidense.

Al cerrar el libro, uno se queda con el frío en los huesos. La batalla contra el fascismo no se ganó en 1945, simplemente se tomó un descanso. Y ahora, queridos compañeros, los fantasmas han vuelto, han aprendido a usar las redes sociales y están llamando a la puerta.

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