Jonathan Martinez / Publico
De todas las satisfacciones que nos brinda la memoria, ninguna se parece al placer de navegar por las aguas de la historia con la ayuda de lienzos, óleos y fotografías. Imaginemos por un instante el Madrid de Carlos III, con sus suelos embarrados y su pestilencia de aguas fecales. Leopoldo de Gregorio, marqués de Esquilache, era entonces un ministro de pretensiones ilustradas que contaba con la simpatía del rey y la ojeriza de la nobleza española. La casta local lo veía como un extranjero con ínfulas, un flipado siciliano dispuesto a cargarse las tradiciones más inveteradas con su excéntrica manía de pavimentar las calles y ordenar el saneamiento.
Pero el buen Leopoldo pasaría a la historia por querer regular la indumentaria. El bando del 10 de marzo de 1766 lo dice clarinete: nada de vestir capa larga ni sombrero chambergo, pues debemos erradicar esa manía plebeya de pasearse con el rostro embozado. En fin, que se impone la obligación de la capa corta y el sombrero de tres picos, so pena de hasta cuatro años de destierro. Al pueblo raso, más preocupado por el precio del pan, no debió de gustarle que un ministrillo del tres al cuarto se diera el lujo de prohibir vestimentas patrias e imponer modas foráneas. En El motín de Esquilache, pintura atribuida a Goya, una turba encapuchada desafía la ordenanza.
Vamos a dar un salto en el espacio y en el tiempo para reemplazar el arte pictórico por una fotografía de la agencia EFE tomada en 1960 junto a la playa alicantina del Postiguet. En un estricto blanco y negro, dos mujeres que suponemos locales clavan la mirada sobre una mujer que suponemos extranjera. Las mujeres locales van cubiertas de un negro riguroso; la mujer extranjera viste traje de baño. El franquismo, necesitado de validación internacional, tuvo que aligerar sus remilgos nacionalcatólicos en busca de nuevos capitales. En 1962, Bahía de Palma de Juan Bosch mostró un bikini por primera vez en la historia del cine español. Era la actriz alemana Elke Sommer.
El turismo, dice la historiadora Esther M. Sánchez, barrió los escrúpulos morales y el recato que tanto había pregonado el régimen. Pero aquí habría que hablar más bien de una doble moral. En su ensayo Las hordas doradas, Louis Turner y John Ash explican que los turistas quedaron dispensados de cumplir los requisitos de decencia que aún pesaban sobre los locales. En 1957, Carlos Arias había llamado a vigilar “playas, piscinas y márgenes de los ríos” obligando a que las féminas cubrieran su pecho y su espalda. Las mujeres de la España franquista, empujadas a su papel puramente familiar y reproductivo, seguían sometidas al viejo imperativo del decoro.
Tengo a la vista una fotografía tomada por Laurence Brun en 1972 en Kabul. Con un gesto dinámico y jovial, tres mujeres jóvenes caminan vestidas con faldas por encima de las rodillas. En 2021, consciente de que la extrema derecha había instrumentalizado aquella estampa, Le Monde buscó a su autora para intercambiar con ella unas palabras. Brun cuenta que tomó la foto porque le pareció un momento excepcional, no porque representara los códigos habituales de vestimenta en Afganistán. En 2017, dice Le Monde, Donald Trump se planteó retirar las tropas estadounidenses del país. Para disuadirlo, el general H. R. McMaster le mostró la fotografía de Brun.
La fotógrafa no parece satisfecha. “Ha habido muchos comentarios sobre por qué mostrar la minifalda a Trump. No estoy para nada orgullosa de haber ayudado a mantener soldados estadounidenses allí”. Lo cierto es que en los años setenta, Afganistán gozó de un cierto grado de apertura. Después, bajo las inercias de la guerra fría, Estados Unidos cubrió de dinero a la insurgencia muyahidín y el país terminó cayendo en manos de los talibanes. En 1996, el Gobierno afgano no solo tapó a las mujeres con las vestimentas más restrictivas sino que además las apartó de los centros de educación y trabajo. Las volvió literalmente invisibles.
Estados Unidos, que había contribuido a desestabilizar Afganistán, apeló a los derechos de las mujeres para legitimar la invasión de 2001. En una alocución radiofónica, Laura Bush explica que “los terroristas y los talibanes amenazan con arrancar las uñas de las mujeres por llevar esmalte”. En 2022, después de que EE. UU. hubiera abandonado Afganistán de improviso, los talibanes mandaron a las mujeres que se cubrieran el rostro en la vía pública. Cuando en Europa se sugirió acoger a las represaliadas, Vox exigió que se evitara “la entrada de un solo ciudadano afgano”. En paralelo, Abascal maniobró para que 131 cristianos afganos llegaran a España.
Viajar con la memoria entre óleos y fotografías nos muestra patrones comunes en las normas sobre la indumentaria. A veces, aparece una difusa apelación a la seguridad pública. Otras veces se imponen lógicas de control social bajo el pretexto de la decencia, casi siempre con la visibilidad de las mujeres como ámbito de disputa. En muchas otras ocasiones, sin embargo, los discursos de emancipación se vuelven un mero pretexto para las segundas intenciones, ya sea invadir un país o imponer un determinado marco de debate. El imperialismo y la xenofobia suelen vestirse con coartadas civilizatorias. Son ropas de ocasión. No siempre sale rentable actuar a cara descubierta.




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