Liza / Regeneración Libertaria
1. La deriva tecnorreaccionaria
En el siglo XXI, una parte de la derecha radical ha asumido el lenguaje del futuro para justificar las jerarquías del pasado. En lugar de uniformes y consignas nacionalistas, emplea términos como “eficiencia”, “innovación” o “libertad digital”. Se trata de lo que llamo “tecnorreacción”, una mutación donde la ideología autoritaria se fusiona con la fe en la tecnología y el capital de riesgo. En este modelo, la desigualdad se presenta como consecuencia natural de la competencia, y la dominación, como efecto colateral del progreso.
La idea de que la sociedad puede gobernarse como una máquina tiene su origen en los años treinta. En plena Gran Depresión, un grupo de ingenieros e intelectuales estadounidenses fundó el movimiento Technocracy Inc., encabezado por Howard Scott. Su propuesta era sustituir la política por la ciencia: eliminar el sistema de precios y el dinero, medir la producción y el consumo en unidades de energía y confiar el gobierno a expertos técnicos. Uno de los defensores más conocidos de este movimiento fue Joshua N. Haldeman, el abuelo materno de Elon Musk.

Technocracy Inc. consideraba que tanto el capitalismo como el socialismo eran sistemas obsoletos, basados en el intercambio monetario y no en la eficiencia física. Proponían una “economía energética” administrada por ingenieros, donde la planificación no sería ideológica sino técnica. El ser humano debía ser tratado como parte de un sistema termodinámico: un consumidor de energía dentro de una red de procesos controlados.
Admiraban la organización industrial de la URSS, pero rechazaban su política y su ideología. No querían abolir la propiedad privada ni instaurar un poder obrero, sino reemplazar ambos por un orden administrado por tecnócratas. En la práctica, su proyecto coincidía con el impulso de la planificación estatal soviética y con el fordismo norteamericano: dos expresiones distintas del mismo sueño moderno de control racional. Querían una sociedad pretendidamente apolítica, pero profundamente autoritaria. Prometía eliminar los conflictos sociales reemplazándolos por cálculos y algoritmos. Lo que negaba no era solo la lucha de clases, sino la política misma. Aunque el movimiento decayó después de la Segunda Guerra Mundial, su legado persistió en la cultura norteamericana: la idea de que los problemas humanos pueden resolverse mediante ingeniería y administración.
En la década de 2010, el programador Curtis Yarvin desarrolló Urbit, un proyecto de red informática concebido como un “nuevo internet” privado y descentralizado. Cada usuario controla su propio servidor personal, pero dentro de una arquitectura jerárquica: los nodos se clasifican según niveles de propiedad, los dominios se heredan o se compran, y los derechos de uso se organizan como un feudo digital. En el documental El fin de Internet, se explicita y alerta sobre esta estructura como un modelo neofeudal: una red cerrada donde la soberanía digital se distribuye de forma desigual y donde la descentralización no implica igualdad, sino propiedad.

Además, Yarvin alias “Mencius Moldbug”, en su blog Unqualified Reservations formuló lo que más tarde se conocería como el Dark Enlightenment, una corriente intelectual que combina tecnocracia, elitismo y rechazo a la democracia liberal. En sus artículos, considera que la democracia es un sistema corrupto e ineficiente, dominado por lo que llama “La Catedral” —la alianza entre medios, universidades y burocracias que impide la verdadera meritocracia—. Su alternativa es un modelo de neomonarquía corporativa: sociedades gestionadas como empresas, con un CEO soberano en lugar de parlamentos o partidos.

Las ideas de Yarvin encontraron eco en los círculos del capitalismo tecnológico, especialmente en Peter Thiel, cofundador de PayPal y uno de los primeros inversores de Facebook. Thiel ha declarado que “la libertad y la democracia son incompatibles”, y ha financiado empresas y fundaciones que promueven la concentración del poder bajo el argumento de la eficiencia.
Entre sus inversiones se destaca Palantir Technologies, empresa especializada en análisis masivo de datos para agencias gubernamentales y militares. En otras palabras, es una tecnología militar que usa una combinación de IAs punteras, para operaciones en tiempo real.

Su entorno, conocido como la Thiel Network, conecta capital de riesgo, think tanks liberales y proyectos tecnológicos ligados a la vigilancia y la defensa. La Thiel Network funciona como un laboratorio ideológico donde convergen la tecnocracia clásica, el liberalismo económico y la estética autoritaria del Silicon Valley contemporáneo. La innovación se presenta como justificación moral para la desigualdad, y la eficiencia como sustituto del consenso.
La tecnorreacción actual combina estos elementos dispersos: el racionalismo de Technocracy Inc., el elitismo digital de Yarvin y el poder financiero de la red de Thiel. En conjunto, forman una corriente que reemplaza la vieja retórica del orden por el lenguaje de los datos. Ya no se trata de conquistar el Estado, sino de controlar la infraestructura. El poder se ejerce a través del código, de la propiedad de los servidores, de la arquitectura invisible de la red.

2. El laboratorio ucraniano
La guerra entre Rusia y Ucrania se ha convertido en el mayor punto de inflexión para la extrema derecha europea desde el colapso del bloque soviético. El conflicto reordenó alianzas, fracturó viejas lealtades y ofreció un nuevo horizonte de acción a las redes nacionalistas, identitarias y aceleracionistas. Lo que comenzó como una guerra territorial se transformó en un campo de experimentación y propaganda ideológica, militar y tecnológica donde convergen múltiples familias del fascismo contemporáneo. La invasión rusa de 2022 dividió a los movimientos de extrema derecha en toda Europa. Parte de ellos apoyó a Ucrania, interpretando la resistencia como una defensa de la nación europea frente al imperialismo ruso. Otros se alinearon con Moscú, seducidos por la retórica de Vladimir Putin sobre los “valores tradicionales”, el combate al liberalismo occidental y la promoción del neoeurasianismo.

Desde 2014, Ucrania se convirtió en un campo de entrenamiento y de legitimación para militantes de ultraderecha. El Batallón Azov fue el punto de partida, seguido por formaciones como Carpathian Sich, Freikorps, Freedom of Russia Legion, el Russian Volunteer Corps (RDK) y el German Volunteer Corps, entre otros. En el lado ruso, milicias como Rusich, la Brigada “La Española”, Interbrigades, Russian Imperial Movement o E.N.O.T. Corp proyectaron una imagen espejo: combatientes neofascistas, ultranacionalistas o místicos neopaganos u ortodoxos, unidos por una narrativa de guerra civilizatoria. Algunos de sus miembros han participado en operaciones de limpieza étnica, tortura y crímenes de guerra.

Según el informe Russia and the Far Right: Insights from Ten European Countries del International Center for Counter-Terrorism, esta fractura ideológica reveló dos polos dentro del mismo espacio reaccionario: un bloque occidentalista identitario y un bloque continentalista autoritario. Mientras los primeros glorifican la lucha ucraniana como una “cruzada europea” contra el totalitarismo oriental, los segundos ven en Rusia un bastión contra el globalismo liberal, el feminismo y la modernidad secular. También informa que el conflicto generó un flujo constante de voluntarios y mercenarios de extrema derecha provenientes de Alemania, Polonia, Francia, España, Escandinavia, Italia, Serbia o los países bálticos. Muchos de ellos llegaron a Ucrania a través de canales informales de reclutamiento en Telegram, Discord y foros cerrados. Allí circulan manuales de guerra, tutoriales sobre armas, rutas fronterizas y contactos locales. El reclutamiento digital combina propaganda bélica, épica nacionalista y un sentimiento de pertenencia que ofrece lo que la vida civil no: sentido y jerarquía.

Para Alexander Reid Ross en su libro Against the Fascist Creep, la extrema derecha utiliza los conflictos como “incubadoras ideológicas y tecnológicas”: laboratorios donde la violencia se convierte en experiencia formativa y la guerra en producto cultural. Ucrania es eso —un laboratorio abierto donde milicianos, hooligans y simpatizantes extremistas prueban nuevas formas de organización, comunicación, combate y propaganda—. Cada combate filmado, cada insignia en el uniforme, cada símbolo en una bandera se transforma en contenido viral.
Pero el verdadero riesgo no está solo en el frente. El retorno de combatientes radicalizados representa una amenaza directa para la seguridad europea. Muchos regresan con entrenamiento militar, contactos internacionales y una narrativa heroica o referencial que les ensalza dentro de las redes de ultraderecha.
En los márgenes del frente, la ultraderecha global encontró algo más que una causa: un espacio donde sus fantasías se materializan y se exportan. En ese sentido, Ucrania es un laboratorio donde el fascismo contemporáneo se observa, se entrena y se prepara para su siguiente mutación.
3. El aceleracionismo neonazi, la glorificación digital de la violencia y los school shooters
*Aviso de contenido: esta sección contiene menciones de violencia sexual, tortura, explotación de menores y asesinatos con motivaciones ideológicas o rituales. Son hechos reales y documentados. Su lectura puede resultar impactante, pero es imprescindible para entender la deriva misantrópica y deshumanizadora que adopta el extremismo contemporáneo.
El aceleracionismo neonazi es la forma más violenta y nihilista del fascismo contemporáneo. Parte de una idea sencilla y devastadora: el sistema liberal no debe ser reformado ni combatido políticamente, sino destruido por completo mediante el caos. Para sus seguidores, cada atentado, cada tiroteo y cada crisis son pasos necesarios hacia el colapso civilizatorio que permitirá levantar una nueva sociedad racialmente pura. Su lema es claro: “empujar al mundo hacia el abismo para reconstruirlo desde las ruinas”.
La idea del aceleracionismo nació en ámbitos teóricos antes de militarizarse. Surgido en los años noventa en torno a Nick Land y el colectivo CCRU de Warwick, sostenía que las fuerzas del capitalismo y la tecnología debían ser llevadas hasta sus últimas consecuencias para provocar una mutación del sistema. La idea de que el colapso es inevitable y deseable, se convirtió en consigna entre los círculos neonazis digitales: no se trata de conquistar el poder, sino de destruir el mundo actual para que de sus ruinas surja una civilización blanca purificada. El terrorismo se justifica como gesto iniciático, como acto simbólico que “acelera” la caída del sistema. En ese sentido, el libro SIEGE de James Mason se convirtió en uno de los textos fundacionales del aceleracionismo neofascista: la estrategia es que la lucha individual y la acción autónoma provoquen el colapso social que permitirá el “nuevo orden”.
Las dos organizaciones que dieron fama al aceleracionismo neonazi moderno fueron Atomwaffen Division (AWD) y The Base. Ambas surgieron en Estados Unidos a mediados de la década de 2010 pero rápidamente se extendieron a otras partes del mundo, fusionando ideología neonazi con culto a la violencia apocalíptica. Sus miembros no buscan conquistar el poder ni crear partidos, sino provocar el colapso social mediante atentados, sabotajes y asesinatos. A su alrededor se articuló un ecosistema digital de canales en Telegram, foros y servidores privados donde circulan manuales de fabricación de explosivos, propaganda racista y manifiestos de asesinos en masa. Una de esas comunidades es la red “Terrorgram Collective”, que funciona como un metaverso de odio: una constelación de canales, grupos y bots que glorifican los ataques terroristas, difunden manifiestos, manuales, propaganda y glorifican a asesinos, clasificándolos como mártires. En estos espacios, la violencia se estetiza y se viraliza. Los manifiestos dejados por Anders Breivik: 2083 – A European Declaration of Independence y Brenton Tarrant: The Great Replacement funcionan como evangelios modernos: el primero inspiró al segundo, y Tarrant, a su vez, se convirtió en modelo para una cadena de asesinos posteriores. Sus manifiestos y acciones contienen una narrativa visual y simbólica que luego fue reinterpretada en los espacios digitales y en otras acciones: fragmentos, frases, logotipos, armas decoradas con fechas o nombres de antiguos asesinos, frases trolls y justificaciones que otros podían adaptar a su contexto, todo ello convertido en material propagandístico.

El proceso de radicalización empieza en foros anónimos, comunidades de gaming y canales de humor negro donde la rabia se convierte en identidad. Espacios como 4chan, Geb, Skibidi Farm y otros foros efímeros funcionan como puntos de encuentro donde el odio se disfraza de entretenimiento. Allí, los chistes racistas o las bromas sobre tiroteos no se censuran: compiten entre sí y se celebran. La ironía es la coartada perfecta. En estos entornos, la frontera entre ficción y acción se desdibuja. Los reclutadores no llegan con discursos doctrinarios, sino con códigos compartidos. Poco a poco, la víctima de este señuelo se acostumbra al lenguaje deshumanizador. Empieza riéndose de un genocidio imaginario y termina creyendo que la violencia es necesaria. Es una pedagogía del desprecio, donde cada mensaje refuerza la sensación de que el mundo está corrompido y de que solo los “fuertes”, hombres blancos, viriles y desencantados, pueden restaurar el orden.
Los moderadores y veteranos de estos foros identifican a los más receptivos, vulnerables y sin expectativas y les invitan a chatrooms más cerrados. En esos espacios se comparte desde propaganda, a manuales de fabricación de armas, entrenamiento militar, pornografía violenta y guías de supervivencia. El anonimato facilita el adoctrinamiento porque la radicalización no requiere contacto físico, solo conexión constante.
De este entorno en los margines de Internet, surge un concepto que ignora cualquer marco ideológico establecido. “The Soup” (La Sopa) es el nombre que se da cuando una ideología funciona como una mezcla incoherente de referencias contradictorias como “anarco-monarquismo”, “bio-leninismo” o “ultracentrismo”, unidas solo por el radicalismo irónico. No es una cuestión de coherencia ideológica sino de afinidad emocional.
En paralelo a este frente más violento surgió un ecosistema juvenil que ha sido clave para la normalización del discurso extremista: los groypers. Encabezados por Nick Fuentes en Estados Unidos, los groypers son herederos directos del alt-right, pero con una estrategia más flexible. No buscan el enfrentamiento abierto, sino la infiltración cultural. Se presentan como “conservadores auténticos”, defienden valores cristianos y nacionalistas, pero introducen en su retórica el racismo, el antisemitismo y la homofobia revestidos de ironía. En foros, universidades y redes sociales, los groypers han logrado articular un puente entre la derecha tradicional y el universo aceleracionista: son la cara amable de una misma cosmovisión. Muchos de los marcos simbólicos que hoy circulan en Telegram o en los canales de propaganda violenta se difunden primero en estos espacios metapolíticos antes de ser radicalizados por grupos terroristas.

3.1. School shooters y Terrorismo estocástico
De ese proceso emergen los llamados lobos solitarios, aunque el término es engañoso. No son casos aislados ni apenas simples desequilibrios mentales, sino productos de un entorno vil y manipulador. Actúan individualmente, pero dentro de un mismo guion digital. No responden a órdenes, sino a ejemplos. Anders Breivik inspiró a Brenton Tarrant, y Tarrant, a su vez, marcó la estética y el guion de toda una generación de atacantes que transmiten en vivo sus crímenes o dejan manifiestos digitales. Entre ellos se cuentan Dylann Roof, Philip Manshaus, Stephan Balliet, Anton Lundin Pettersson, Juraj Krajčík, Guillerme Tauci Monteiro, Robin Westman, Arda Kuçukyetim, Henderson Solomon, entre otros. Diferentes países, edades y contextos, pero un mismo patrón: manifiesto, transmisión en directo, memes, símbolos, culto a los mártires y búsqueda de notoriedad. Cada uno adapta la narrativa a su realidad, pero el guion se repite.

Estos atacantes, catalogados por los servicios de inteligencia como White Racially Motivated Extremists (WMRE), no buscan tomar el poder, sino comunicar un mensaje de odio absoluto. Son productos del terrorismo estocástico. No todos son nazis declarados, pero comparten la obsesión por restaurar una jerarquía racial y castigar la diversidad. Desde 2018, este tipo de extremismo se ha convertido en la principal amenaza terrorista interna en buena parte de Europa y América del Norte.

El concepto del terrorismo estocástico es el método que mejor explica este fenómeno. La difusión constante de discursos de odio que, sin llamar directamente a la acción, multiplican la probabilidad de que alguien actúe. Es un terrorismo de probabilidad. “Estocástico” significa probabilístico: no se puede predecir quién atacará ni cuándo, pero se sabe que alguien lo hará. La radicalización no opera como cadena de mando, sino como contagio cultural. Cuanto más se normaliza el odio, mayor es la probabilidad de que se convierta en acción.

Esa probabilidad se alimenta de la hegemonía del discurso extremista. Conceptos como “el gran reemplazo” o “la degeneración de Occidente” ya no son marginales: se repiten en programas de televisión, campañas políticas y redes sociales. Lo que antes era conspiración, hoy es conversación pública. Se difunde y legitima la violencia, porque cuando el lenguaje del odio se convierte en lenguaje de masas, la agresión deja de parecer excepcional y empieza a parecer lógica. La radicalización se convierte en proceso colectivo, aunque sus expresiones sean individuales. Las redes extremistas no necesitan reclutar soldados, solo sembrar el resentimiento. La violencia se democratiza y descentraliza; cualquiera puede ejecutarla.
Es en este terreno de discursos y símbolos de odio compartidos que se alimenta la cultura del aceleracionismo. Y es precisamente aquí donde emerge Order of Nine Angles, un grupo muy relevante para entender la lógica de la nueva generación de aceleracionistas, que dio al aceleracionismo su dimensión metafísica y misantrópica.
3.2. Order of the Nine Angles, Satanismo y Misantropia
Dentro de este universo, el Order of Nine Angles (Orden de los Nueve Ángulos – O9A/ONA) ocupa un lugar singular. Nacido en el Reino Unido a finales de los años sesenta, en torno a círculos ocultistas disidentes del satanismo de Anton LaVey, se autoproclama una sociedad secreta que fusiona satanismo, misticismo y culto a la violencia. Su ideología combina el elitismo espiritual con el exterminio físico del “débil”. Predican que la violencia, no son actos criminales, sino pruebas de voluntad espiritual; ejercicios para trascender la moral humana.

A diferencia del satanismo “ateo” de LaVey, el ONA concibe el mal como una fuerza cósmica real. No lo entiende como oposición a Dios, sino como una energía primordial que impulsa la evolución humana a través del conflicto y la destrucción. Su doctrina se estructura en torno a la idea de los “Aeones”, eras espirituales que marcan el desarrollo de la humanidad. Cada Aeon es una civilización; cuando su energía se agota, debe ser destruido para que otro surja. El objetivo del iniciado (nuevo miembro) es acelerar esa transición, empujando el mundo hacia el caos que permita el nacimiento del nuevo Aeon, el de una humanidad superior, más allá de la moral y de la empatía. Los valores judeocristianos como la compasión, igualdad o humildad, son enfermedades del espíritu. Creen que solo quienes superan esas “debilidades” mediante actos de violencia, manipulación, violación y asesinato merecen liderar la nueva era. Por eso, los “roles de comprensión” son parte esencial de su práctica: el iniciado debe infiltrarse en entornos hostiles (organizaciones religiosas, fuerzas armadas, grupos políticos, incluso movimientos rivales) para aprender a dominar, engañar y destruir desde dentro.
En la estructura simbólica del ONA, los 9 Ángulos representan los portales entre dimensiones cósmicas: fuerzas arquetípicas que el iniciado invoca a través de rituales, música disonante, geometría y sacrificio. No buscan la adoración de una deidad, sino el contacto directo con la energía del Caos, entendida como poder creador y destructor.
Esa teología del caos se traduce en una ética de acción. Enseña que matar deliberadamente, manipular o “cazar” a seres humanos fortalece el espíritu y destruye los límites impuestos por la moral moderna. De ahí su frase recurrente: “Los fuertes actúan, los débiles sufren”. La crueldad, para ellos, es una forma de evolución personal.

El grupo carece de jerarquía formal y opera a través de pequeñas células llamadas nexiones, que funcionan de manera autónoma. Esto ha permitido su expansión global sin estructura visible: de Inglaterra pasó a Estados Unidos, Europa del Este y Rusia, donde sus ideas se mezclaron con movimientos neonazis, paramilitares y aceleracionistas. Aunque el ONA no se autodefine como organización terrorista, numerosos miembros y simpatizantes han sido arrestados o condenados por asesinatos, abusos sexuales y conspiraciones violentas.
La influencia del ONA radica en su cosmovisión, no en su tamaño. Su mensaje de que el mal, la destrucción y el sacrificio son necesarios para la evolución de la especie, ha servido de matriz simbólica para los grupos que hablaremos enseguida.
3.3. Extremismo Violento Nihilista (NVE)
Aviso de contenido: esta sección contiene descripciones de violencia sexual, tortura, explotación de menores y asesinatos con motivaciones ideológicas o rituales. Son hechos reales y documentados. Su lectura puede resultar impactante, pero es imprescindible para entender la deriva misantrópica y deshumanizadora que adopta el extremismo contemporáneo.
En diciembre de 2025, Canadá designó a 764 y a Maniac Murder Cult como entidades terroristas, en medio de una creciente preocupación internacional por lo que el FBI y el Departamento de Justicia de Estados Unidos han denominado Extremismo Violento Nihilista (Nihilistic Violent Extremism, NVE por sus siglas en inglés). También en diciembre de 2025, Nueva Zelanda adoptó medidas similares a las de Canadá contra la Order of Nine Angles y Terrorgram, dos redes asociadas al aceleracionismo de extrema derecha y citadas con frecuencia como influyentes dentro de los ecosistemas del NVE. Estas designaciones reflejan una inquietud gubernamental en aumento ante el auge de las “comunidades online centradas en la violencia”, en particular las vinculadas a The Com y a sus grupos afines. Desde finales de la década de 2010, estas comunidades se han multiplicado en internet y se han expandido globalmente, con detenciones registradas en al menos 29 países hasta septiembre de 2025, según Marc-André Argentino.
3.3.1. RapeWaffen

En el último tramo de la década de 2010 y durante la de 2020, una constelación de redes digitales transformó la misantropía en sistema. Heredando la idea del ONA de que el mal puede ser vía de poder, el caso más antiguo documentado es RapeWaffen, una facción vinculada a AWD y a ONA. Su característica principal fue la promoción de la violación como táctica programática: una sexualización deliberada de la violencia entendida como herramienta ideológica y espiritual. Su existencia saltó a la luz tras la detención de un ex-marine estadounidense que planeaba violaciones y un ataque a una sinagoga. RW concebía la violación tanto como un castigo para las mujeres blancas por tener relaciones fuera de su raza o por apoyar causas feministas. Lo utilizaba como medio para la concepción de más bebés blancos.
3.3.2. The Com

En los últimos años ha emergido The Com Network, también conocida como The Com o The Community. Es una red internacional y descentralizada de individualidades y grupos envueltos en un largo espectro de actividades ilícitas, tanto online como offline, incluyendo hacking, ransomware, cyberstalking, swatting, SIM swapping, bricking, extorsión sexual, distribución de Contenido de Abuso Sexual Infantil (CSAM), fraude, radicalización juvenil, violencia extrema, tráfico de drogas y actos de terrorismo. Descrita por el FBI como una “red social cibercriminal distribuida”, opera en plataformas como Discord y Telegram, donde individuos y grupos, muchos de ellos menores, compiten por clout, es decir, estatus dentro de la comunidad, a través de actos ilícitos y violentos.
The Com es un ecosistema fluido que mezcla subculturas digitales y del gaming con dinámicas de prestigio basadas en la exhibición pública del crimen. Su estructura se articula en tres pilares: Cyber Com (ciberdelitos como ransomware o swatting), Sextortion Com (extorsión sexual y difusión de CSAM) y Offline Com (violencia y terrorismo de inspiración aceleracionista, ocultista y nacionalsocialista). Esta comunidad muchas veces se mezcla con la True Crime Community (obsesionada con school shooters).
El FBI advirtió en 2025 sobre su rápida expansión global y la manipulación de menores mediante coacción sexual. The Com Network representa una nueva forma de amenaza híbrida, donde lo digital y lo físico se entrelazan en un ciclo de notoriedad, violencia y deshumanización.
3.3.3. 764

Uno de los grupos más conocidos de The Com es 764. Nacida en espacios de extorsión sexual y contenido gore, evolucionó hacia una cultura de agresión filmada. Sus miembros, en su mayoría jóvenes, comparten vídeos de ataques, amenazas o autolesiones, acompañados de iconografía nihilista. La organización combina el lenguaje de los videojuegos con la lógica del prestigio criminal: cada acto de violencia grabada aumenta el estatus del autor. En enero de 2025, ABC News confirmó que el FBI mantenía más de 250 investigaciones abiertas relacionadas con 764 y sus redes asociadas, describiéndola como una de las principales amenazas emergentes en materia de violencia juvenil organizada.
3.3.4. No Lives Matter (NLM)
De 764 emergió No Lives Matter (NLM), una organización misantrópica neonazi y aceleracionista. Se dedica a difundir guías de violencia como NLM x 764 Classified, que combina elementos de propaganda yihadista con técnicas de guerrilla urbana. Estos textos instruyen sobre cómo atacar, grabar y difundir asesinatos, presentando la violencia como prueba de autenticidad.

3.3.5.Maniac Murder Cult
El Maniac Murder Cult, “Culto del asesino maníaco” (Маньяки: культ убийства – M.K.Y.), comparte el mismo molde. Surgido en Dnipro, Ucrania, bajo el liderazgo de Yegor Krasnov y luego de Mikhail Chkhikvishvili (“Commander Butcher”), desarrolló una serie de manuales que convierten la crueldad en método de iniciación. En enero de 2023, el Tribunal Supremo ruso declaró a M.K.Y. organización terrorista, y entre 2024 y 2025 las investigaciones internacionales relacionaron a Chkhikvishvili con planes de atentados y envenenamientos masivos en Estados Unidos.

Estos grupos no reclutan por ideología, sino por vulnerabilidad. Utilizan foros anónimos y comunidades de videojuegos para detectar a jóvenes solitarios que buscan pertenencia. El proceso suele incluir “pruebas” de autolesión, agresión o participación en chantajes. La humillación se vuelve método de control. El FBI y organismos europeos de ciberseguridad han documentado cómo la coacción y el chantaje sexual convierten a las víctimas en agresores.
El Institute for Strategic Dialogue (ISD) denomina a este fenómeno terror sin ideología: violencia replicada por imitación y viralidad. Los manuales de NLM y MKY cumplen hoy el papel de los viejos manifiestos terroristas, son guías técnicas para matar. Ahora la radicalización no requiere creencia. Basta con conexión y eso es preocupante. Esto abre una nueva frontera en el extremismo neonazi donde el acto violento pasa a ser la ideología.
4. Active Clubs y la estética de la violencia
El culto al cuerpo ocupa un lugar central en la estética y la política de las nuevas extremas derechas. Desde los años treinta, el ideal fascista asoció pureza racial con fuerza física y belleza corporal. El cuerpo era la expresión visible de una comunidad disciplinada, viril y homogénea. En el siglo XXI, ese imaginario resurge en una versión adaptada a la cultura digital y al deporte de combate. Este fascismo fitness convierte la musculatura en ideología y la disciplina física en moral política. Gimnasios, clubes de artes marciales y entrenamientos al aire libre se transforman en espacios de socialización, pertenencia y reclutamiento.

El modelo contemporáneo de esta corriente tiene su origen en el Rise Above Movement (R.A.M.), fundado en el sur de California por Robert Rundo y un grupo de militantes procedentes de los círculos de skinheads racistas y la alt-right. R.A.M. se autodefinía como el “club de MMA de la alt-right” y construyó su identidad a partir del combate físico, la fraternidad masculina y la exaltación del “guerrero blanco”. Entre 2017 y 2018, sus miembros participaron en enfrentamientos violentos durante mítines en Berkeley, San Bernardino y Charlottesville, donde documentaron y difundieron sus agresiones como material de propaganda. Tras una serie de arrestos, varios miembros fueron condenados y Rundo fue extraditado de Rumanía a Estados Unidos en 2023. Un año después se declaró culpable de conspiración para incitar disturbios y fue liberado en diciembre de 2024. Aunque R.A.M. quedó desarticulado en su país, su legado persistió en un formato más flexible, discreto y descentralizado.

A comienzos de 2021, Rundo lanzó la Active Club Network, un proyecto concebido como la “tercera generación del nacionalismo blanco”. A diferencia de los grupos explícitamente neonazis de los años noventa, los Active Clubs adoptan una fachada de asociación deportiva o cultural. Su estructura se basa en pequeñas células locales, difícilmente rastreables, que combinan entrenamiento físico, propaganda estética y camaradería ideológica. En colaboración con el neonazi ruso Denis Nikitin (White Rex), Rundo difundió el modelo a través de un podcast y de su productora Media2Rise, que presenta a los clubes como alternativas al “decadente estilo de vida moderno”. La red se expandió rápidamente: en 2025, informes abiertos identifican presencia en al menos veinticinco estados de EE. UU. y ramificaciones en Europa, Oceanía y América Latina.

Los Active Clubs funcionan como espacios de entrenamiento y reclutamiento. Las sesiones de entrenamiento, senderismo o acampadas en la naturaleza cumplen funciones rituales y operativas: fortalecen la cohesión del grupo, crean sentido de misión y refuerzan la narrativa del renacimiento racial. Su estrategia de comunicación pasa por una estética visual muy cuidada donde rediseñan símbolos neonazis con estilos atléticos y minimalistas, circulando sin despertar alarma. Se difunde una ética del cuerpo fuerte, la fraternidad blanca y la autosuperación guerrera. Esta imagen es amplificada por vídeos, música y merchandising a través de camisetas, parches y pegatinas que monetizan la ideología y la extienden entre jóvenes reclutas.

El modelo de los Active Clubs ha tenido especial éxito en Europa y Estados Unidos, donde se conecta con tradiciones de hooliganismo, ultranacionalismo y milicias callejeras. En Alemania se han identificado al menos una docena de grupos activos, vinculados a gimnasios y torneos de artes marciales. En Suecia, un juicio por delitos de odio en 2025 reveló cómo clubes de fitness de extrema derecha servían como tapadera para reclutar y entrenar militantes. En España también emergen iniciativas afines como Comunidad Identitas, Facta o Viri Montis, que combinan entrenamientos, excursiones y propaganda identitaria bajo un discurso de espiritualidad, patriotismo y vida sana.

Detrás del lenguaje del bienestar y la autodisciplina se esconde una lógica de preparación para el conflicto. En sus manuales y conversaciones, los miembros de estos grupos hablan de una “guerra racial inevitable” o la “defensa de la civilización europea”, para la cual el entrenamiento físico sería el primer paso de una futura movilización. Aprenden técnicas básicas de supervivencia, comunicación encriptada y primeros auxilios, y ensayan una cultura de milicia civil bajo la apariencia de actividades deportivas. Lo que presentan como “autodefensa” es en realidad la construcción de una comunidad de combate ideológico, que considera al adversario político, al inmigrante o al disidente como enemigo interno.
Los análisis recientes de diversos observatorios internacionales de contraterrorismo, coinciden en que la red de Active Clubs representa una nueva fase del extremismo contemporáneo que fusiona la cultura del gimnasio, propaganda digital y militancia política y racialista. Su fuerza está en su capacidad para adaptarse. No predica, entrena. No debate, actúa. No ofrece un programa político, sino una identidad física inmediata. En ese universo, el cuerpo se vuelve frontera, el entrenamiento se transforma en rito y la violencia funciona como un lenguaje compartido. El fascismo fitness representa una forma de política que ya no intenta convencer, sino imponerse, una política que se inscribe en la carne y se transmite a través del golpe y la disciplina.
5. Cooperación Internacional
La extrema derecha contemporánea ha alcanzado un grado de articulación transnacional sin precedentes desde el período de entreguerras. Actualmente funciona como una red de afinidades que opera simultáneamente en las calles, en los gimnasios, en internet y en los circuitos intelectuales. Su poder reside en esa flexibilidad. Puede aparecer como un grupo de combate, un medio de comunicación o una fundación cultural pero detrás de cada forma late una misma aspiración: la preservación de una identidad blanca europea, la exaltación del militarismo y la negación del pluralismo democrático y del orden neoliberal.

El caso ucraniano simboliza el punto de convergencia de esas dinámicas. Desde 2014, el entorno del Batallón Azov se convirtió en un nodo internacional de atracción para militantes nacionalistas de diversos países. A través de su brazo político y de sus campamentos de entrenamiento, el movimiento ofreció un marco de cooperación práctica entre grupos como el Nordic Resistance Movement, el Der Dritte Weg alemán y sectores ultras de Europa del Este. En el bando contrario, el Russian Imperial Movement, organización designada como terrorista por Estados Unidos, junto con otras organizaciones, ofreció instrucción militar a extremistas europeos y norteamericanos en San Petersburgo, consolidando un espacio de socialización violenta donde el combate se convierte en experiencia fundacional. La guerra, en este sentido, ha funcionado como un laboratorio ideológico: ha permitido a la ultraderecha redefinir su discurso en términos de cruzada civilizatoria y entrenar cuadros para futuros conflictos.
Europa es el escenario donde esta red se manifiesta con mayor intensidad. Las grandes marchas nacionalistas, como la Marcha Lukov en Sofía, el Día de la Independencia en Varsovia o el homenaje anual a Acca Larentia en Roma, son rituales de cohesión. En ellas se encuentran representantes de CasaPound Italia, Groupe Union Défense y Lyon Populaire en Francia, Der Dritte Weg en Alemania, Légió Hungária en Hungría y el Obóz Narodowo-Radykalny de Polonia. Estos encuentros, más que conmemoraciones, funcionan como asambleas informales donde se comparten estrategias, se fortalecen alianzas y se tejen redes de apoyo logístico y mediático.

A esta dimensión callejera se suma una esfera de cooperación intelectual y propagandística. Foros, congresos y conferencias reúnen a delegaciones de distintas organizaciones bajo la idea de una Europa blanca y espiritual. Espacios como el Remigration Summit en Milán, los encuentros del Institut Iliade en París, el Instituto Carlos V o las conferencias de la Alliance for Peace and Freedom en varios países han permitido articular discursos comunes entre identitarios franceses, neofascistas italianos, nacionalistas del Este europeo y supremacistas norteamericanos. De esos espacios surgen contactos que luego se traducen en campañas conjuntas, intercambios editoriales y proyectos audiovisuales compartidos.

El ecosistema cultural que sostiene esta red es tan importante como su estructura militante. Editoriales como Arktos Media, Passaggio al Bosco o Ediciones Fides, junto con revistas y medios alternativos como Éléments o Europa Popolare, difunden un mismo relato: el de la decadencia de Occidente y la necesidad de una restauración civilizatoria. Fundaciones como Europa Terra Nostra funcionan como centros de coordinación ideológica y financiera. El pensamiento de Alain de Benoist, Aleksandr Dugin o Julius Evola circula entre estas plataformas como una gramática común que legitima su proyecto metapolítico.
En España este proceso ha adquirido formas propias pero conectadas con el resto de Europa. Grupos como Democracia Nacional, Hacer Nación, Facta o Núcleo Nacional replican los códigos estéticos y organizativos de CasaPound o de Der Dritte Weg y participan en las mismas redes internacionales. Militantes españoles asisten regularmente a marchas en Italia, Polonia o Hungría y reciben a representantes de organizaciones extranjeras en actos locales. Las colaboraciones con colectivos internacionales son constantes y visibles tanto en la estética como en la propaganda.

El proyecto que emerge de esta red no es únicamente político sino civilizatorio. Su estrategia se inspira en una lectura invertida de Gramsci. Antes que tomar el poder, buscan moldear la cultura, colonizar el lenguaje y disputar el sentido común. En sus discursos, el campo de batalla ya no es el parlamento sino la imaginación colectiva. La idea de Europa se transforma en mito racial y espiritual, y su defensa se concibe como una guerra prolongada contra el cosmopolitismo, la inmigración y la diversidad.
Lo que hoy existe es una internacional reaccionaria que combina estética, disciplina y discurso. A través de esa red, diversos grupos de todo el mundo se perciben como partes de una misma lucha. Su objetivo no es reformar la política, sino refundar la civilización bajo un nuevo orden moral y étnico.

6. Estrategias de la nueva derecha radical
La nueva derecha radical ya no marcha con uniformes ni busca dictaduras clásicas. Se disfraza de comunidad, de gimnasio, de podcast, de meme. Su guerra no se libra en los parlamentos, sino en las pantallas y en los cuerpos. No quiere tomar el poder: quiere moldear la cultura, los sentimientos y el lenguaje.
- Metapolítica cultural – Primero la cultura, después el poder. Sus editoriales y medios reescriben la historia en nombre de la tradición y la identidad. La estética sustituye a la ideología.
- Política de red – Sin líderes, sin sedes, sin banderas. Cientos de microgrupos conectados por internet actúan como un enjambre, cada uno repitiendo el mismo relato.
- Acción descentralizada – Un sistema sin centro. Pequeñas células o individuos actúan solos, pero dentro de una narrativa compartida. Golpean desde la sombra, sin estructura visible.
- Culto al cuerpo y estética del conflicto – La fuerza física se convierte en emblema. Entrenar es militar, combatir es pertenecer. El cuerpo como frontera política.
- Sincretismo ideológico – Mezclan izquierda y derecha, anarquismo y autoritarismo, ecología y racismo. Confunden para reclutar, no para convencer.
- Infiltración comunitaria – Se presentan como clubes deportivos, asociaciones vecinales o grupos culturales. Construyen normalidad alrededor del discurso autoritario.
- Propaganda digital – Memes, bromas y vídeos virales. El odio entra como entretenimiento. La violencia se disfraza de ironía.
- Transnacionalismo blanco – Azov, CasaPound, III Weg, Patriot Front, GUD, NRM, Legio Hungária o Lyon Populaire. Marchan y viajan juntos con un mismo objetivo: una civilización blanca sitiada.
- Apropriación del lenguaje – Libertad, soberanía, autodeterminación. Palabras vaciadas y devueltas contra su sentido original.
- Autonomía económica y tecnológica – Criptomonedas, canales cerrados, plataformas propias. Un ecosistema paralelo donde el odio se financia y se reproduce sin control.
La nueva derecha radical no busca la confrontación inmediata, sino la construcción de una hegemonía cultural capaz de resistir el paso del tiempo. Su guerra es simbólica, emocional y estética. Comprender sus mecanismos no es solo un ejercicio analítico, sino una forma de defensa. Solo conociendo sus códigos, sus símbolos y sus modos de infiltración podremos anticipar su avance y generar respuestas colectivas que contrarresten su poder antes de que se convierta en destino. Espero que este texto haya servido de punto de partida para una mejor comprensión del fenómeno de la derecha radical.





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