Liza / Regeneración Libertaria
El fascismo no muere, solo se transforma. Cambia de forma cada vez que el mundo se fractura un poco más. Entra por las grietas del desencanto, del miedo, de la pérdida de sentido. Se disuelve en la cultura digital, se mezcla con la estética del fitness, con la ironía de internet, con el tedio de una generación criada entre crisis y pantallas. Ya no necesita proclamar su nombre para existir: basta con que contagie su lógica.
En el siglo XXI, la derecha radical se mueve como un virus: silenciosa, adaptable, distribuida. Se apropia de símbolos, de temas como el ecologismo, el veganismo o el esoterismo y los reorganiza para justificar una visión del mundo que siempre desemboca en lo mismo: jerarquía, pureza, violencia y elitismo.
Las nuevas extremas derechas han aprendido de sus derrotas. Rechazan el viejo formalismo partidario y prefieren actuar desde la ambigüedad: entre la cultura y la política, entre el humor y el odio, entre lo marginal y lo mainstream. Operan como un enjambre descentralizado, capaz de producir ideología sin necesidad de doctrina, acción sin necesidad de organización.
Este texto intenta exponer algunos de los detalles de esa transformación, seguir el hilo que une el fascismo clásico con sus descendientes contemporáneos, desde las sectas esotéricas y los movimientos identitarios hasta las redes aceleracionistas y los clubes de combate. El objetivo es comprender cómo la derecha radical ha sabido reinventarse dentro del caos del presente y dar a conocer una realidad mucho más oscura que la que parece. Entender su modernización es también una forma de anticipar lo que puede venir. Quiero remarcar, sin embargo, que este texto apenas roza la superficialidad de este submundo y que espero que sirva de introducción a quién se interese por investigar a la extrema derecha.

1. Genealogía histórica (de los orígenes al siglo XXI).
El origen de la derecha radical moderna se remonta a las viejas tradiciones contrarrevolucionarias europeas. Desde finales del siglo XIX, el miedo a la emancipación social, al liberalismo político y al pensamiento ilustrado alimentó corrientes que soñaban con restaurar un orden perdido. Monárquicos absolutistas, integristas católicos y nacionalistas románticos sentaron las bases de una ideología que concebía la desigualdad como un principio natural y la autoridad como una forma de salvación.
En los años posteriores a la Primera Guerra Mundial, ese imaginario encontró su forma política más eficaz. En medio de la crisis económica y social, la frustración imperialista y el miedo a la revolución, el fascismo se presentó como una tercera vía entre el capitalismo liberal y el socialismo. Nació como una respuesta al caos, pero también como un proyecto de reorganización total: una sociedad jerárquica, movilizada, disciplinada. Luigi Fabbri lo definió en La contrarrevolución preventiva como un movimiento creado para desactivar la revolución social antes de que ocurriera, mezclando la retórica del pueblo con la defensa violenta del capital.
Tras la derrota militar del Eje, el fascismo no desapareció. Se replegó, cambió de rostro y aprendió a sobrevivir en los márgenes. Proscrito en lo formal, sobrevivió en asociaciones de veteranos, organizaciones clandestinas, círculos culturales y servicios de inteligencia que lo usaron como herramienta anticomunista. A título de curiosidad os invito a investigar sobre Aginter Press, Operación Gládio o “Las rutas de ratas” (ratlines).

En los años 60 y 70 surgieron intentos de reconstrucción ideológica. Desde Francia, la Nouvelle Droite propuso abandonar la política electoral y concentrarse en la esfera cultural. Su objetivo era modificar el sentido común de la sociedad mediante la educación, los medios y el lenguaje. Sustituyeron el racismo biológico por el “etnopluralismo cultural” y tradujeron la vieja idea de supremacía en la noción de “defensa de la identidad”. Esa estrategia metapolítica buscaba preparar el terreno para un eventual regreso político del autoritarismo, pero envuelto en un discurso intelectual y presentable. En otros países, las corrientes nacional-revolucionarias retomaron el impulso activista. Inspiradas parcialmente en la estética de la izquierda radical, proclamaban un “anticapitalismo patriótico” y defendían un Estado autoritario que uniera al pueblo bajo la disciplina nacional. En Italia, Alemania y Francia estos grupos mezclaban retórica obrerista con símbolos fascistas; su objetivo era reinventar la vieja utopía del Estado total, pero sin repetir los errores del pasado. En España, la extrema derecha llegó a los años setenta desgastada por la larga dictadura. El nacional-sindicalismo, ideología de la Falange, se había convertido en un aparato burocrático del Estado franquista, sin capacidad de movilización. A medida que el régimen se acercaba a su final, las tensiones internas entre falangistas, tradicionalistas y monárquicos se agudizaron. Tras la muerte de Franco en 1975, los sectores más duros intentaron frenar la apertura democrática mediante organizaciones como Fuerza Nueva, el Frente de la Juventud o la Triple A (Alianza Apostólica Anticomunista). Estos grupos recurrieron a la violencia política —atentados, agresiones, persecuciones— en un intento de mantener vivo el espíritu del régimen. Durante la Transición, la extrema derecha española se convirtió en un espacio disperso: una mezcla de nostálgicos del franquismo, ultracatólicos, militares descontentos y jóvenes influenciados por las corrientes europeas del neofascismo.
El final de la Guerra Fría y la desintegración del bloque soviético abrieron un nuevo capítulo. En Europa del Este, el vacío ideológico dejado por el comunismo permitió la reaparición de nacionalismos étnicos y proyectos de restauración autoritaria. En el Oeste, la globalización y el neoliberalismo alimentaron el resentimiento contra las élites y los inmigrantes, ofreciendo a la derecha radical un terreno fértil.

2. De los años 80 a hoy: mutaciones del discurso y de la táctica
La primera gran transformación fue táctica. Durante los 80 y 90, buena parte del neofascismo europeo seguía aferrado a la violencia callejera. Grupos de boneheads, hooligans y militantes practicaban una forma de política basada en el enfrentamiento físico: controlar barrios, estadios, conciertos o manifestaciones. Pero con el paso del tiempo, esa estrategia se agotó. Las detenciones, la represión y la estigmatización social limitaron su alcance. En respuesta, la nueva generación de activistas comprendió que la batalla principal ya no se libraba en las calles, sino en el terreno de las ideas, la comunicación y la estética.

De esa intuición surgió una línea que combinó lo aprendido por la Nouvelle Droite con las herramientas de la era digital. Las organizaciones más jóvenes comenzaron a crear fundaciones, medios alternativos, editoriales y grupos de estudio. Adoptaron un lenguaje menos agresivo y más sofisticado: hablaron de “patriotismo”, “soberanía”, “tradición”, “ecología identitaria”. La metapolítica dejó de ser una idea teórica para convertirse en una estrategia esencial para la infiltración cultural.
En paralelo, los restos de la vieja Tercera Posición se adaptaron a los nuevos tiempos. Sus seguidores mantuvieron la idea de una síntesis entre nacionalismo y justicia social, pero la envolvieron con elementos contemporáneos: crítica a la globalización, rechazo a la OTAN, anticapitalismo retórico y estética revolucionaria. Movimientos como Terza Posizione en Italia o sus equivalentes franceses y británicos sirvieron de modelo para una corriente que combinaba estética juvenil modernizada con simbología fascista.
Esta etapa sentó las bases de los movimientos identitarios que surgirían a comienzos del siglo XXI. Inspirados en la “derecha cultural” francesa, los identitarios utilizaron un lenguaje postmoderno, adaptado a los medios, centrado en la defensa de la “civilización europea” y el rechazo a la inmigración. Su objetivo no era volver al fascismo clásico, sino construir un relato nuevo, capaz de seducir a sectores despolitizados y jóvenes desencantados. Desde 2010 hubo una renovación del movimiento identitario y destacan Casa Pound (Italia), Amanecer Dorado (Grecia), Generación Identitaria (Francia, Austria y Alemania), Movimiento Azov (Ucrania), Escudo Identitário (Portugal) y Hogar Social (España) como referentes de esa ola.
Con la expansión de internet, la derecha radical encontró su terreno ideal. Las redes sociales eliminaron las fronteras, redujeron los costos de organización y permitieron una difusión masiva de propaganda. Desde los foros de los años 2000 como Stormfront hasta las plataformas digitales al día de hoy en chats como Iron March o Terrorgram, se desarrolló una nueva cultura política basada en el anonimato, la ironía, el odio sin filtros y el desprecio por la humanidad sin mediaciones.

El discurso cambió de tono: se volvió más fragmentado, más visual y más emocional. Los viejos manifiestos fueron reemplazados por vídeos, imágenes y códigos compartidos. El humor se transformó en un vehículo eficaz de radicalización. Este nuevo entorno permitió la creación de comunidades globales de ultraderecha, interconectadas y flexibles, capaces de coordinar campañas y ataques, difundir teorías conspirativas y normalizar discursos extremistas.
La dimensión estética también se transformó. De las canciones Oi! y los panfletos impresos se pasó al fashwave y a la producción de memes, vídeos y contenidos digitales. El objetivo ya no es convencer, sino impactar. La propaganda fascista del siglo XXI se construye con códigos visuales compartidos, referencias cruzadas y lenguaje irónico y críptico. La imagen reemplaza al discurso, el gesto sustituye al argumento.
Esta “guerra memética” no busca construir pensamiento, sino producir ambiente: un clima de desconfianza, resentimiento y agresividad. La radicalización se da de forma lúdica, camuflada en comunidades que mezclan humor, estética y odio. En este nuevo escenario, la ultraderecha se presenta como contracultura, apropiándose de símbolos de rebeldía y desobediencia que antes pertenecían a la izquierda.

3. Modelos (no tan) contemporáneos del fascismo
El cambio de siglo no trajo una ruptura total con el pasado, sino una actualización de sus viejas fórmulas. Los modelos ideológicos que surgieron entre los años noventa y la década de los 2010 fueron, en gran parte, reinterpretaciones del fascismo adaptadas a un contexto globalizado y digital. La ultraderecha contemporánea ya no se define por un único proyecto político, sino por un conjunto de corrientes que comparten la misma lógica de exclusión, jerarquía y culto a la fuerza.
3.1. Fascismo Autónomo
Uno de los primeros intentos de renovación fue el fascismo autónomo, surgido en Europa del Este y Alemania en los años 2000. Inspirado por la estética y las tácticas de la izquierda radical, adoptó la vestimenta negra, el lenguaje de los movimientos antiglobalización y las estrategias de acción directa. Decían ser revolucionarios, pero con objetivos opuestos: usar el imaginario de la protesta para propagar el nacionalismo y el racismo. Este fenómeno demostró que la ultraderecha había aprendido a camuflarse dentro de los códigos del enemigo, imitando sus métodos para vaciar su contenido.

3.2. Ecofascismo
Otra mutación significativa fue la del ecofascismo, que transformó el discurso ambiental en una herramienta identitaria. Bajo la apariencia de una preocupación por la naturaleza, se promovía la idea de que los pueblos debían “defender su tierra” de la contaminación cultural o demográfica. Esta corriente, presente en grupos como el Movimiento de Resistencia Nordico de Suecia o en sectores de los movimientos identitarios, conectó el ecologismo con el nativismo y la xenofobia. La defensa del planeta —pero en algunos casos también de la vida animal— se convirtió en un argumento para justificar el cierre de fronteras y la exclusión del otro.

3.3. Nacional-Anarquismo
El nacional-anarquismo representó una de las paradojas más extremas de esta etapa. Presentado como una síntesis entre el comunismo libertario y el etnonacionalismo, defendía la fragmentación del mundo en comunidades étnicamente homogéneas y autosuficientes. Su estrategia consistía en apropiarse de la retórica anticapitalista y descentralizadora del anarquismo para transformarla en una política de separación racial. Aunque marginal, esta corriente evidenció hasta qué punto el fascismo contemporáneo era capaz de absorber discursos ajenos para reconfigurarse. En Ucrania, esta deriva aprovechó la guerra y el auge del patriotismo, llegando a reclamar la figura de Nestor Mahkno como un icono nacionalista, cuando su proyecto era internacionalista y campesino, no patriótico. En Bielorrusia apareció un intento similar, promovido por grupos que filtraban a las personas por origen. Colectivos anarquistas locales como Pramen desmontaron esa narrativa señalando sus contradicciones (puede leerse aquí). En el estado español se llegó a asociar a Bases Autónomas con el Nacional-Anarquismo (puede leerse aquí).
A este entramado se sumó el caso de Michael Schmidt, coautor de Black Flame, cuyas conexiones con círculos nacional-anarquistas y supremacistas blancos salieron a la luz en 2015. Schmidt mantuvo durante años un perfil activo en foros supremacistas como Stormfront, defendió el separatismo racial y colaboró con proyectos como Black Battlefront, que promovían un “anarquismo blanco” y el etnopluralismo. Además, había impulsado dentro de la ZACF sudafricana una concepción que justificaba organizaciones separadas para blancos y negros. Su trayectoria mostró hasta qué punto estas derivas podían infiltrarse incluso en referentes del anarquismo de clase (puede leerse aquí).

3.4. Nacional-bolchevismo y Nacionalismo Revolucionario
El nacional-bolchevismo tiene raíces en la Alemania de entreguerras. Surgió en sectores del antiguo movimiento comunista que buscaban reconciliar nacionalismo y socialismo frente al capitalismo occidental. Dentro del KPD existieron corrientes que promovían una “alianza de los pueblos oprimidos contra Versalles” y simpatías con el nacionalismo antioccidental; se destacan Fritz Wolffheim y Heinrich Laufenberg.
Ernst Niekisch, fundador de Widerstand, fue su figura más destacada: defendía una alianza germano-soviética contra Occidente y una síntesis entre el espíritu disciplinado alemán y el impulso revolucionario de la URSS. En la misma línea se situó Karl Otto Paetel, con su “nacional-bolchevismo de izquierda”, que abogaba por un socialismo nacional antiimperialista. Estas ideas reaparecieron en la posguerra entre los nacional-revolucionarios europeos y, décadas después, en Rusia, donde Eduard Limonov y Aleksandr Dugin retomaron este legado en el Partido Nacional Bolchevique (PNB), antesala del neoeurasianismo.
En paralelo, desde otro campo ideológico, la Revolución Conservadora Alemana elaboró un nacionalismo revolucionario antiliberal y anticapitalista, hostil tanto al parlamentarismo burgués como al marxismo internacionalista. Arthur Moeller van den Bruck formuló la idea de un socialismo nacional orgánico y autoritario, mientras Oswald Spengler y Ernst Jünger aportaron su crítica civilizatoria y su ética de la disciplina y la movilización total. Ya en la posguerra, Armin Mohler sistematizó este legado. Aunque esta constelación no formó parte del nacional-bolchevismo, sí influyó en las corrientes nacional-revolucionarias posteriores y en discursos contemporáneos que combinan retórica anticapitalista, autoritarismo y rechazo de la democracia liberal.

3.5. Neoeurasianismo
El neoeurasianismo, formulado por Alexander Dugin en los años noventa, reinterpreta la geografía política del continente como lucha entre civilizaciones: una Eurasia espiritual y jerárquica frente a un Occidente materialista y decadente. Se presenta como una alternativa a la globalización liberal, pero en realidad propone una integración autoritaria de los pueblos bajo un eje ruso. Su influencia se ha extendido desde los círculos ultranacionalistas rusos hasta sectores de la extrema derecha europea que ven en Rusia un modelo de resistencia conservadora frente a Occidente.

3.6. Paleolibertarianismo y anarcocapitalismo racial
En Estados Unidos, el libertarianismo económico derivó en los años ochenta hacia una forma reaccionaria conocida como paleolibertarianismo. Impulsado por Murray Rothbard y Lew Rockwell, buscaba unir el libre mercado con valores sociales ultraconservadores: defensa de la familia tradicional, jerarquía natural y oposición a los derechos civiles. De ese entorno, influenciados por Hans-Hermann Hoppe surgieron expresiones de anarcocapitalismo racial, donde el individualismo extremo se fusiona con el supremacismo blanco. En este marco, el mercado es presentado como un proceso de selección natural. Una figura polémica de esta corriente en Europa es Janusz Korwin-Mikke, sin embargo, es una ideología que vive más en internet que en la realidad.

3.7. Neorreaccionarismo (NRx) o Ilustración Oscura
El Neorreaccionarismo (NRx), desarrollado a partir de 2010, tradujo estas ideas al lenguaje digital. Inspirado por Curtis Yarvin (Mencius Moldbug) y Nick Land, el NRx rechaza la democracia y el igualitarismo y propone una “gobernanza de accionistas” basada en la eficiencia. Su ideal político es un mundo dirigido por corporaciones tecnológicas o “monarcas ejecutivos” con poder absoluto. Este movimiento combina tecnocracia, darwinismo social y desprecio por la empatía, configurando el rostro filosófico de la tecnorreacción contemporánea.

3.8. Neo-Völkisch y neopaganismo racial
El movimiento neo-Völkisch reinterpreta el concepto alemán de Volk: pueblo como unidad de sangre, tierra y cultura. Estas corrientes, presentes sobre todo en Estados Unidos y Escandinavia, se apropian del odinismo y del neopaganismo germánico para justificar la pureza racial. Grupos como Wolves of Vinland o la Asatrú Folk Assembly promueven un paganismo étnico exclusivo, donde la espiritualidad se convierte en argumento identitario. El discurso “ancestral” sirve como cobertura para una política de exclusión: solo los descendientes europeos serían legítimos portadores de la herencia espiritual del norte.

3.9. Identitarismo y Tercera Posición
El Identitarismo contemporáneo es heredero directo de la Tercera Posición, corriente neofascista surgida en Europa en los años setenta que se presentó como una alternativa tanto al capitalismo liberal como al comunismo. Inspirados por el neofascismo italiano de Terza Posizione y Ordine Nuovo, estos movimientos defendieron un “anticapitalismo nacional” y un comunitarismo étnico, sustituyendo la lucha de clases por la defensa del “pueblo orgánico”. Durante los años ochenta y noventa, este discurso sirvió de puente entre el fascismo social y las nuevas derechas culturales, adoptando un tono antiimperialista y antiglobalista que buscaba atraer a sectores juveniles. A comienzos de los 2000, el movimiento Identitario inspirado por la Nouvelle Droite francesa, nacido en Francia con el Bloc Identitaire y luego Génération Identitaire, actualizó esa herencia al entorno mediático y digital: remigración, etnopluralismo, nativismo, racialismo son términos que usan para defender la separación cultural bajo la retórica de la “diversidad”, y transformó la propaganda política en marketing visual. En esta síntesis entre fascismo cultural y contracultura, la defensa de la “civilización europea” y la “la raza blanca” funciona como excusa para la exclusión, y la estética juvenil como máscara de una ideología jerárquica que mantiene intacta la lógica del orden, la pureza y la obediencia.

3.10. Red Pillers, Men’s Rights e Incels
El ecosistema digital amplió el alcance del fascismo cultural a través de los Red Pillers y los Men’s Rights Activists (MRA). Inspirados en la metáfora de Matrix, afirman haber “despertado” de una supuesta manipulación feminista. Defienden la restauración de la autoridad masculina y conciben la igualdad de género como amenaza civilizatoria. En sus foros, la misoginia se convierte en ideología, y la frustración sexual se canaliza en odio. En este mismo entorno aparecen los Incels (“célibes involuntarios”), que transforman su resentimiento en política. Glorifican la violencia misógina y celebran a los asesinos masivos que atacan a mujeres o minorías. Su radicalización muestra cómo el fascismo contemporáneo se alimenta del aislamiento y del fracaso emocional, convirtiendo la desesperación individual en discurso colectivo.

3. 11. Alt-right
La Alt-right, término acuñado por Richard Spencer en 2008, sirvió de paraguas para estas corrientes. Fue el intento de crear una nueva derecha radical adaptada al entorno digital. Combina nacionalismo blanco, antifeminismo, conspiracionismo y nihilismo estético. Su arma principal es la comunicación en red: memes, humor irónico, provocación mediática. Transformó la propaganda fascista en entretenimiento, convirtiendo la política en una guerra cultural de imágenes. Es la síntesis posmoderna del autoritarismo: un movimiento sin uniformes ni partidos, pero con millones de seguidores conectados por el odio y la parodia.

3.12. Catolicismo Tradicionalista
Otra corriente paralela es el tradicionalismo católico, que busca legitimar el orden jerárquico desde la religión y la moral. El tradicionalismo católico defiende la restauración de las costumbres, tradiciones, formas litúrgicas, espiritualidad y doctrina anteriores al Concilio Vaticano II. Grupos como Civitas o la Academia Christiana, parte del think tank Institut Iliade en Francia, o como Palestra Christiana en España o la FSSPX a nivel internacional, reintroducen el discurso de la cristiandad como bastión frente al secularismo, al “marxismo cultural” y al “nihilismo moderno”. Este tradicionalismo combina liturgia, estética medieval y identitarismo cultural, y actúa como nexo entre la derecha católica integrista y la extrema derecha identitaria. En España, algunas de las asociaciones que más trabajo político hacen son: HazteOír, la Asociación Católica de Propagandistas (ACdP), Opus Dei y la Fundación NEOS son algunos referentes de esta estrategia. A nivel internacional organizaciones como The American TFP o The Family son nombres conocidos.

[Aquí puedes leer la segunda parte de la pieza].
Don Diego de la Vega, militante de Liza.





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